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sábado, 3 de mayo de 2025

BAHAFALL

Quizás no somos conscientes de la gran suerte que hemos tenido en nuestras vidas, hasta que vivimos unas horas en "energía cero".

Leyendo "Historia de España contada para escépticos" de Juan Eslava Galán*, colega también en el difícil oficio de profesor y "desemborricador", se me ocurrió este relato: cuyos personajes y hechos son ficticios, no como el apagón total, que nos devolvió a la época de nuestros ancestros: los caníbales de Atapuerca...**



Corría hacia la estación, aun sabiendo que llegaba muy pronto, suponiendo que de ese modo él llegaría antes. Algo parecido a cuando comía un trozo de tarta a escondidas, pensando que así no contaban las malditas calorías.

Allí estaba ella, con cara de boba, viendo en la pantalla de la estación que el tren llegaba con retraso y tendría que esperar más aún. Exactamente igual que las calorías de la tarta secreta: al final parecían multiplicarse los minutos. Entró en el bar, pidió un café manchado con leche sin lactosa para llevar y se plantó frente la vía 3 como una estatua. El tiempo se tomó su tiempo hasta que él apareció con su sonrisa picante y su mirada dulce… ¿O más bien su sonrisa dulce y su mirada picante? ¡Qué más daba! Ellos estaban allí y pensó “No importan las malditas calorías ni los dichosos minutos… Sólo importamos nosotros”.

Conrado se bajó del coche confort Madrid-Atocha. La buscó con su mirada azul, chisporroteante de anhelo y alegría. Allí estaba, al fondo del andén, inmóvil como una cariátide griega, con su figura redonda, menuda y rebosante de juventud.

Se abrazaron como el estaño y el cobre, hasta convertirse en bronce.

─ ¿Qué te han dicho los médicos, Conrado?

─Metástasis, Alaia, me dan tres meses de vida máximo ─contestó taciturno.

Hacía un día soleado en el Sur, con rachas de viento suave y fresco de Poniente.

─Ven conmigo ─dijo Alaia, abrazándose a la cintura de aquel hombre que esperaba a la Parca de pie y de frente. Su temple era granítico, como los sillares que forman las murallas y los acueductos de su Castilla natal.

Se sentaron en la terraza de la cafetería Ágora, frente al rugiente Mar del Sur.

─Café con hielo, un refresco de maracuyá y un trozo de tarta de zanahoria ─pidió Conrado.

─ ¿Café sólo? ─preguntó el camarero.

─Pablito: te he dicho mil veces que, cuando pido café con hielo, siempre es sólo. ¿Cómo quieres que me acuerde del nombre de los treinta y tantos tipos de café que pedís debajo de Despeñaperros?

 ─ ¡Vale “quillo”! El cliente siempre tiene razón.

Conrado se rio, dejando K.O. en el primer asalto a la tristeza, que boxeaba contra su corazón.

La tarde caía como el velo de una virgen hurí ante un guerrero creyente, muerto en combate.

Olía a salitre y a primavera.

Los niños venían de la playa dando patadas a sus balones, vestidos con las camisetas culés de Messi y Lamine Yamal.

─ ¡Qué pocas veo de mi equipo, jobar, y eso que es el mejor del mundo! ─dijo Conrado.

─ ¿Y qué equipo de fútbol es ése, si puede saberse? ─preguntó Alaia.

─ ¡La Gimnástica Segoviana! ─contestó Conrado, y ambos se echaron a reír.

Un hombre negro, esbelto, con una cara de ébano brillante como el mascarón de una galera de esclavos, se les acercó, enseñándoles su sonrisa marfileña, mientras leía el título del libro que Conrado había sacado de su mochila y puesto encima de la mesa.

─ Historia de España contada para escépticos… desde los caníbales de Atapuerca hasta la investidura de Pedro Sánchez…  ─leyó con acento afrancesado ─de Juan Eslava Galán.

─ ¿Te gusta leer? ─le preguntó Conrado.

─Sí, mucho. ¿Tú de dónde eres, amigo?

─ Soy un hombre errante, como tú ─le contestó Conrado.

El hombre abetunado se sentó junto a ellos y abrió un portafolios de cuero.

─Mira, pulseras mágicas que protegen a los hombres errantes, puedes elegir la de la calavera: que representa la vida, o la del ocho invertido:  que representa el infinito.

─ ¿Cómo te llamas? ─le preguntó asombrado Conrado ─¿Sabes lo que significa ese símbolo?

─ Es el símbolo de la eternidad, donde tú iras, pero aún no, amigo, aún no, como dijo un ancestro mío a uno tuyo: a Máximo Décimo Meridio "El Hispano", en la película Gladiator***. Yo también te traigo un mensaje de vida, amigo… Me llamo Salomón**** en Cádiz y Bahafall en Somalia; y también soy un hombre errante.

Conrado se puso tenso como un arco. Alaia le cogió de la mano y se la apretó con fuerza.

─ ¿Cuánto pides por la pulsera? ─preguntó la mujer.

─ Cincuenta euros…

─ ¡Pónsela, africano! ─ le ordenó Alaia.

Conrado entró en el Instituto de Oncología Lyx de Madrid con paso firme y mirada al frente.

─ Hola Conrado ─dijo la recepcionista. ─El doctor le está esperando en la consulta tres… ¡Qué pulsera más vistosa lleva!

─ Regalo de la Minas del Rey Salomón...****** ─contestó Conrado.

 

Parte médico del Doctor cirujano.

Estimado Conrado: 

Tengo el placer y la satisfacción de comunicarle que, de manera un tanto inexplicable la medicina no es una ciencia exacta y después de realizarle exhaustivas pruebas médicas, está usted completamente libre de adenocarcinomas de próstata. Le cito para dentro de un año.

Un saludo cordial.

Firmado: Doctor Juan Ignacio Martínez-Salamanca.

Instituto de Urología Lyx. Madrid.

 

Cuando Conrado salió a la calle, levantó el brazo derecho y miro su pulsera. En ella refulgía, a la luz del sol madrileño, el símbolo metálico dorado del infinito, recordándole el brillo de los millones de reflejos del Mar del Sur: el mismo que separa la desesperación de un hombre negro, de la felicidad de un hombre blanco.

"Yo soy el Alfa y el Omega*****, dice el Señor Dios: El que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso". Apocalipsis 1:8

 

MARCUAN © 1/5/2025.


*Juan Eslava Galán: Escritor y periodista español nacido en 1.948 en Arjona (Jaén). Conocido por sus novelas históricas y sus ensayos, ha ganado varios premios literarios. Destacan sus obras: "En busca del Unicornio"; "El mercenario de Granada" y "Catedral"

**Ver Ancestros de Bronce, Caballo de Ferro, Carta de despedida a mi Ciudad y En mi septuagésimo: en marcuan.blogspot.com

***Gladiator: Película épica histórica del año 2.000 dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Russell Crowe, Joaquín Phoenix y Oliver Reed. La película sigue la historia de Máximo Décimo Meridio, un general romano hispano que se convierte en gladiador y busca venganza contra el corrupto emperador Cómodo, quien asesinó a su familia y ordenó su ejecución. Ganó cinco premios de la Academia.

****Salomón: El rey Salomón fue un monarca bíblico que gobernó el Reino de Israel en el siglo X antes de Cristo. Según la Biblia, Salomón fue el tercer rey de Israel, después de Saúl y David, y es conocido por su sabiduría, riqueza y poder.

*****Las Minas del Rey Salomón: Película dirigida por Compton Bennett y Andrew Marton, y protagonizada por Deborah Kerr y Stewart Granger. Basada en la novela de H. Rider Haggard, cuenta con una mezcla de aventuras, romance y acción en el contexto de la exploración africana. Hubo una versión posterior en 1.985 dirigida por J. Lee Thompson y protagonizada por Richard Chamberlain, Sharon Stone y Herbert Lom.

******Alfa y Omega: A menudo se refieren a la primera y última letra del alfabeto griego. En el contexto cristiano estas letras son utilizadas para describir a Jesucristo, quien se refiere así mismo como "el Alfa y el Omega" en el Libro del Apocalipsis (Apocalipsis 22:13), simbolizando su naturaleza divina y su papel como principio y fin de todas las cosas. Se puede interpretar también como símbolo de la Eternidad o del Infinito, y de la perfección,  que existe más allá del tiempo y el espacio.



domingo, 22 de abril de 2012

MARGA: MUERTE, SEXO Y SANGRE II

Hola amigos. Después del partido de fútbol de ayer, os vendrá bien pasar un rato agradable -tanto si "ganasteis" como si "perdistéis" como si no os importó -leyendo la aventura de estos dos personajes, que también estuvieron cerca del Camp Nou. Porque son eso: personajes ficticios, no lo olvidéis.

Alguien que me estima y me lee me dijo: "Tienes que ser como Messi o Ronaldo, de nada vale saber regatear si no chutas a la portería, para meter gol. Un escritor nunca debe quedarse nada en el tintero: no tengas miedo".

En la Escuela de Escritores nos animan también a ser valientes. Vosotros juzgaréis si lo he sido o no.
 

Su tía no estaba. Una vecina les informó de que se la habían llevado en una ambulancia al Hospital de la Vall d’Hebrón. 

—Tengo que darle una mala noticia. Gloria ha muerto, lo siento —dijo la doctora Arancha Matas. Era una mujer atlética, de rostro dulce y mirada firme. Casi no pestañeaba.

Marga se acercó a Alonso y, echándole una mano por encima del hombro, le obligó a sentarse. La doctora les acompañó.

—Su tía Gloria le tenía un gran afecto. Lo sé porque la conocí bien. La he estado tratando durante estos últimos años de una enfermedad terminal. Quería que sus cenizas se esparcieran en Segovia, su ciudad natal: en el Monte de la Piedad. Me entregó esta pequeña caja para usted. Mañana a las doce será incinerada en el tanatorio de Collserola. Le acompaño en el sentimiento: era una mujer extraordinaria. No pueden quedarse aquí, lo siento. Buenas noches. 

—Gracias —cogió la caja y se la metió en el bolsillo superior de la cazadora. Cerró la cremallera y echó a andar hacia la salida.

Estaba muy pálido. Marga puso en marcha la moto. Arrancó sin brusquedad: le había tomado el punto a la MP3 500 LT Sport y le agradaba conducirla. Enfiló hacia el Ensanche, hacia su casa. 


Alonso se abrazó a la cintura de Marga como un náufrago a su salvavidas. 

Cuando Marga abrió el portal, a Alonso le pareció entrar en un palacio. Una escalera lateral de mármol blanco de Carrara, pulido, sostenía una balaustrada de forja estilo Gaudí, igual que la rejería del ascensor. Una gran lámpara de bronce colgaba del techo. 


Ascendieron a la 5ª planta. Marga abrió la puerta maciza de nogal de su piso y entraron en el vestíbulo. Dejó sus llaves en un platillo de cristal veneciano y pasaron a un inmenso salón, decorado con muebles de estilo Luis XV. Predominaban los colores ocres y azules, que proporcionaban una agradable sensación de calidez. Gruesas alfombras persas cubrían un suelo de roble americano. 

Alonso se sentía culpable por no haber estado en el hospital, acompañando a Gloria en los últimos momentos de su vida. Estaba triste. Marga tuvo que zarandearle para que le prestara atención.
  
 Oye, cap de suro, siento  lo de tu tía. Ya veo que la querías mucho, pero esta noche no puedes hacer nada más. Mañana asistiremos a su incineración. Voy a prepararte un baño caliente y un poco de cena. Ahí está el dormitorio, vete desnudando que ahora te traigo un albornoz. Era de mi padre, pero te servirá. 

Alonso obedeció en silencio.

Se metió en una bañera de agua tibia, entre espumas de sales. Tres  velas  gruesas titilaban en un rincón. Olía a mirra y a fruta fresca. Estuvo allí, ausente, hasta que se miró las yemas de los dedos: las tenía blancas como calçots

Marga entró con una bandeja llena de fresas, dos copas y una botella de champagne descorchada. Llevaba un bata de seda lila. Dejó la bandeja junto a la bañera, escanció una copa y se la ofreció a Alonso. Al ir a entregársela se inclinó, resbalando la seda por su hombro y dejando al descubierto un pecho grande y firme, de piel tersa como el tambor del Bruc.

Alonso sintió como si un volcán erupcionara en su pecho. Cruzaron sus miradas llenas de fuego. Marga deshizo el nudo de su bata dejando que se deslizara con suavidad hasta el suelo. Alonso jamás había visto una mujer tan hermosa. Fue como un choque de trenes. Se incorporó, haciendo rodar las fresas por el suelo y sus labios se unieron en un beso pasional, largo y profundo. 


La penetró, una y otra vez, con furia, como si fuera a acabarse el mundo. Marga aceptaba sus embestidas con ternura, acariciando su espalda, su nuca, su cuello… dejando que se vaciara  varias veces dentro de las entrañas de su cuerpo sudoroso y jadeante, multiorgásmico. 

Cuando Marga tomó la iniciativa y le hizo una felación, a Alonso le pareció que las puertas de los cielos se abrían de par en par: nunca había vivido algo parecido. Luego, subida a horcajadas encima de él, le dejó agarrar y lamer sus senos. Tenía los pezones rígidos, como las empuñaduras de su moto, mudos testigos del chorro de placer que  hacía vibrar hasta la última célula de sus cuerpos. Quedaron rendidos, enroscados como dos lagartijas.

Mientras Marga dormía, Alonso se levantó sin hacer ruido y se fue hasta la cocina. No podía conciliar el sueño. Bebió un vaso de agua. Se sentó y respiró varias veces seguidas, dilatando su diafragma hasta el máximo, como le había enseñado Eulogio, su profesor de boxeo. 

Aquella misteriosa mujer le había apartado de su vida normal, como un huracán que arranca un árbol a 200 km/h. ¿Dónde iría a caer?  Se acercaba a los cincuenta años y todavía no había conseguido madurar lo suficiente para saber reaccionar a tiempo... 

Mil veces se lo había dicho a sus alumnos: “Tenéis que ser responsables de vuestros actos, pensad antes de actuar, porque las consecuencias pueden ser desastrosas. Si lanzáis una piedra, ya no puede volver atrás”. 

Decir y hacer… estaba otra vez desorientado… como hacía cuatro lustros, cuando ocurrió el accidente. 

El BMW se saltó el stop. El conductor iba borracho y drogado: como se demostró en el juicio. Les había embestido como una manada de búfalos enfurecida. El impacto de costado fue brutal. Alonso se sintió como flotando en una nube negra. Su esposa, embarazada de tres meses,  yacía allá abajo, destrozada sobre el asfalto, junto a la moto en llamas. 

Cuando él salió del coma y lo supo, quiso suicidarse. La psiquiatra y las pastillas verdes se lo impidieron.

Estudió Derecho y se hizo abogado. Trabajaba mañana, tarde y noche. Se volvió invisible para las mujeres. Ahora volvía a sentir  esa sensación de soledad interior: había perdido al único familiar que le quedaba vivo.

La más mínima filtración de la luz del día hacía despertar a Marga con la misma energía que desprendía al acostarse, como si no hubiera existido la noche. 

Miró a Alonso abrazado a la almohada, como un bebé. Le acarició su pequeño tatuaje de la ingle: una rosa roja. La rosa que se regala, junto con un libro, el día de San Jordi. ¿Pero qué iba a saber ese cap de suro de San Jordi? 

Era de Madrid o de Segovia, que qué más da, todos son iguales. Casposos hidalgos castellanos, arruinados, soberbios, conquistadores y perdedores de imperios… Y hoy vendrían a miles, a ver jugar a su Real Madrid en el Nou Camp.

Siempre se había sentido independentista, desde niña; sus padres se lo habían inculcado en la época de Franco, antes de que la bomba de Hipercor les segara la vida.



¡Catalunya Lliure! había gritado en muchas manifestaciones, junto con sus compañeros universitarios, arropada por la senyera estelada. Les habían llovido los porrazos.

Pero aquel hombre le provocaba ternura, no sabía por qué, una ternura casi maternal.

Empezaba a ser mayor y su vida no podía seguir así: tenía que encontrar la forma de tener una relación estable, definitiva. Pero todos los hombres que había conocido pensaban en lo mismo cuando la miraban por primera vez: llevársela a la cama. ¿Los hombres no son capaces de darse cuenta de que las mujeres necesitan  cariño, besos, respeto, caricias… amor? 



MP3 500 LT Sport
A Marga le gustaban las motos y su ambiente.

Cuando vio por primera vez aquel ferro de tres ruedas, se quedó perpleja. ¿Pero qué clase de moto era esa?  Luego, cuando Xavi le dijo, en plena Plaza de Cataluña: “¡Quin cul i quines tetes té la teva amiga Anna!”, no lo soportó. Se bajó y le atizó con el casco, con todas sus fuerzas… por machista.

Menos mal que el pobre cap de suro la obedeció sin rechistar. Siempre le había gustado imponer su voluntad, era una niña malcriada… y lo seguía siendo.

La indemnización por el atentado y el seguro de vida que tenían sus padres la habían colocado en una posición económica desahogada. Era rica, independiente, joven y guapa. Algo que alejaba a los hombres de ella como si fuera la peste. Pero Alonso no lo sabía y, sin embargo, la ayudó.

Le gustó cómo le había hecho el amor: desbocado, como si le fuera la vida en ello. Un hombre se había entregado a ella en cuerpo y alma por primera vez en su vida… y le agradó. Mucho.

Hizo un café muy cargado.

La ceremonia de cremación en Collserola fue corta y sencilla. La doctora Arancha Matas se colocó a su derecha, Marga, a la izquierda. Alonso estaba en medio de dos mujeres muy bellas, sin darse cuenta de ello.

—Adiós Marga, hasta la vista —dijo Alonso. Fue a darle un beso en los labios.

—¿Me puedes llevar a casa? Hoy hay partido de fútbol de alto riesgo y no me apetece estar por la calle, con tanta gente ¿Tú, de qué equipo eres?

—De la Gimnástica Segoviana —contestó Alonso.

Escudo del club de fútbol Gimnástica Segoviana

A Marga le dieron ganas de reír a carcajadas,  pero se contuvo.

Cuando Alonso se subió a la moto, intentó meter sus gafas en el bolsillo superior de la cazadora. No pudo, había olvidado la cajita que le había entregado la doctora Matas. La abrió sin quitarse el casco.

Los Rougon quieren el oro y tu vida. ¡Ten cuidado! Está en el interior de la chimenea. Esta es la llave de mi casa. Te quiero mucho, hijo. Adiós. Gloria. 

Se quedó petrificado.

—Marga, volvemos al Tibidabo.

Estaba harto de aquellos lingotes de oro. Se los llevaría a las Hermanitas de los Pobres y asunto zanjado. Quería largarse de Barcelona cuanto antes y para siempre.

Marga le acompañó a la masía. Le encantó. Haría una oferta si salía a la venta. Se fue a husmear por el jardín de enfrente, pegado a la falda de la montaña, por lo que pudo verlo todo. Un hombre, con la cabeza y la cara tapada por un turbante, se acercaba con sigilo a Alonso.

Llevaba una cimitarra en cada mano.




Chilló con todas sus fuerzas. Alonso se revolvió, bloqueó la primera cuchillada con el brazo en alto, pero no pudo evitar la segunda, que le hizo un corte diagonal en el pecho, de arriba abajo, de izquierda a derecha…

Marga seguía gritando mientras corría en auxilio de Alonso que, tambaleándose, conseguía esquivar varias puñaladas más.

Cuando vio aproximarse a Marga, el atacante dudó, se echó a correr y desapareció. Marga llegó a ver sus ojos, depredadores y fríos, como los de una cobra. No los olvidaría nunca. 

Alonso, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en el tronco de una parra, trataba de taponar las hemorragias  de su pecho y brazos con girones que arrancaba de su camiseta. La sangre le salía a borbotones. 


Ónix negro
Le habían arrebatado los lingotes de oro, pero su collar, con una pequeña piedra de ónix negro, seguía colgando de su cuello…

Marcuan (C) 
(Continuará en: Ónix negro III)