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miércoles, 6 de mayo de 2026

CUARENTUNO

 

En recuerdo de todos los Goliardos, Trovadores y Juglares que han sido, son y serán hasta el Final de los Tiempos... ¡Vive Dios!




Michel: In Memoriam

El tiempo se llevó mi juventud sin dejar el recibo. Lógico: un ladrón no factura, no devuelve lo que roba ¡Qué va! El tiempo es como Hacienda: lo que coge no lo suelta. Pero si a los setenta y cinco años te vas a vivir a Cádiz y te haces cuarentuno, descubres tres cosas:

1º.- La segunda juventud no está en la crema antiarrugas: está en la capa de tuno.

2º.- Empezar de nuevo no es de jóvenes: es de tipos valientes que ya no tienen nada que perder.

3º.- Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibánez Cevallos tenía razón: “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”. Pues yo ofrezco rondas, canciones románticas, amor, pasión y no morirme todavía. Y esta vez cumplo.

Sí, el tiempo me quitó la juventud. Sin albarán. De paso también se llevó mi melena ye-yé, la tripa plana y la fe del carbonero de que casarse a los veintisiete años era para siempre. Casi cuarenta después, un Notario certificó mi divorcio de mutuo acuerdo, me devolvió la libertad y la calle para correr. El chalet y el coche para ella.

Yo me quedé cantando la canción de tuna la “Ronda del silbidito”, que dice:

 

Muerto de hambre y sin cenar

Y tiritando de frío

Estoy pasando y pasando

Sólo por hacer yo

 Pío pío pío pa pío pa parabarabá.


Y aquí se acaba la historia

De aquellos amores míos

Ella se marchó con otro

Y yo me quedé haciendo

Pío pío pío pa pío pa parabarabá.

 

Buen trato.

Cádiz.

Llegué a Cádiz encima de TRICI*, porque en esta ciudad bañada por el Mar del Sur, donde acaba Europa y empieza la desesperación, el que llega tarde a la vida no desentona.

Primeros meses: mucha playa y un oficio nuevo: contador de goteras y de recuerdos.

Hasta que un jueves, en la playa de Santa María, con el jersey beige que me hace parecer un profesor jubilado, me entró la risa. Risa de viejo, de las que duelen en las tripas y te curan el alma.

Allí tirado en su arena, bajo un sol africano, descubrí que el Mar del Sur no devuelve lo que se lleva, pero Cádiz, que es más lista que la mar, te lo cambia por algo mejor. Y con intereses.

Esa noche mi destino me llevó a pasear por la calle Plocia y darme de bruces con el restaurante El Algibe. Resultaba que en Cádiz había una Cuarentuna y allí estaban cantando a la luna lunera cascabelera tunos pasados de fecha de caducidad, como el yogur, pero que aún fermentaban…

“Señora, donde hay música no puede haber cosa mala… la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas”, decía Sancho Panza a la Duquesa, en la inmortal novela del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Capítulo XXXIV de su segunda parte).


Sancho Panza.

Me presenté como antiguo tuno. Miraron mi pelo y barba blancos y me acogieron: “Tú vales por dos: das experiencia y canas para la foto”. Luego dijeron que volviera con capa y traje de tuno, una guitarra y un mote. De Marco y Antonio sale “Marcuan” y con "Marcuan" me quedé, no antes de que con su guasa gaditana me amenazaran y atormentaran con otros motes terroríficos.

Y el Mar del Sur, que es un cabrón con memoria, empezó a devolverme. Pero no lo mío: lo que nunca tuve.

Me trajo a Carmen, profesora de guitarra, y a una Concha veinte años más joven, que me enseñó que a mi edad las mariposas no vuelan: hacen botellón en el estómago y bailan habaneras gaditanas. Pero como decía Quevedo: “Más vale llegar tarde que mal acompañado”. Y yo llegué tarde a todo, menos a ellas.

También me trajo la paz, que es el lujo que no cotiza en bolsa ni se vende en las farmacias. La paz de dormir sin discutir con fantasmas. Me perdoné los casi cuarenta años. Al fin y al cabo, hasta el mejor escribano echaba borrones.

Y a más a más me trajo amigos, risas y una cuadrilla: Colin, Pedro y Martín. Cuando soplé las velas de la tarta que me regalaron en mi último cumpleaños, pedí un deseo quevedesco: “Que el año que viene siga desafinando” para que Carmen siga templando mi guitarra y Concha mi vida.

Ahora voy por las calles cantando Clavelitos y las muchachas se ríen, no de mí: conmigo. Que es muy distinto.

Y yo, que ya no tengo nada que perder, lo apuesto todo a esta última ronda.

¡Voto a bríos y por los cuernos del buey de San Lucas!

¡Aúpa Cuarentuna!  



MARCUAN.30/05/2026 (C)


* Ver LA CHICA DEL CABELLO DE FUEGO en: marcuan.blogspot.com


domingo, 23 de marzo de 2025

DON MANOLITO - II

 El relato de ficción continúa, en mares muy lejanos...





─ ¡¡¡Dumbo, Dumbo, Dumbo!!! ─le gritaban al unísono tres chavales en la calle.

─ ¡Me cago en tos vuestros muertos! ─contestaba lleno de ira Antonio “El Orejas”; lanzándoles puñetazos a la cara.

Antonio “El Orejas” las tenía descomunales y había tenido muy mala suerte en la vida. Marinero sin fortuna durante muchos años, acabó con sus huesos enterrando huesos y exhumando huesos, trabajando como sepulturero en el cementerio municipal.

El Consistorio de la ciudad, con buen criterio, había aprobado una moción, a propuesta de un concejal, para que el viejo cementerio se trasladara a uno Mancomunado. El avispado edil había leído una trilogía: “El secreto del viejo cementerio de San Mittre”* en “Las columnas de Heracles”. Le gustó la idea y mucho más cuando el pleno del Ayuntamiento aprobó por unanimidad que los terrenos del camposanto se desacralizasen,  y se convirtieran en un parque urbano, de lo que Cádiz  andaba muy necesitado.

─Antonio ─le ordenó el Excelentísimo Señor Alcalde en su despacho ─búscate una brigada y empezáis a exhumar todos los restos de las tumbas para trasladarlos a Chiclana de la Frontera. Vendrán arqueólogos y forenses de todo el mundo: Seguid a rajatabla sus instrucciones.

Y allá se fue Antonio “El Orejas” con sus compañeros; con los arqueólogos y con los forenses,  a desenterrar lo enterrado desde hacía más de tres mil años, en una ciudad fundada por los fenicios...

Lupita se encomendó a la Virgen de Guadalupe y se lanzó al mar, agarrada a su hinchado neumático de la rueda de un tractor de su comunidad agrícola, donde malvivía bajo el régimen castrista, que sólo privilegiaba a los altos cargos del partido. Recordaba la frase que su madre manchega le repetía con frecuencia: “Tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener”** y ella no tenía nada, sólo un hijo en las entrañas del hombre que destrozó su vida con un colt 45…

Un descomunal tiburón blanco se acercaba a su balsa a una velocidad de vértigo, entonces sacó el escapulario de su madre y lo alzó en alto con su mano. De repente un delfín se interpuso entre ella y el escualo blanco, saltando por el aire, siendo tragado por el tiburón de un feroz mordisco. El bello rostro de Lupe se llenó de salpicaduras de sangre caliente.

Besó aquella imagen milagrosa, aunque seguía sintiéndose atea.

Cuando puso pie en tierra, ya era ciudadana estadounidense según la ley norteamericana.

En Miami parió al hijo mulato de don Manolito: un bebé precioso, de ojos azules y aspecto fuerte y corpulento.

Prosperó. Educó a su hijo en los mejores colegios que pudo pagar y consiguió que le aceptaran  con una beca  en la University of Miami Health System, donde Fidel se convirtió en un prestigioso forense, tanto, que el F.B.I. lo reclutó entre sus filas.


Miami Beach

─ Doctor ¿le gustaría visitar la tierra de sus ancestros?*** ─ le preguntó Susan Pringer, Directora del Hospital, con una sonrisa cómplice, porque disfrutaba todas las noches de sus embestidas. ─El Ayuntamiento de la ciudad de Cádiz está solicitando forenses para trasladar su viejo cementerio municipal.

─ ¿Cádiz de España?

─Sí. El salario es irrisorio, pero no conozco Europa y es mi sueño conocerla desde niña. ¿Nos vamos?

─ O.K. ─dijo Fidel.

                                                                                          MARCUAN (C). (Continuará)


* Ver trilogía : "El viejo cementerio de San Mittre I-II-III"  en marcuan.blospot.com

** Sancho Panza en Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes Saavedra.

*** Ver relatos:  "Ancestros de Bronce I-II" en marcuan.blogspot.com


miércoles, 19 de marzo de 2025

DON MANOLITO - I


 Todo parecido con la realidad pasada, presente o futura es casual, ya que los personajes son ficticios. Eso sí, sigo los consejos que da a los aprendices de escritor, entre los que humildemente me encuentro, el sin par Manco de Lepanto:

 "Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla... y con esto, Dios te dé salud, y a mí no me olvide. Miguel de Cervantes Saavedra"


Mujer cubana

Don Manolito era un hombre generoso, mucho. Y todo el barrio del Pópulo de Cádiz lo sabía.

─ Don Manolito, mire usted, que la niña me hace la comunión y el vestido vale un ojo de la cara…

Y don Manolito echaba mano a su cartera y sacaba un alisado y crujiente billete de mil pesetas.

─ ¡Gracias don Manolito, que Dios se lo pague!

Y don Manolito sonreía como un santo varón, saludaba tocándose el ala de su sombrero indiano y arreaba calle de San Juan de Dios abajo, ayudándose con su bastón de caoba de empuñadura de plata. En su muñeca lucía una pulsera de oro grabada con su nombre: “don Manolito”.

Buen mozo en sus viejos tiempos, se enroló como grumete para hacer las Américas en un viejo barco de vela. Llegó hasta San Francisco en los Estados Unidos de América atravesando el Canal de Panamá y, como era avispado y buen observador, se fijó en unos grandes almacenes.

─ ¡Escúchame Chano! ¿Te has dado cuenta de que en esta tienda hay de ? ─dijo a su compañero de aventuras.

─Pues sí quillo, esto no es como en Cádiz ─contestó su amigo.

Don Manolito ahorró lo suficiente para poder volver a su querida ciudad y poner en práctica su idea: Grandes Almacenes Orozco. Y acertó de lleno. Éxito total.

─Don Manolito, que se me casa la niña y no me llega para el convite…

Con unos cuantos billetes, alisados y crujientes, siempre oía respuestas parecidas.

─ ¡Que Dios se lo pague! ¡Es usted un santo!

Don Manolito no había tenido suerte en el amor: Lupita, una preciosa mulata del Ejército Revolucionario de Cuba*, lo enamoró hasta los tuétanos. 

En una húmeda noche tropical trotaba, junto a él, un borriquillo  con dos albardas que cargaban unos cofres, donde llevaba todos sus ahorros. Iba al encuentro con su amada, henchido su corazón de pasión y alegría. Lupita se vendría con él, a la mañana siguiente, para viajar a España…

─ ¡Eh tú! ¡Danos todo lo que llevas ahí! ─gritó una voz desde la oscuridad de la selva, enseñando unos dientes blancos como el azúcar.

Cuatro machetes de zafra, afilados como hojas de afeitar, relucían con la luz de la luna, rodeándolo; una luna que acabaría convirtiéndose en una luna de sangre.




─ ¡Venid a cogerlo, huevones!

El Colt 45, comprado a un rebelde confederado, escupió fuego y muerte.

─ ¡Maldito cabrón! ¡Has matado a mi marido y a mis hermanos! ─gritó Lupita a sus espaldas

Manuel apuntó muy despacio a la cabeza de Lupe, durante unos instantes. Aún le quedaban dos balas en el tambor del revólver… luego lo bajó despacio... perdonando la vida a aquella mujer, a costa de asesinar para siempre a su propia alma.

Al entierro de don Manolito no acudió tanta gente como se esperaba. Incluso se oyeron algunos comentarios despectivos y crueles sobre su persona, entre sus vecinos más envidiosos.

El Estado se quedó con todas sus posesiones. ¿Todas...?

(Continuará)

MARCUAN(C)


* Ver: "Objeto tabú" en marcuan.blogspot.com

miércoles, 2 de noviembre de 2016

INVERTIDOS

Un amigo me pidió hace tiempo un relato... aunque ya no esté, lo prometido es deuda. 







                                                 I


"¡Chupa, chupa pensaba Kipa para sus adentros que no los encontrarás... ja ja ja!"

Siempre le pasaba lo mismo con sus amantes, buscaban la erección de sus pezones cuando le hacían el amor... nunca lo conseguían: los tenía invertidos. Cosas de la genética.

Cuando, siendo una adolescente, abrazó la filosofía hippy, no encajó bien en su pueblo, pero le dio igual. Hizo lo que le vino en gana. Jamás se casó.

Hola guapa, tengo un velero varado en Lisboa tan bonito y fino como tu pelo trigueño ¿Te vienes a Mallorca?

Ummmm... ¿y qué harás por las noches? respondió Kipa con una sonrisa tan blanca como la espuma de mar.

― ¡Fumarnos un pitillo tumbados en la borda en pelotas, pedazo de bombón de cereza de la Vera, ja ja ja!

Javier apareció en su vida de sopetón, alto y delgado, de perfil quijotesco, bronceado de sol atlántico y con un cigarrillo de tabaco negro encendido, de forma perenne, entre sus dedos.

Ambos fumaban, bebían y juraban como sus ancestros, aquellos arrieros que se cruzaron con el Caballero de la Triste Figura en la Vía de la Plata, moliéndolo a palos.

Kipa y Javier , en cambio, viajaron por los caminos de oro que el ocaso del sol dibuja en la Rosa de los Vientos, felices, desnudos y fundidos en cubierta, como el cobre y el estaño que los romanos vinieron a esquilmar  de su tierra, hacía más de dos mil años.

 Hoy tenemos popada, navegaremos lentos, coge el timón, tengo que decirte algo importante musitó Javier.

― ¿Quieres que te encienda un cigarrillo? respondió Kipa besándolo en la oreja.

 Ahora no, gracias, luego quizás. 

Javier miró ensimismado aquel horizonte azul oscuro, que estallaba en mil reflejos de cristal. Lloraba.

― Me han enviado un mensaje por radio, dándome el resultado de los análisis: tengo cáncer de pulmón y tres meses de vida.

Kipa lo acompañó en la habitación 43 del hospital, hasta el final de su agonía.

― Quiero que me jures una cosa dijo Javier con su último hilo de voz.

Juro lo que tú quieras, amor.

Que jamás volverás a fumar...

Cuando Kipa esparcía las cenizas de Javier en el verdoso océano portugués, se mezclaron con las de su humeante cigarrillo de tabaco negro.

                                                  II

A Alonso Reques de Guilarte*, después de la operación por el accidente de moto, le trasladaron a planta y lo ingresaron en la habitación 43, donde conoció a Javier y a Kipa, con los que entabló amistad.

Me gusta cómo escribes Alonso dijo Kipa detecto mucha sensibilidad en ese corazón desesperado.

Más bien perdido Kipa, a la deriva contestó Alonso.

¿Y tu moto cómo ha quedado después de hacer submarinismo junto a la Zona Franca de Cádiz?

Bien, mejor que antes; mi Trici es como el acorazado Potemkin: indestructible contestó riendo Alonso.

¡Anda ya! Capaz de pedírtela para el agente 007 cuando vuelvan a rodar en la playa de la Caleta, ja ja ja.*

Se hicieron muy amigos, el dolor une las almas y afloja las lenguas, tanto, que Alonso lo sabía.

Cuando, pasado un tiempo, Kipa le ofreció sus exuberantes pechos en todo su esplendor, Alonso sacó una bolsa congelada de gelatina azul de debajo de la almohada, y los rozó suavemente.



Brotaron como los pitones de un Miura.

Eres un hombre diferente a todos los que he conocido, Alonso dijo Kipa por eso me gustas, ¿quieres fumar un cigarrillo?

No Kipa, gracias, prefiero besar los cuernos de un toro bravo... como hacen los toreros valientes.

Alonso apretó a fondo el acelerador de su moto, sin brusquedad. 

Trici parecía navegar por la Vía de la Plata como una diosa del Mar del Sur cabalgando en un tritón. En sus labios notaba aún el sabor dulzón y la sedosa tibieza de los pechos de Kipa, como Don Juan Tenorio notó con la novicia Inés.

Cerró con un chasquido seco la visera de su casco, alejándose de Emérita Augusta hacia su nuevo destino, raudo como un delfín.

Había conocido a La chica de los pezones invertidos.

Marco. 1/11/16. Noche de Todos los Santos.

*Ver "Besos de sal"

*Die another day (Muere otro día).

martes, 23 de diciembre de 2014

PLATA Y ORO PARA PLATERO: CUENTO DE NAVIDAD.


 Queridos amigos lectores. Os deseo una Feliz Navidad. 

Y también a los animalitos de todos los belenes del mundo. Este relato, por desgracia, se basa en hechos reales.






― Votos a favor… Votos en contra… Abstenciones…   ¡Ea! ¡Queda aprobado por unanimidad! Se levanta la sesión. Estas Navidades tendremos un  belén viviente ―dijo el alcalde.

Cogió su vara de regidor de encima de la mesa y se levantó. Entonces se dio cuenta de que estaba adornada con hojas de acebo. Un detalle de Paula, su hija. Sonrió.

Los concejales se pusieron en pié  y,  pelillos a la mar, entre apretones de manos, besos y abrazos, se felicitaban las Pascuas unos a otros.

― ¿Y habrá burros de verdad? ―preguntó el del PP.

― Este pueblo está lleno, Mariano, porque hay que ser burro de verdad para votaros a vosotros ―contestó riendo el de IU.

― ¡Y que lo digas Curro, a rebosar, pero si hasta tenéis mayoría absoluta…! ―terció el del Olivo-Equo-Ecologistas.

― ¡Claro Roque, porque vosotros estáis todavía verdes! ―dijo Mariano soltando una carcajada.

― ¡Ea! ¡Se acabó! ¡Señores, hay que tener espíritu navideño! Te recuerdo Mariano que tu hija va a hacer de Virgen María y tu hijo, Curro, de San José  y el Verde nos va a prestar a su nieto rubio, para que haga de Niño Jesús.

― ¿Yo? Sí hombre, para que esté en los brazos de una pija… ¡ni loco! ―protestó Roque.
― ¡A que te doy un varazo! ― dijo riendo el alcalde, levantando el bastón de mando ―. Venga os invito a tomar algo en el mesón y así vemos los burritos que han traído; hay uno que se llama Platero. Parece todo de algodón.

A Peláez no le importaba mucho, incluso lo prefería. Por eso se había presentado voluntario en su Comisaría para hacer el servicio nocturno en la Nochebuena. Se encontraba más sólo que nunca. Un día, sin saber todavía muy bien por qué, se fue de Madrid. No había funcionado lo de Fuencisla.

Bajó al Sur, donde se estira el sueldo mientras se bebe sol y se come mar.

― ¡Atención coche patrulla R15! ¿Está usted a la escucha, Sr. Peláez?

Se aproximaba el alba. Había sido una Nochebuena tranquila. Hacía doce grados de temperatura. Cuando tomó el relevo en Comisaría, oyó a sus compañeros quejarse del frío. ¿Qué podían saber ellos de frío?


SEGOVIA

Churrería La Marina. Cádiz.

― ¡R15 a la escucha Mara! ¡Qué pasa! ¡Dígame!

De niño, cuando amanecía un día nevado, su madre lo abrigaba bien abrigado para que bajara a jugar con sus amigos a diez grados bajo cero;  y no lo dejaba ir al colegio de los Maristas, al otro lado de la ciudad.

― Tranquilo Sr. Peláez, no se preocupe, no es nada urgente… Tenemos una queja de un miembro de la Asociación en Defensa del Borrico… Parece ser que están maltratando a un burro en una localidad cercana a donde se encuentra usted…

― ¿Burro? ¿No será una boa? ―dijo Peláez recordando a la que salió del retrete en Madrid, la Nochebuena anterior*.

― Disculpe, Sr. Peláez, no lo entiendo; aquí pone burro, no boa…

― Perdone  Mara, era una broma ―dijo Peláez ―ya se lo contaré otro día.

― ¡Digo!  Mañana, cuando acabe el servicio, podemos tomar un chocolate con churros en la cafetería La Marina: abre el día de Navidad ―contestó Mara― ¿Sabe dónde está?

― No.

― Yo le acompaño; está junto a la plaza de las Flores ―dijo Mara.

A Peláez, cuando vio a Mara por primera vez, le pareció una mujer grande y guapa, rubicunda, con una elegancia natural. Era tímida y muy seria en el trabajo. Apenas se relacionaba con sus compañeros.

Por la tarde, al ir a recoger las llaves del coche patrulla, se cruzaron sus miradas y Peláez pudo asomarse a unos ojos de color arena marrón oscuro, donde, por un segundo, vio las cicatrices que deja el sufrimiento.

― De acuerdo  Mara, me vendrá bien algo caliente para desentumecer los huesos. ¡Menuda humedad hace por aquí abajo!  ¿Qué pasa con Platero?

― ¡Digo!  ¿Cómo lo sabe usted? Sí, así se llama el burrito. Sólo tiene cuatro meses.

― Es que antes leía mucho... ―dijo Peláez.
Hasta los coches patrulla van más despacio en el Sur… o eso le pareció a él.

No pudo pasar hasta la plaza del pueblo, un bolardo se lo impedía. Cuando se bajó, un hombrecillo se le cruzó en la bocacalle.

― ¡Policía! ¡Por fin! ¡Cuánto han tardado ustedes! ―gritó nervioso.

― Vengo sólo, tranquilícese y cuénteme. ¿Identificación? ―contestó Peláez.

― Me llamo Curro. Soy concejal del ayuntamiento. Un hombre ha entrado sin permiso en los corrales del belén viviente y se ha subido en un borrico. Lo va a aplastar.

― ¿Aplastar a un burro? Hombre… los burros se montan en mi pueblo, al menos eso es lo que recuerdo.

― ¡Venga, venga conmigo, rápido!

Peláez lo siguió con una sonrisa de sorna en la cara, hasta que llegó a la plaza y se le heló la sangre.

Un hombretón, de mediana edad, agarraba de las crines a un borriquillo a galope y se subía a él de un salto. Su cuadrilla, entre risotadas y palabrotas, le jaleaba.

 Uno de ellos sacó su móvil y le fotografió. El burrito rebuznaba de miedo y dolor. Un niño pequeño empezó a llorar.

― ¡Pareces Sancho Panza, joputa! ―gritó el del móvil.


Peláez se acercó rápidamente,  crispado.

― ¡Bájese del burro! ¡Ahora mismo! ¡Ya! ¿Me ha oído, pedazo de zulú?

No obedeció la orden: el borriquillo se había desplomado bajo sus piernas y resoplaba agonizante.

Entonces el gigante giró su cabeza, como un periscopio, localizando a Peláez y lanzándole una mirada de torpedo.

― ¿Y a este joputa quién le ha dado vela en este entierro?

Peláez saltó a la torera la valla del corral y ambos hombres se pusieron frente a frente, en el centro del corralito, congestionados, con la sangre hirviendo en sus venas.

Parecían David y Goliat.

― ¡Vamos  Pepe, dale una paliza a ese chulo del Real Madrid! ―gritó el del móvil
―. ¡Vas a salir bien guapo en los vídeos de primera! ¡Jajaja!

José Montoya, de 149 kilos de peso y casi dos metros de estatura, no estaba acostumbrado a obedecer y menos con lo que había bebido en la Nochebuena.

Alberto Peláez, sesenta y ocho kilos y uno setenta de altura, Policía Nacional, servidor público de la ley, dudó de tomarse la justicia por su mano.

No le dió tiempo. El primer puñetazo le rozó el pómulo, rasgándolo como una navaja bandolera, pero el segundo lo alcanzó de lleno en el hombro derecho. 

Peláez hincó una rodilla en tierra al sentir una brutal punzada de dolor. Su mano derecha, agarrotada, no obedeció la orden de sacar el arma de fuego. Y lo vio venir a la carrera, como un búfalo enfurecido.

Se apartó a tiempo para esquivar la embestida, le puso una zancadilla y empujó con toda la fuerza de su mano izquierda a aquella mole cargada de odio y alcohol, que cayó de bruces contra el abrevadero de mármol.

Cuando oyó el crujido, sabía que aquel desgraciado no se levantaría jamás: se había roto el cuello y yacía junto a Platero.

Ambos estaban inermes.

El chirrido del cerrojo de la celda le despertó al abrirse de golpe y se quedó boquiabierto al ver entrar a Mara con una bandeja repleta de churros, dos tazas y una jarra con chocolate caliente, humenate.

― Buenos días Sr. Peláez, ya que hoy no podemos ir a La Marina, he pensado tomar los churros aquí ―dijo Mara sonriendo. ― ¿Qué le parece?

Iba sin uniforme. Su pelo encrespado y rubio, rizado, remataba un cuerpo rotundo de reloj de arena, mientras sus oscuros ojos castaños lo miraban con dulzura. La sonrisa, tierna y sincera de su rostro, le contagió de alegría.

― Llámame Alberto, Mara ―dijo Peláez con mirada húmeda― y muchas gracias.

― No te preocupes Alberto. Hoy mi amigo Juan Carlos está de servicio en los calabozos y me ha dicho que dentro de un rato te llevará a declarar ante la jueza. No te pondrá grilletes. Su señoría se llama Elvira y somos viejas conocidas del colegio. Te tratará bien. Tú no has tenido la culpa de nada.

― Me acusará de homicidio preterintencional. Dura lex, sed lex: la ley es dura, pero es la ley.

Peláez se quitó las dos alianzas, una de oro y otra de plata, que llevaba en el dedo corazón de su mano izquierda. Eran viejos metales comprados en tiempos más felices y se las dio a Mara.

― Toma: plata y oro para Platero. Con ello podrás pagar la incineración del burrito y unas flores para ponerlas en su tumba.

― ¡Feliz Navidad, Alberto! ―contestó Mara―. Y le estampó un beso en todo el morro.

Marco. Navidad 2014.
*Ver relato titulado: Nochebuena.
In Memoriam:

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.
Juan Ramón Jiménez.















lunes, 20 de octubre de 2014

BESOS DE SAL

Quizás fue un sueño... O no...

Que os guste.


Foto Marcuan (C)



Salió del hospital al anochecer, cruzó la ancha avenida en dirección a las playas y se acercó despacio, andando sobre la arena como una diosa fenicia.

Alonso la esperaba, mirando el océano donde acaba Europa y nace la desesperación.

Una luna llena iluminó a la mujer como un foco de cabaret, destacando su figura. Una figura menuda, redonda, cubierta hasta los tobillos por un vestido largo y ajustado, que dejaba ver un busto exuberante y un hermoso rostro.


     Ni nardos ni caracolas
     Tienen el cutis tan fino,
     Ni los cristales con luna
    Relumbran con ese brillo.**


Olía a salitre y a caballas frescas.



―Mi padre ha muerto. El cáncer lo ha vencido. Sólo puedo quedarme un rato contigo, pero lo necesito.

Alonso se volvió y la estrechó entre sus brazos. Al principio con ternura, luego con la furia de un centauro.

―¿Necesitas algo? ―dijo Alonso.

―Sí. Que me ames ―contestó la mujer.

Alonso la cogió en vilo y la sentó en la proa de una barca de pescadores.


          …sus muslos se me escapaban
          como peces sorprendidos,
          la mitad llenos de lumbre,
          la mitad llenos de frío…**


Los golpes de espuma de las olas ahogaron sus suspiros de pasión, mientras la ciudad dormía entre girones de bruma húmeda y azulada.

La mujer, con la melena revuelta por el viento como una veleta, miró a Alonso con ojos encendidos.

―Tus besos saben a sal ―susurró en su oído.


          …sucia de besos y arena,
          Yo me la llevé del río…**


―¡Doctora Patricia! El motero accidentado está saliendo del coma, ¿puede venir a verlo, por favor?  ―dijo la enfermera.

Alonso Reques de Guilarte abrió los ojos poco a poco y se encontró con los celestes de Patricia Gilarranz Cortés, doctora en Traumatología del Hospital Puerta del Mar.

―Y yo me la llevé al río creyendo que era mozuela… ―balbuceó Alonso.

―¿Río? ¿Qué río? No, Alonso, usted pasaba con su moto por el puente de Carranza y una ráfaga de viento huracanado lo lanzó al mar. ¿Lo recuerda? ―dijo la doctora.


Puente de Carranza (Cádiz)

Levantó los párpados de Alonso para iluminarle los ojos con una linterna.

 ―¡Mi Trici! ¿Dónde está mi Trici? ―gritó Alonso.

―¿Su qué? ―preguntó Patricia.

―Su motocicleta, doctora, un cacharro con tres ruedas ―informó la enfermera.

―¡Ya estamos como en Barcelona*! ―protestó Alonso.  ―¡¡¡Mi moto no es un cacharro!!!

―Déjeme ver el atestado de la Guardia Civil ―dijo Patricia a la enfermera.

Después de echarlo un vistazo, Patricia se acercó a Alonso y lo cogió de la mano con dulzura.

―Su Trici está en el fondo del mar, matarile, rile, rile, como las llaves de la canción ―dijo riendo la doctora.  ―Pero se recuperará, como se recuperará usted Alonso. Ya lo verá. Ha tenido mucha baraka.


―¿Baraka? ¿Y eso qué es? ―contestó Alonso.

―Buena suerte, Alonso, muy buena suerte. Ahora relájese y descanse, yo cuidaré de usted, no se preocupe por nada, descanse. Piense en lo que pasó en ese río…


     …En las últimas esquinas
     Toqué sus pechos dormidos,
     Y se me abrieron de pronto
     Como ramos de jacintos…**





MARCUAN(C): 13/10/2014

* Ver relato: Marga: Un misterio de mujer I.

** Estrofas de "La casada infiel" del "Romancero gitano" de Federico García Lorca.