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viernes, 20 de junio de 2014

LA CHICA DEL CABELLO DE FUEGO

Vuelven a la vida virtual nuestros protagonistas: Alonso y Trici.

Esperemos que con nuevas y divertidas aventuras.

Un saludo, amigos.


Foto: Marcuan


Alonso Reques de Guilarte había dejado su pasado lejos, a 1.000 Km, con un golpe brusco de acelerador de moto.

Una barba cana le había crecido en un rostro enjuto, castigado por el sufrimiento. 

Sentado en aquella terraza de sillas y mesas de madera, en plena calle principal, se sentía forastero, mientras una sombrilla circular de color crema, lo protegía del fuerte sol, casi africano.

Fachadas, caras, aromas, sonidos, colores… todo era nuevo para él.

―Hola. ¿Qué te pongo?

―Una cerveza sin alcohol, por favor ―respondió Alonso.

La camarera, rápida como una joven gacela, se volvió de espaldas para meterse en el interior del mesón. Su cabello rojo, largo y ensortijado reverberó, deslumbrándole.

Llevaba puesta una camiseta negra de manga corta y su pantalón, también negro, ajustado como un guante, se  ceñía a un cuerpo delgado y elástico; grácil.

―¿Qué tapa quieres? ―dijo.

Había aparecido como un rayo de luz desde la penumbra del bar, mientras ponía un vaso rebosante de cerveza fría sobre la mesa, y sacaba libreta y bolígrafo a la velocidad que Billy El Niño desenfundaba el revólver.

―¿Tapa? ―contestó Alonso ―.Pues no sé…

Alonso alzó la vista y se fijó en su rostro de tez blanca como la sal marina. Unos ojos oscuros y penetrantes, separados por una nariz levemente aguileña, lo hipnotizaban.

―El atún mechao está mu bueno.

―Pues atún mechado, si es tan amable, por favor.

―¿Tú no ere de aquí? ¿Verdá? ―dijo la camarera.

Al sonreír, le enseñó unos dientes apretados como una fila de fusileros de Napoleón.

―No, pero me he venido a vivir aquí  para siempre. ¿Por qué lo preguntas?

―Porque habla mu fino, como los de Madrí ―dijo la chica, soltando una carcajada.

Alonso rió también. Por primera vez en mucho tiempo. Siempre había sido un niño risueño, hasta que un cura le partió la nariz de un puñetazo, a los once años, por correr por los pasillos del internado.

La camarera trajo un plato descomunal y lo puso sobre la mesa.

―¡Que aproveche!

Dos tostadas de pan crujiente, empapadas en aceite color oro, que olía a zumo de olivas del Olimpo, llevaban a cuestas unas generosas tajadas de atún escabechado con ajo y perejil.

Foto: Marcuan
Alonso degustó lentamente aquel manjar de dioses, comiéndoselo con las manos y lamiendo los chorretones de aceite virgen y cálido que resbalaban entre sus dedos.

Levantó el vaso para apurar hasta la última gota de cerveza y se quedó por un instante quieto, como en éxtasis, cuando sus ojos chocaron con los de la chica de los cabellos de fuego, que lo observaba divertida.

¿Tá gustao?

― Sí, mucho. Gracias.

― ¡Uy  ¡Po va a sé verdá! ¡ puesto cara de carajote! ―contestó la pelirroja, mostrando unos hoyitos en la cara, redondos como monedas de un céntimo de Euro.

¿Carajote? ―preguntó Alonso, confuso.

―Jajaja. ¡Bienvenido al Sur! ¡No te quea ná que aprendé!

―Pues yo también sé muchas cosas ―contestó Alonso divertido ―. Por ejemplo, ¿sabes que a los pelirrojos nos hace falta un 20% más de anestesia que al resto de la gente, para resistir el dolor? Es genético.

¡Po es verdá! Ezo le pasaba a mi pare. Salía por pata cuando le llevaban al dentista. A mí me pasa iguá ―dijo la camarera ― ¿Cómo te llama?

―Alonso Reques de Guilarte.

―¡Uy qué largo! Aquí tos tenemo mote.

―¿Y cuál es tu nombre? ―preguntó Alonso.

―Patricia, pero tos me llaman Princesa.

―Encantado de conocerte Patricia,  yo te llamaré Princesa… Roja.

― ¡Jajaja! ¡De roja! Barba Blanca ¡Jajaja!

― Bueno. Pues… Princesa de Fuego.

Alonso también rió y empezó a notar cómo el nudo que anidaba en su pecho,  empezaba a aflojarse.

Se levantó sonriente, pagó y se marchó andando calle abajo; en busca del Mar del Sur y de su moto Trici que, fiel, siempre lo esperaba. 

Siempre.

Foto: Marcuan

Había conocido a La Chica del Cabello de Fuego.



Agradecimiento:


A Lourdes, traductora a "puertorrealeño".




MARCUAN. 18/06/2014.



jueves, 15 de agosto de 2013

LA CHICA DE LAS BRAGAS NEGRAS

Hola amigos:

Este verano, entre viñedos, resucitó la pulsión de escribir un relato corto.

Ahí va, como un trago de vino blanco fresco y afrutado.






―¡Isa!

Cuando se volvió, en medio de la plaza del pueblo, una interrogación se dibujaba en los ojos pardos de la mujer.

―Me llamo Alonso. No, no me conoces, soy familia de Mirachu. He venido a visitar a su padre Pachi, mi primo. Te he observado en el bar. ¿Sabes lo que es el aura?

―Sí ―contestó la chica, tendiéndole la mano.

―Pues la tuya irradiaba en el bar como una bomba atómica  ―dijo Alonso ―todos los tíos de la barra estaban pendientes de tus bragas negras... cada vez que te sentabas.

―¿Tú también? ―le respondió Isa sonriendo.

Una hilera de dientes perfectos, tan apretados como una fila de Tercios de Flandes, dejaron asomar la punta de su lengua.

―Yo también.

―Sí, son negras ―contestó divertida.

Isa dio media vuelta y se esfumó entre las calles empedradas, apoyada en unos muslos tan macizos como las Columnas de Heracles. Llevaba un vestido de tirantes crema, muy corto y vaporoso; ceñido a un cuerpo de reloj de arena.

El sol agosteño de mediodía caía a plomo y Alonso regresó a la terraza del bar, cubierta por un emparrado, del que colgaban racimos de uvas del color de las esmeraldas. 

Un delicioso olor a vinos de la Rioja alavesa; blancos y tintos; afrutados y de crianza, se esparcía como la metralla, a su alrededor.

Alonso empapó de taninos su boca, al dar un trago a la copa de vino criado por Luis Cañas, considerado el mejor vino del mundo; allí presente.

―Han venido a comprarlo los indios Chiricaguas del Casino de la Reserva de California ―comentaba el viticultor premiado a un grupo de amigos, sin darse cuenta de que los cerebros masculinos no lo estaban escuchando... seguían pensando en las bragas negras de Isa.

―¿Y qué opina de este vino tinto el segoviano? ―dijo el vasco, golpeando a Alonso en la espalda.

―Pues que me gusta su color negro  ―contestó Alonso, aguantando un porrazo que casi lo descoyunta.

―No. Es… casi negro ―rio Cañas.


Cuando Alonso volvió a casa de su primo, le notó algo raro en la mirada.
 
 ¿Qué le has ido a decir a Isa?


Alonso se lo contó y Pachi pegó un respingo.


―¡Que le has dicho qué! Siéntate ―dijo Pachi, mientras llenaba un par de copas de vino ―. Mira, la semana pasada fueron las fiestas del pueblo. Isa bebió más de la cuenta y le estampó un beso en la boca a la mujer de Cañas en pleno bar, pidiéndole que se casara con ella.


Alonso entornó los ojos, dejando que el rioja deshiciera poco a poco el nudo que se le había formado en la boca del estómago, recordando la frase de Guerrita.  


―Hay gente pa tó...¡* Qué lástima! ―susurró.



Al amanecer del día siguiente, cuando pasó al lado de las bodegas Marqués de Riscal, los destellos de su tejado de titanio lo cegaron.



Alonso bajó la visera ahumada del casco y aceleró su moto, camino de la Meseta Castellana.

Había conocido a la Chica de las Bragas Negras.

                                                     MARCUAN. (C): 13/08/2013.


* Frase atribuida al famoso torero español Rafael Guerra "Guerrita": "Es que tiene que haber gente pa' tó! Cuando le presentaron a Ortega y Gasset y le explicaron que era filósofo. Guerrita mostró con su frase la sorpresa ante una profesión que se salía de lo que él consideraba necesaria o habitual en la vida. 

También se le atribuyen: "Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible" y "Ca' uno es ca' uno".




P.D.: En este año de 2025 falleció "Pachi", a la edad de 75 años, después de sufrir una dolorosa enfermedad. Su avatar nos acompañará hasta que nos volvamos a encontrar en la eternidad, cuando me toque cerrar definitivamente este blog. Espéranos muchos años y descansa en paz, primo. 





sábado, 9 de marzo de 2013

LA CHICA DE LA MIRADA TRISTE



Esta historia, basada en hechos reales, se cruzó en mi vida hace tiempo; pero no la pude olvidar.

Volvemos. Como Alonso Reques de Guilarte.

                                                     I


Cuando a mi padre, teniente de la Guardia Civil,  lo destinaron a Vascongadas en la época más dura y sangrienta de la Transición española, nuestra madre tomó una decisión: ingresarnos en un internado de religiosas de Madrid.

Éramos muy pequeños. Mi hermano José tenía seis años y yo uno menos. Cuando la monja cogió nuestras manos  de las de mi madre y nos introdujo en el convento, un inmenso pasillo apareció ante nuestros  ojos.
El suelo estaba enlosado con rombos de mármol blancos y negros, pulidos como un espejo.

Mi hermano se soltó de la monja de golpe y echó a correr, yo le quise seguir, pero trastabillé y caí de bruces. José se paró en seco, volvió, me montó a caballito y, entre risas, llegamos hasta el final del claustro, se abrió  una puerta y chocamos contra un hábito,  blanco como la vela de un barco. Sor Jimena, una novicia joven y sonriente, nos abrazaba y besaba con cariño. Olía a vainilla y a chocolate.

En el patio del colegio nunca tuve problemas: mi hermano me protegía.

― El que haga algo a María, se la carga.

Siempre que podíamos íbamos juntos a todas partes. Fueron muy felices aquellos años del Parvulario.

Nuestros padres regresaron sanos y salvos y volvimos a casa.

                                II

Vivimos buenos tiempos en Madrid, siempre juntos en el Instituto y en la Universidad, hasta que mi hermano se casó. Recuerdo que un día, hace 16 años, desde Galicia, su primer destino como Guardia Civil,  José me llamó por teléfono.

― Mari, tengo que hablar contigo, me quiero separar, te echo mucho de menos ―me dijo.

― Pero, ¡qué dices! ¡Si tu hija todavía no ha cumplido los dos años! ―contesté.

― Bueno, mira, cojo la moto, me acerco a Madrid esta semana y lo hablamos. Estoy fuera de servicio tres días.


Nos encantaban las motos. De jóvenes, salíamos todas las semanas con un grupo de amigos. José no consentía que nadie me llevara detrás, ni yo lo quería; nos sentíamos más seguros los dos, pegados como una aleación a su Honda CBR, un torpedo que podía alcanzar los 300 km/h


Todos nos consideraban los mejores jinetes del asfalto.
                                              
                                 III

― Tu hija, José, necesita una madre y un padre para tener una buena estabilidad emocional. No te separes, piensa en Isabel, aguanta ―dije a mi hermano ―y esas historias de que tu mujer me tiene celos porque me quieres más que a ella, son imaginaciones tuyas Pepón ¡Pero qué burros sois los tíos!

― Pues me ha dicho que tú eres más madre de Isabel que ella misma ―contestó.

― ¡Pues claro que quiero a mi sobrina como una madre, idiota! Es un encanto de cría. Y ahora escúchame: tienes que vender tu moto, debes pensar en el futuro de tu hija, evitando correr riesgos innecesarios.

― Ya está vendida ―dijo José ―. Esta mañana se la tenía que entregar al comprador, pero me ha llamado para decirme que hasta la tarde no puede recogerla. Así que me voy a dar una vuelta y vengo a la hora de comer ¿O.K.?

― Vale, pero no hagas tonterías y no vengas tarde ¿eh? Prepararé nuestro plato favorito.

                                IV

Floriano Bárcenas venía de hablar con el Alcalde del pueblo y estaba eufórico, acababa de conseguir recalificar unas tierras agrícolas en urbanas: un pelotazo de muchos millones.  De vuelta a Madrid se paró en el primer restaurante de carretera que vio.  Había pedido champán para comer.

― ¡Camarero! Le he dicho que me traiga champán, no cava, ¿entiende lo que le digo?

― Sí señor, disculpe usted, ahora mismo se lo sirvo ―dijo el camarero retirando la cubetera.

Cuando arrancó su Land Rover plateado, último modelo, se sentía un hombre muy importante. Eructó y un olor agrio se esparció por el interior del todo terreno. Iría a celebrarlo con su amante esa misma tarde, antes de volver a casa,  y había que darse prisa. Mucha, mucha prisa.

El coche de delante no quiso darle paso y al final de la recta aceleró, para adelantarlo en una curva que giraba a la derecha…

                                               V

José disfrutaba conduciendo aquella máquina prodigiosa  que aportaba un plus de exclusividad, no sólo por su decoración, sino por sus sofisticados sistemas electrónicos.  

Gracias al control de lanzamiento y de tracción ajustable en marcha, uno podía sentirse el mejor piloto de motos del mundo, como Doohan, su ídolo.
Doohan

Iba despacio, dentro de los límites de velocidad, hinchando sus pulmones con los aires del campo de la meseta, que tan buenos recuerdos le traían. Olía a hierba recién cortada.

María tenía razón, le haría caso en todo. Pensó en la comida que le esperaba y empezó a salivar, como los perros de Paulov.

Inclinó la Honda para dar una curva de izquierdas...

― ¡Oh! ¡Dios mío!


 Y un barrido en negro lo engulló.



                                                                                        
                                               VI

“Señoría, declaro bajo juramento que el Land Rover que me adelantó por la izquierda, en línea continua,  iba tan rápido que no llegué a verlo pasar. No fue el motorista el que invadió el carril contrario, como se dice en el atestado, sino fue el todo terreno el que adelantó por prohibido. No he venido antes a declarar porque he sufrido una fuerte depresión, después del accidente”.

                                               VII

Mi hermano José y yo hemos tardado diez años en volver a subir juntos en una moto. Sólo los auténticos moteros sabemos el sufrimiento que  produce estar tanto tiempo sin poder salir a la carretera. No nos atrevimos a subir en mi Yamaha Nana hasta que un día, después de ver el rostro de mi sobrina, una hermosa joven de 18 años, clavada a su padre, nos decidimos.

Fue fácil, cuando llegué a aquella curva, un fogonazo de luz blanca nos volvió a fundir como una aleación metálica de cobre y estaño.  Sentí que José cabalgaba a mi espalda, conmigo y volvíamos a ser los mejores jinetes del asfalto. 
           
                                         VIII


María estaba en la puerta del bar, fumándose un cigarrillo en la medianoche madrileña. Se protegía del frío de Febrero con su chupa motera. Era una mujer atractiva de mediana estatura, terminando la treintena.  Su pelo lacio y negro remarcaba una cara bonita, de piel blanca y nariz recta.

Alonso Reques de Guilarte aparcó su moto Trici en la acera, junto a las demás, se quitó el casco y, dando un par de pasos, se le acercó.


― Hola ¿Eres Nana―preguntó.

― Sí, soy Nana, pero me llamo María.


 ―Yo soy Marcuan.  Vuestro grupo me ha invitado a tomar unas cañas, a través del foro de Moterus ―explicó Alonso―. No conozco a nadie.

― ¡Oh, Marcuan! ―. Tenía ganas de ponerte cara. Vamos dentro, te presentaré a los demás ―dijo, espachurrando la colilla en el cenicero y clavando sus ojos oscuros en él.

María tenía un cuerpo con forma de reloj de arena, que movía con naturalidad y gracia. Desprendía simpatía y ternura por todos los poros de su piel.

Alonso Reques de Guilarte acababa de conocer a la Chica de la Mirada Triste.


Marcuan 09/03/2013.   

sábado, 5 de mayo de 2012

MARGA: ÓNIX NEGRO III



Acaba la aventura de Alonso Reques de Guilarte en Barcelona. 

Las despedidas siempre son tristes... hasta para los personajes de ficción.


Monte Tibidabo en Barcelona


Pierre Rougon volvió a saltar por el muro de piedra trasero de la masía. Ya en la calle, desenredó el turbante que cubría su cara y su cabeza, con el que limpió las manchas de sangre de sus dagas curvas. Pensó que de esa forma dejaba una falsa pista a la policía para que buscaran a un árabe, no al alcalde de Escalquens. Guardó la bolsa negra llena de lingotes de oro —La fortuna de los Rougon* debajo del asiento del scooter alquilado en Toulouse y lo lanzó a toda velocidad cuesta abajo.


Había olvidado que la calle terminaba en una curva muy cerrada a la derecha. Frenó a destiempo, patinó y, después de dos latigazos, salió despedido por los aires hasta empotrarse contra una pared de granito. En el impacto perdió el casco, que rodó por la acera. Pudo levantarse, aunque le dolía mucho el hombro y el tobillo izquierdos.

Se acercó a la Yamaha destrozada y de un manotazo arrancó el asiento; cogió la bolsa, abrió el depósito de gasolina, metió la mitad del turbante y lo prendió fuego. Tenía que borrar cualquier rastro. Cojeando, atravesó la carretera de Vendrell y una calle más abajo paró un taxi. Enseñó al conductor una dirección escrita en una nota y el taxista asintió, poniendo rumbo a El Raval. No dijo una sola palabra durante el trayecto.

Pierre Rougon era un hombre que copiaba el arte de los camaleones: sabía camuflarse. Controlaba hasta el último gramo de cualquier estupefaciente que se vendiera en las calles de Toulouse. Vivía en Escalquens, un pueblo a tan sólo 10 km de Toulouse, donde tenía su tapadera y un nombre falso: se llamaba Robert Papillon y era su alcalde.

Ygerna de Cornualles, secretaria del bufete de Alonso, recibió una llamada desde el Hospital del Valle Hebrón de Barcelona. Una tal doctora Matas le comunicó que Alonso estaba herido y que, antes de entrar en quirófano, había pedido que le llevara unos documentos del despacho. Tenía que llegar lo más rápido posible.

Ygerna sabía cómo hacerlo.

Se puso el mono ajustado de cuero negro y montó en “Trinity”; un milagro de la ingeniería italiana: tres motos en una.

Reguló la ventilación de su casco Arai y arrancó el motor. Los 150 caballos de su Ducati Multiestrada S Sport desentumecían sus músculos mecánicos poco a poco, dominados por el acelerador de su dueña.

Ducati Multiestrada S Sport
Cuando salió de Alcalá de Henares y pasó las obras de la Nacional II, cambió el configurador de la moto de urban a sport, metió gas y los caballos de metal se transformaron en Pegasos.

Volaba.

Llegó a Barcelona a media tarde y preguntó en la recepción del hospital por la doctora Arancha Matas. En Urgencias, un celador le señaló a la doctora que hablaba en catalán con una chica morena, de pelo encrespado y con ojeras, mientras sostenía en la mano un collar del que colgaba una gema de ónix negro. Se presentó.

―Hola, me llamo Ygerna, soy la secretaria de Alonso ¿Qué tal está?.


―Grave, ha perdido mucha sangre, pero sus constantes vitales se han estabilizado ―respondió la doctora ―tiene un corazón de atleta. ¿Ygerna, sabes por qué no se dejó quitar este collar hasta quedar anestesiado?


Ónix negro
―Es una piedra de ónix negro. Un talismán que protege de las vibraciones negativas, proporcionando humildad y calma interior. Ayuda a superar el miedo y aumenta la fuerza mental. Se limpia con la luz de la luna llena. Yo se lo regalé. Es la gema más antigua conocida por la humanidad. Conserva nuestro saber ancestral.

La doctora Matas puso cara de atención, pero no creía una sola palabra de lo que oía. Ella sólo confiaba en sus manos de cirujana, las que habían zurcido aquella carnicería: sesenta puntos en pecho, brazos y eminencia tenar de la mano izquierda, donde había suturado una rama de la arteria radial.

Son les supersticións mès grans que he sentit en la meva vida, tu. Això s'ho pot creure una persona amb enteniment i assenyada? dijo Marga.

Bordel! Et encore...? Je ne supporte pas le complexe de supériorité des patriotards de catalans. Parle-moi en espagnol, ma belle, ou bien je continuerai à le faire en français...ou fous le camp**contestó Ángela.

―¿Qué has dicho? ―Marga se puso tensa como un arco.

―Ahora que hablas en cristiano puedo entenderte mejor ―Ygerna miró a Marga como una ballesta a punto de disparar.

―¡Y a ti en qué idioma te hablan cuando estás en Francia, zorra con cap de suro! ―gritó Marga, furiosa.

―Buenas tardes ―Carmen Reina de Quirós podía oler la adrenalina antes del combate y aquellas dos mujeres estaban a punto de arrojarse una contra otra, como dos leonas. Llegó a tiempo de evitarlo.

―Policía; tranquilícense. Documentación. André, por favor, acérquenos esas sillas ―dijo enseñando su placa.

André Puig, cabo en prácticas de los Mossos d'Esquadra de la Generalitat de Catalunya, estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de la comisaria de Interpol, a la que acompañaba, y que casi nunca cometía errores. Acercó las sillas. Le había impresionado aquella madrileña rubia; guapa; de piernas largas y que hablaba un francés perfecto.

Marga, después de hacer una declaración provisional, bajó hasta el Ensanche en la moto de Alonso; la dejó aparcada en el garaje y subió a su piso. Miró el BlackBerry y vio que tenía doce llamadas perdidas. No esperó la trece. Mientras marcaba un número, pensaba en lo que le decía su padre de niña: “Marga: Molta fressa i poca endreça...”. Y Alonso estaba haciendo mucho, mucho ruido...y eso a ella no le gustaba.

Xavi, pots venir a buscar-me? Et convido a un gintonic al Paddok.

El Raval 

Pierre Rougon, se bajó del taxi en la calle Guardiá, cerca del bar La Concha. Apenas podía caminar. Entró en el portal número 11 y subió las escaleras hasta el tercer piso, arrastrando su pie izquierdo, mientras se apoyaba en la barandilla. Le dio miedo a caerse por el hueco de la escalera. Todo estaba carcomido. ¡Merde! Había perdido la concentración y eso, encima de una moto, se paga caro. Llamó al timbre.

Bonjour Ramón ¿me recuerdas? ―Ramón Macquart palideció como si se hubiera escapado de los infiernos uno de los monstruos que había visto en sus Delirium Tremens, pero le dejó entrar. Fueron hasta la cocina y Ramón sacó un par de vasos. Se sentaron, llenó el suyo con agua y el de su lejano pariente con vino. No hubo brindis. Pierre torció el gesto cuando probó aquel vinagre. Lo escupió al suelo.

―¿Ya no bebes? ―dijo.

―No. Me he rehabilitado. Ahora escribo libros. ¿Qué quieres? ―su único libro publicado se titulaba: “Soy alcohólico, historia de una enfermedad”***.

―Nuestra prima Sylvie* me llamó desde Plassans para contarme la extraña desaparición de mi hermano, cuando iba tras el rastro del tesoro de los Rougon...

―¡Y de los Macquart! ―contestó Ramón. Un chispazo de odio iluminó sus ojos.

―Sí, también en parte es de vosotros, los bastardos. Luego me dijo que querían entregárnoslo en Barcelona, con la condición de que hubiera paz entre los Rougon y los Macquart. Vine para preguntarles dónde está mi hermano. Sylvie me dio dos direcciones: una en la calle Bosque y otra la tuya, por si te necesitaba. Cuando llegué al caserón, no había nadie. Luego apareció una pareja y pude ver cómo el tipo sacaba una bolsa del interior de la chimenea. No tuve tiempo de interrogarle a mi gusto, la mujer se puso a gritar y preferí largarme, pero me caí de la moto como un estúpido. 
Llama a este número en un teléfono público para que vengan a buscarme. Yo nunca uso móvil.

Se levantó el pantalón; parecía que le habían injertado una pata de elefante. Estiró la pierna encima del asiento de una silla, resoplando. Pidió hielo.

Lo que no podía saber el alcalde de Escalquens es que, a Ramón Macquart, le había ido a rescatar del infierno de la drogadicción Carmen Reina de Quirós, comisaria de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado de Interpol, no Dante Alighieri.

El cabo André Puig había nacido en el Alto Pirineo gerundense. Era joven, pero odiaba las motos y a los moteros. Los clasificaba en: los que habían mordido el polvo y los que lo iban a morder. Sólo había una explicación: eran hijos de la anarquía.****

Cuando les llamaron desde la central de la Guardia Urbana de Sants Montjuic y les contaron que un hombre había tenido un accidente de motocicleta, la había prendido fuego y había huido, sospecharon. Eso no lo hace ningún motero. Tenían su descripción: varón, alto, moreno, delgado y con bigote. Llevaba una bolsa negra. La comisaria Reina le había mandado pedir con urgencia pruebas de A.D.N. de los cabellos encontrados en el casco abandonado. Estaba casi segura de que se trataba del mismo hombre que había atacado a Alonso.

Bon día señorita. ¿Qué tal ha pasado la noche su jefe? ―dijo André. Ygerna, que había dormido en la sala de espera del hospital, tenía un aspecto lamentable.

―¡Peor la he pasado yo entre estos hierros! ―contestó. Se desperezó y sonrió a aquel hombretón de cara rubicunda y pecosa. Le caía bien. Le gustaban los hombres discretos y aquel parecía incluso un poco tímido. No llevaba uniforme, por lo que pudo apreciar su musculatura.



 ¿Sabéis ya quién le ha hecho a mi jefe esta salvajada? preguntó.

―No estoy autorizado para hablar del caso, pero puedo ayudarla a encontrar un buen hotel, si no le importa ―dijo André.

―¡Claro que no me importa, Mozo! Necesito una buena ducha y un buen desayuno...

―Se pronuncia Mosso, pero puedes llamarme André ―contestó Puig.

Hacía bochorno. Ygerna, antes de subirse a la Ducati, se quitó la chaqueta de cuero, quedándose en camiseta de tirantes corta. Un águila real con las alas extendidas, tatuada en su zona lumbar, resplandeció con todo su esplendor. André Puig quedó fascinado. Empezó a sentir mariposas volando dentro de su estómago.

―Sigo a tu coche, André ―antes de que Ygerna se pusiera el casco se miraron a los ojos. Se sonrieron.

Más tarde no necesitaron hablar en ningún idioma. Se entendían con el lenguaje corporal que habla la especie humana cuando se aparea...

El águila real tatuada de Ygerna batió sus alas en varios vuelos rasantes sobre los abdominales desnudos de Puig hasta que, agotada, quedó inmóvil. Se refrescó con la brisa que entraba por el ventanal de la habitación del hotel, cercano al mar.


Ygerna de Cornualles se acurrucó junto a André Puig como si se hubiera cobijado debajo de un águila clueca. Pensó que aquel hombre nunca le haría el daño que llegó a hacerle su exmarido... Pero esa era otra historia.

Ramón Macquart se levantó a las tres de la madrugada con el sigilo que pudo. Llevaba el móvil. Se fue al cuarto de baño y se sentó encima de la tapa del retrete. No cerró la puerta. Tecleó: “Venga urgente a casa. Pierre Rougon. Peligro” y lo envió. Cuando la comisaria recibió el sms,  llamó a André.

Aún no había caído el móvil al suelo y Ramón Macquart ya estaba muerto. Un chorro de sangre, con la fuerza de un geiser, manaba de su yugular seccionada. Pierre leyó el mensaje y se sintió acorralado. No podía casi andar y faltaban unas horas para que vinieran a recogerle. Esperaría. Se enroscó como una cobra con sus dos guadañas... hasta volverse invisible en las sombras. Era un camaleón.

La comisaria Reina cogió la llave de debajo de la baldosa rota, donde siempre la escondía Macquart. En la sede central de Lyón habían detectado el desplazamiento de Pierre Rougon a Barcelona. Les alertaron. Creían que iba a contactar con un cabecilla del narcotráfico catalán, pero perdieron su rastro. Para su desgracia, Ramón lo había encontrado antes de tiempo.

Abrió la puerta y entraron.

Carmen Reina de Quirós tenía dos secretos: su hija Sol y su moto Harley XL 883L Sportste. Ambos estaban bien guardados en Cádiz, donde había nacido. Cuando su marido se marchó de casa, dejó crecer su cabello y se lo tiño de rojo. El “pelo de la libertad” lo llamaba...

Churre.

A la comisaria Reina no le gustaban las medias tintas: la vida era blanco o negro, ying o yang, ángel o demonio... Churre, un amigo artista, comprendió su filosofía de vida y la plasmó en el depósito de su moto custom.

Era una mujer que aborrecía a las personas que fomentan el cainismo entre los pueblos. Carmen pensaba que no existen pueblos, sino seres humanos. Y aquel que estaba a sus pies, tenía un tajo tan violento en la garganta que casi estaba decapitado. Ramón Macquart, el padre de su amiga Isabel, había ganado un pulso a la muerte, pero no el segundo. Encontraría al que le había hecho eso.

Se fue al comedor para abrir de par en par el balcón. El olor a muerte siempre era el mismo, pero no se acostumbraba.

André Puig estaba arrodillado para fijarse en el cadáver cuando una sombra se disparó como un resorte. Levantó por instinto su brazo izquierdo y sintió que un aguijón gigante quería perforarle el corazón, a través del hueco de la clavícula.

Sacó con su mano derecha la pistola, pero una cuchillada le cercenó los tendones del antebrazo.

Cayó sobre la hierba fría y húmeda de un valle de los Pirineos... o eso le parecía a él.

Pierre Rougon, revolviéndose, lanzó una estocada mortal a la carótida de la comisaria, que venía en auxilio de André. 

Carmen la esquivó al mismo tiempo que le agarraba de la muñeca y, acelerando su impulso, le volteaba a través del balcón abierto. Pierre Rougon quedó tan asombrado que no le dio tiempo a gritar mientras caía al vacío y se rompía el cuello contra los adoquines de la calle Guardiá.  La ciudad seguía durmiendo.

La comisaria Carmen Reina de Quirós era maestra de Aikido. Pierre Rougon lo había sabido demasiado tarde. 


Cuando alguien llegó con la ambulancia, acompañó a André, malherido, al hospital. Quería tener una larga conversación con Alonso. Llevaba una bolsa negra en la mano, llena de lingotes de oro.

Alonso recibió el alta pasados quince días.

―Adiós doctora Matas, gracias por todo, una vez más.

Adeu Alonso. Cuídese ―a la doctora Arancha Matas le caía bien el sobrino de Gloria, quizás porque ella se llamaba también Guilarte de segundo apellido. Le dio un beso en la mejilla.

Alonso pidió al taxista que le dejara cerca del Ensanche. Quería pasear por la ciudad en la que el caballero de la Blanca Luna había humillado a Alonso Quijano*****, el de la triste figura. 


Don Quijote vencido en la playa de Barcelona.







Casi cuatrocientos años después, otro Alonso se marchaba de Barcelona triste y desfigurado.


Llamó al timbre del teléfono automático del 5º A.

¿Diguin? le contestó una voz recia, como la del bandolero Roque Guinart*****

―Soy Alonso, vengo a por mi moto.

Bajó Marga. Estaba como su ciudad: preciosa. Le acompañó al garaje. Trici, junto a la Harley Fat Bob, parecía la moto de un arganboy.



―Toma cap de suro, para que nunca te olvides de mí ―dijo Marga. Puso una rosa de oro blanco encima de la cicatriz, aún tierna, de la mano de Alonso. Éste la engarzó en su llavero y le entregó una rosa roja, que había comprado por el camino.

―Adiós Marga, que seas feliz ―dijo Alonso.

Rozaron sus labios.

Estaba parado en la Plaza de Colón, ante el mismo semáforo donde tiempo atrás Marga había saltado a su moto, cuando Trinity frenó a su lado. La reconoció enseguida. Ygerna se levantó la visera del casco y le gritó con fuerza.

―¡Me quedo en Barcelona, jefe! ¡Toma tu ónix negro! —Alonso recogió el collar y lo guardó en un bolsillo. Chocaron los puños enguantados.

―Pero ¿sabes hablar en catalán? ―contestó Alonso.

―¡No me hace ninguna falta! ―dijo Ygerna. 

Soltó al mismo tiempo una carcajada y los frenos de la Ducati y salió haciendo un caballito. Podía permitírselo: era la novia de un Mosso d'Escuadra condecorado por el Honorable President de la Generalitat de Catalunya...

Alonso aceleró hacia la meseta, dejando atrás el Monte Tibidabo.

Marcuan (C)

* Ver relato anterior: El secreto del viejo cementerio de San Mittre.

** ¡Coño! Ya empezamos, no soporto el complejo de superioridad de los independentistas catalanes. Háblame en español, rica, o te seguiré hablando en francés...

***Autor: Ignacio Ramón Martín Vega. Asociación de Escritores de Madrid. Exalcohólico.

**** Título del próximo estreno de una serie americana sobre moteros.

*****“De lo que sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona”. Capítulos LX y LXI. Miguel de Cervantes Saavedra.