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sábado, 12 de enero de 2013

GUADAÑAS DE CUNETA


Hace unos días un guardarrail segó la vida de un joven motorista de 37 años.

Que en paz descanse.


Este relato va dedicado a su memoria. 

También espero que nos sirva de reflexión a los motociclistas, para que la fortuna y la prudencia no nos abandonen nunca.


Pedir a los políticos responsables la implantación obligatoria de los “quitamiedos” o protectores de las “guadañas de cuneta”, que es lo que son las vigas que sostienen los guardarrailes, es predicar en el desierto o arar los caminos.


Pero algún día lo conseguiremos porque:”La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” (Art. 1, 2 Constitución Española). 


Que no se les olvide.



Ducati Diavel


Era perfecta y muy bella. Antonio la miraba embelesado. Acarició despacio con sus manos aquella piel metalizada, sintética y sonrió satisfecho. Olía a virgen.


Antonio tenía 37 años recién cumplidos y un porvenir brillante como psiquiatra. Su consulta estaba a  rebosar, nutrida por la crisis económica.

Se sentó encima de la impresionante Ducati Diavel de color rojo fuego, recién comprada, capaz de alcanzar los 150 km/h en menos de seis segundos y reguló los espejos retrovisores.


Imposible pasar inadvertido…


―¿Vas a salir con tus amigos, dejándome sola todo el día?


Carmen, a su espalda, le observaba con ojos húmedos. Había intentado ir sentada detrás de aquellas máquinas infernales, sin éxito. Cuando Antonio cogía velocidad, le daba un ataque de pánico. En una ocasión casi se tira de la moto en marcha.


―Sí ―contestó Antonio.


―¿No te da vergüenza?  Me prometiste que iríamos de compras y luego al cine.


―Han llamado los de la peña ―dijo Antonio ―hace muy buena mañana para salir y…


―¡Por mí como si no vuelves más! ―respondió Carmen. Se metió dentro de la casa dando un portazo.


Antonio arrancó la moto,  cliqueó el mando automático que abría la puerta de la cancela y subió por la rampa del garaje sin mirar atrás. Sabía que su mujer estaba llorando. No comprendía por qué ahora Carmen odiaba tanto su afición a las motos. Antes de casarse no parecía importarle. 

Quizás por la falta de hijos…


Al domar con un giro de muñeca los 165 caballos de potencia que cabalgaba, se le olvidaban los dramas que oía a diario en su consulta. Podía sentir el golpeteo de la adrenalina en sus sienes cuando aquellos 250 kilos de metal, se volvían ingrávidos. 


Era mágico.


―Voy a tener que divorciarme ―gritó dentro de su armadura ―estoy harto.


El sol brillaba en lo alto, mientras la carretera serpenteaba entre campos alfombrados por brotes verdes de trigo y cebada. Un aire tibio y limpio le atravesaba como los rayos X por las toberas del casco, mezclándose con el ronroneo del motor. Se desconcentró.


Y cometió un error: dejó de conducir 200 metros por delante de aquella bala roja en la que iba subido. No vio a tiempo la mancha de gasoil  derramado por un camión en el peralte de la curva.

―¡Maldita sea! ―gritó Antonio, mientras derrapaba sobre el asfalto.


Su pie izquierdo quedó atrapado en la estribera y lo arrastró hasta el guardarrail. No sintió dolor cuando golpeó su cuello contra la viga cortante de metal y pudo ver desde la cuneta, en un chispazo de vida, cómo su cuerpo seguía abrazado a la moto en un baile mortal.

Sabía a hierba y a tierra húmedas. Luego un abismo negro se lo tragó todo.


Marcuan. 12/02/12

miércoles, 12 de diciembre de 2012

ANCESTROS DE BRONCE I



12-12-12.

Sí, parece una fecha mágica y lo es para mí: hoy es el cumpleaños de Manfred Huchthausen. Junto con su convecino Uwe Lange, son las únicas personas de la Historia de la Humanidad,  que han podido ver y tocar los huesos de un antepasado suyo de hace 120 generaciones: unos 3.000 años atrás. Vivió a finales de la Edad del Bronce, en el corazón de Alemania.

La antropóloga Susanne Hummel, de la Universidad de Gotinga,  demostró que ambos eran parientes de un cráneo encontrado en 1.993 en una cueva de Lichtenstein, mediante pruebas realizadas con técnicas forenses irrefutables:  las de A.D.N. y Carbono 14.

Me pareció un hecho extraordinario; pero aún me llamó más la atención que Manfred fuera maestro de escuela, de mi misma edad, viviera en un pueblo y tuviera dos hijos: igual que yo. Le escribí en español y me contestó en alemán, pero nos entendimos. Maravillas de la tecnología.

Esta novela corta es mi regalo de cumpleaños: Felicidades Manfred.

Manhucht, el nombre del protagonista nibelungo,  es el acrónimo de las primeras letras de Manfred Huchthaussen. Maran es el mío. 

Hasta pronto, amigos.




I

La aldea ardía mientras hombres armados, montados a caballo, de cabellos largos y rubios, clavaban sus lanzas de hierro en las espaldas de los que intentaban huir. Se oían gritos de muerte.

Maran se escondió en la bodega, junto con su hermana pequeña Norka y apiló unos odres de aceite detrás del portillo. Todavía no era un guerrero y su padre les había ordenado ocultarse, mientras sacaba la espada y el escudo de bronce para repeler el ataque. Nunca regresó.

Tenía mucho miedo y en esos momentos Maran echaba de menos la compañía de su madre, muerta al nacer Norka.  De pronto alguien gritó, en una lengua desconocida, dentro de la casa.

― !Buscad oro y plata¡ ¡Algún tesoro tendría el jefe de este poblado!

Cuando lo sacaron tirando de él por los pelos, intentó agredir con los puños a un gigante protegido con cota de malla,  que rompió a reír a carcajadas. Y se durmió del puñetazo.

Invasión celta
Una oleada de hordas celtas había invadido el sur de Iberia, llegando hasta el valle del Guadalquivir, a finales de la Edad del Bronce. 

Wotan era el jefe de un grupo de guerreros, crueles como una manada de lobos. Le acompañaban  sus dos lugartenientes: Thor y Seg. Eran hermanos y como los perros de presa, jamás soltaban a sus víctimas hasta haberlas destripado.

― ¡Thor! Ata con cadenas a estos dos críos, me los quedaré como esclavos. ¡Seg! Fortifica la muralla ―ordenó Wotan a sus hombres ―. Este es un buen sitio para vivir: nos instalaremos aquí. Yo ocuparé esta casa.

Thor y Seg
―Deberías matarlos como a perros sarnosos ―contestó Thor.

―Haz caso a mi hermano, Wotan ―dijo Seg ―o algún día podrías arrepentirte…

Cuando Maran recobró el conocimiento escupió la sangre coagulada de su boca, de sabor amargo, y escuchó el llanto de Norka, acurrucada junto a él. Luego vio acercarse al guerrero que le había golpeado. Llevaba el torso desnudo y se fijó en el color de su piel, blanca como las salinas del mar. Traía un cuenco en la mano.

―Agua ―dijo Wotan sonriéndole ―agua ―. Y  agachándose se la ofreció. Viendo aquellos niños, Wotan recordó con tristeza que su mujer y sus dos hijos no habían logrado sobrevivir al largo viaje desde el Norte.

 ―Agua, agua ―repitió Maran, dando de beber primero a su hermana. Empezaba a aprender la lengua celta.
                                              

II

Foto: Marcuan

En esos mismos instantes, lejos de allí, en el corazón de Germania; vivía Manhucht. Cuando se reunían las familias del poblado, en las noches de luna llena, siempre llegaba primero a la gran cripta de la cueva sagrada. Las historias que contaba el viejo hechicero, le fascinaban.

Cuevas de Osterode
Todavía era un niño y no podía pasar aún las pruebas para ser guerrero y cazador. Cuando lo consiguiera, iría hasta el Gran Lago Sin Fin Rugiente, habitado por gigantescos peces y donde los hombres de los Pueblos del Mar, flotaban subidos en troncos de árboles huecos. Él también flotaría.

A la mañana siguiente, temprano, cruzó el bosque de Harz hasta llegar al río en el valle. Tenía que estar preparado para ese viaje. Eligió una gruesa rama de abedul y se lanzó al agua helada. El tronco, al girar, le derribó. 

Manhucht chapoteó como un perro para luchar contra la corriente, que le arrastraba. Cuando sus músculos se entumecieron y comenzaba a hundirse, apareció Tucht, su padre, poniendo al alcance de su mano el mango de una lanza.

Bosque de Harz
― ¡Ah! ¡Hoy comeremos pez asado sin escamas! ―dijo, mientras tiraba de él.

Manhucht no podía reírse porque tiritaba y le castañeteaban los dientes. Tucht lo arropó en una piel de búfalo y se lo cargó al hombro como a un cervatillo. Estaba orgulloso de la valentía del más pequeño de sus hijos. Algún día sería un gran cazador y un gran jefe. Como ahora lo era él.

                                                       
                                  III

Habían pasado diez años desde que Maran vio relucir por última vez las armas de bronce de su padre. Todavía, en lo más profundo de su  corazón, seguía odiando a Wotan.

Wotan había sido educado en la cultura de los hombres de Hallstatt y conocía los secretos del hierro. Ahora intentaba enseñárselos al joven ibero.


― ¡Maran! Mueve el fuelle con más ritmo o no podremos fundirlo ―gritó mirando el horno.

Poco después el crisol escupió, chisporroteando, una culebra de fuego que fue llenando lentamente el molde, hasta rebosarlo. Entonces Maran lo retiró con cuidado; volcó su contenido sobre el yunque y comenzó a golpear la piedra fundida con un martillo pilón, sosteniéndolo con unas tenazas, para separar la escoria del hierro puro.

― Ya sabes lo suficiente. Fabricarás tu propia espada con esta colada ―dijo Wotan ―. Le pondremos una empuñadura nielada de plata y oro. ¿Qué forma prefieres?

― La falcata ―contestó Maran.

Falcata ibera

Siguió martilleando con furia aquel hierro al rojo vivo, mientras saltaban chispas incandescentes que rebotaban por las paredes de la fragua.

Wotan admiró su maestría y sus fuertes brazos. No se arrepentía de haberle perdonado la vida.

Norka, en ese tiempo, se había convertido en una mujer bella y de agradable trato. 

Además de llevar la casa, diseñaba dibujos geométricos que luego se gravaban en las placas de cinturones, pulseras de oro y fíbulas del taller de Wotan. A veces hacía dibujos de su animal preferido: el caballo. 

La espada de su hermano llevaría uno.

Wotan sostuvo sobre su cabeza, en horizontal, la falcata de doble filo forjada por Maran  y la dobló, hasta que la empuñadura y la punta tocaron sus hombros. Cuando soltó de golpe la hoja de acero, ésta vibró como un muelle y se estrelló contra el techo.

Recogió la espada del suelo y comprobó que la hoja estaba tan recta como al principio: tenía un buen temple.

Acompañaría a Maran en el más allá.


                                 IV

Durante esos diez años, Manhucht se había convertido en el más veloz de los cazadores del bosque. Hasta que dejó de ser como los demás: no mataba a sus presas.

Bosques de Harz

Lo decidió el día que abatió a una yegua salvaje, dejando huérfano a su potro. Se lo llevó a la cabaña y lo ató en la empalizada. 

Lo estuvo alimentando con su propia mano día y noche,  durante un año. Cuando desató las patas del animal, éste no quiso volver a la vida libre de las praderas. 

Desde entonces Manhucht, criaba hermosos caballos.

Una noche miró al cielo. Se acercaba la luna llena y recordó las historias del hechicero. 


Era el momento: estaba preparado. Habló con su padre para pedirle que le señalara la ruta hacia el Gran Lago Salado. 

― Con una condición ―dijo el viejo Tucht ―vete con un grupo de hombres armados. Ponte este torque de oro en el cuello, te protegerá.
Torque de oro celta

Manhucht no tardó mucho en encontrar a cuatro guerreros dispuestos a acompañarle en su aventura.


                                   V

Thor, el lugarteniente de Wotan, estaba ebrio. Había fermentado varios barriles de cerveza y fue a la casa de su hermano Seg para seguir bebiendo con él, pero no lo encontró. Así que, bamboleándose,  dirigió sus pasos hacia la de Wotan, para invitarle a que los probara.

Le abrió la puerta Norka y al verla, un latigazo de deseo le recorrió las entrañas. Norka apartó de sus ojos la mirada torva de aquel hombre y se hizo a un lado. Estaba sola.
Norka
― Voy a la fragua a buscarles, tardo un momen…

Con una zarpa le tapó la boca cuando cerró la puerta, mientras que con la otra hacía girones la camisa de la muchacha.

Thor, por un instante, quedó paralizado al contemplar la belleza de aquel cuerpo desnudo, en todo su esplendor.


Norka aprovechó ese momento para morder la mano de su atacante, dándole una dentellada tan fuerte que le hizo sangrar. Entonces, un puño en forma de maza golpeó su cabeza lanzándola contra la cerámica de la alacena, que se rompió en pedazos.

El guerrero celta la arrastró seminconsciente hasta las esteras y empezó a desabrocharse la fíbula de la placa del cinturón.


Wotan
Se lo había regalado Wotan… El mismo que en ese instante estaba atravesando su corazón, con la falcata de Maran.


―Viste a Norka ¡rápido! ―gritó Wotan a Maran ―y busca a tres esclavos de tu confianza. Os espero junto al río, en la gran barcaza.

Estuvieron todo el día llenando la nave de provisiones y lastrándola con lingotes de hierro en forma de almendra. Por la noche se despidieron en el muelle.

―Seguid la costa con rumbo Norte, hasta encontrar el Gran Canal Entre Tierras;  desembarcad y dirigíos  hacia Oriente. Esconderos en los bosques de Tucht ―dijo Wotan ―. Maran, ponte este torque de oro en el cuello: te protegerá.  Que los dioses os guíen. Espero que me hayáis perdonado.

Los dos hermanos abrazaron a Wotan, antes de partir. (Continuará)



 Marcuan: 12/12/12. (Continuará) Copyright.

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿POR QUÉ LAS LEYES Y LAS MUJERES ESTÁN PARA VIOLARLAS?

Debemos ser conscientes de que con la palabra podemos arruinar nuestra propia vida o la de los demás. Para siempre. Es como tirar una piedra: una vez lanzada, no puede volver atrás. 


Sí, nuestras emociones y sentimientos son muchas veces irracionales y hay que tener prudencia al manifestarlos.

Hoy me han enseñado en la Escuela de Escritores que el autor de un relato y su narrador, son cosas distintas.

Pues aquí os presento a la mía: una anónima narradora personaje secundario de un hecho real, que ojalá no se repita jamás; ni en broma.




“¿Y qué más da? Si sólo hay nueve votos y falta uno, se pone 10 y ya está… Las leyes son como las mujeres, están para violarlas.”

J.M. Castelao.
Expresidente del Consejo Gral. De la Ciudadanía Española en el Exterior.



Buenos Aires
Me quedé de piedra, la verdad: no le pega nada. Lo dijo cuando yo actuaba como Secretaria y faltaba un voto para poder cerrar legalmente el acta de la reunión del Consejo. 

No le hice caso y por eso, esta mañana, he podido mirarme a la cara.

¿Quién espera oír esas palabras de un señor tan mayor,  tan católico y tan culto? Tengo su misma moral e ideología,  pero no puedo comprenderlo… Además ha tenido que dimitir del cargo, perdiendo un retiro cómodo y bien remunerado.

Creo que lo ha traicionado el subconsciente.  Eso es lo que dice mi amigo Carlos, el profesor de Historia.
 
—Neniña, que todavía algunos paisanos piensan en el fondo como San Agustín de Hipona.

Yo creía conocer bien a este señor,  ya que fuimos compañeros de escaño en el Parlamento de la Junta de Galicia durante cuatro años y, poco a poco, me iba contando su vida. 

Recuerdo que me dijo que en 1955 su familia emigró a Argentina. Tenía entonces 14 años y empezó como niño de los recados. Medró, fue difícil, pero consiguió aprobar la carrera de  Derecho y, ya como abogado, abrió su propio despacho, llegando a ejercer también de procurador y de notario. Con el tiempo se convirtió en el representante de la diáspora gallega en el Río de la Plata. 
   
En 1998, el Ministro de Trabajo lo nombró presidente del Consejo General De Emigración. Captó tantos votos para nuestro partido en Argentina que, en 2005, lo metieron en la lista para el Parlamento gallego. Y ganamos.
 
En cierta ocasión,  me tocó subir a la tribuna de oradores a defender un proyecto de ley en contra de la discriminación de la mujer. Hacía tanto calor que me quité la chaqueta del traje y la até a mi cintura.

Mi compañero diputado Castelao, taladrándome con su mirada, me dijo con voz untuosa:

“…Fíjese, con lo hermosa que va usted, eso no hace bonito. La chaqueta ahí no hace bonito…”

Me pareció una actitud paternalista. En adelante acabé por detestarlo: a él y a todos. 
 
He decidido no presentarme a las próximas elecciones, porque no soporto vivir rodeada de tantos hipócritas.

No acabo de explicarme por qué, una y otra vez, seguimos obteniendo mayoría absoluta… ¿O tendrá razón mi amigo Carliño?

San Agustín de Hipona

“Por el buen orden de la familia humana, unos han de ser gobernados por otros más sabios. Por tanto, la mujer, más débil en vigor de alma y fuerza corporal, está sujeta por natura al hombre, en quien la razón predomina.

Las mujeres no deben ser  educadas de ninguna forma. Deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones… No alcanzo a ver qué utilidad puede tener la mujer para el hombre, si se excluye la de concebir hijos. 
       
SAN AGUSTÍN DE HIPONA.



Marcuan: 17/10/2012.

domingo, 8 de abril de 2012

UN CAMINO DEL QUE NO SE PUEDE SALIR



¿Os podéis imaginar un camino del que no puedes salir? Sí, cuando nos mandaron escribir sobre ello me pareció imposible. Pero se puede. Espero que Grecia, cuna de nuestra civilización, no quiebre. Ello le supondría salirse del camino europeo, cosa que el protagonista de este relato no podía hacer.

Algunos de mis amigos moteros saben lo peligroso que es salirse de la carretera. 

Antonio,  profesor de Física, aparcaba todas las mañanas su todo terreno al lado de mi motocicleta en el Instituto y siempre me decía que circular sobre dos ruedas es inestable, físicamente hablando, por lo que admiraba nuestro valor.


Pero yo a quien admiro por su valentía es a los pilotos de carreras, porque esos sí que desafían las leyes de la física.


                                        I



Me llamo Juan Salvador Gaviota ¿Se acuerdan de mí?  Ya soy mayor, casi no tengo plumas y apenas puedo volar. Pero recuerdo con claridad  aquel hecho extraordinario. Eran las 7.55 A.M. del 7 de Agosto de 1974. 


Philippe Pettit atravesando las Torres Gemelas

Cuando levanté el timón de cola para ascender ―después de un picado en sacacorchos sobre el río Hudson ―le vi entre la bruma, suspendido en el aire, en medio de las dos Torres Gemelas.  Me pareció un pájaro raro,  pero estábamos en Nueva York y... ¿Quién no es raro en la Gran Manzana?

Tuve que emplearme a fondo para subir hasta los 490 metros de altura. Era un pequeño ser humano vestido de negro, pelirrojo y muy delgado. Agarraba con sus manos una barra metálica de unos ocho metros  ―que yo había confundido con un par de alas  ―con la que conseguía mantenerse en equilibrio. 

Caminaba ágilmente por el alambre tensado sobre las azoteas.



Sonreía. Parecía completamente feliz.  

Me puse a la altura de sus ojos para  poder observarle mejor. Empezó a hablarme en un lenguaje extraño, que sonaba bien: “Voilà, mon ami"  ―me dijo.

Le lancé cuatro o cinco graznidos para felicitarle por su hazaña. No éramos de la misma especie, pero a ambos nos gustaba hacer cosas diferentes  y por eso me cayó bien. 

Me despedí del hombre que no podía salir de su camino con un espectacular bucle aéreo. 

“Gooooooood―byeeeeeeeeeeeeeee”.

                                       II


 Soy  Charles Daniels, sargento de la policía portuaria de Nueva York. Jamás olvidaré aquella fecha: 7 de Agosto de 1974.  Me comunicaron que había un hombre, desde las 7:15 A.M. andando por un alambre extendido entre las Torres Gemelas, desde hacía casi  una hora.


Estuvo yendo y viniendo de la torre Sur a la Norte, hasta ocho veces. En una de ellas llegó a sentarse en el cable, hizo una reverencia a la gente que le observaba medio kilómetro más abajo y se puso a hablar  a una gaviota. 


Nos tuvo en vilo. Le gritaba una y otra vez: “¡Ven aquí!” Pero no me hacía caso. Sólo sonreía. 


Parecía feliz y estaba como ausente de todo lo que le rodeaba. 


Nos informaron por radio de que se trataba de un funambulista francés.


Cuando por fin se acercó y pude echarle el guante, le lancé escaleras  abajo. Me había sacado de quicio. Luego dijo que ese fue el momento en el que su vida había corrido más peligro. Cuando me serené y le pedí disculpas, cogió mi gorra de policía y se puso a  sostenerla con la nariz. Parecía que estábamos en el circo. 


No obstante le tomé declaración y le puse los grilletes.


Tuve encerrado a un hombre que había caminado por un camino del que no podía salir.



Central Park

Al día siguiente le llevamos a juicio, pero había caído tan simpático a la ciudad, que retiramos todos los cargos. El jurado le sentenció a que diera un espectáculo gratuito  para los niños de Nueva York en Central Park. 

Fui a verle con mis hijos.


                                       III



Tuna de Magisterio de Segovia

Éramos estudiantes de la Tuna de Magisterio de Segovia y en el verano de 1970 llegamos a París  ―por puro milagro ―en un Seat 850 de segunda mano.

Formábamos el grupo: “Paganini” con su acordeón; “Eulogio” a la  bandurria y “Canillas” de pandereta.  A mí me llamaban “Puntillas” y tocaba la guitarra.

Recuerdo que era una mañana soleada del 14 de  Julio: Fiesta Nacional francesa. Vimos cómo empezó a concentrarse un gran gentío en la plaza de Notre Dame. Entre las dos torres de la Catedral, un tipo vestido de negro y con una pértiga enorme, se balanceaba  al andar por el alambre que las unía. No había  red. Todos le mirábamos con asombro. 


Aprovechamos para cantar unas canciones. 

Cuando terminamos “Canillas” llenó su pandereta con las monedas que nos dieron los turistas, y nos fuimos a tomar unas cervezas para practicar el francés por las calles de Pigalle.




―¡Toreadores, toreadores! ―gritó el saltimbanqui, viniendo hacia nosotros a todo correr. 

Nos había visto actuar desde arriba y quería conocernos. Nos contó su vida: autodidacta, carterista, mimo, mago, juglar callejero. Quedamos estupefactos cuando al final dijo que lo que más deseaba ser era… ¡toreador!

Me levanté de la mesa y me puse a hacer el paseíllo imitando a un  torero.  Le entregué mi guitarra a la madán  y  grité a mis amigos: “¡Música maestros!” al mismo tiempo que citaba al funambulista de frente con mi capa estudiantil: “¡Eh, toro!”.

El gabacho se arrancó como un morlaco, utilizando sus dedos como cuernos.  ¡”Olé, olé, ooooolééééé”! gritaban mis amigos... Una rebolera, rodilla en tierra y mano al cielo: ¡fin de la faena!

Mis compañeros terminaron con un Riau-Riau*. Ovación atronadora. Le dejamos las orejas intactas. Luego todos brindamos a la salud de Pettit. Estábamos invitados.

Notre Dame de París

Así conocí a un hombre que no podía salir de su camino por los cielos de París. 



                                        IV


Me llamo Philippe  Pettit:  a veces,  no puedo salirme del camino que piso… 


Philippe Pettit

Mientras esperaba turno en el dentista, junto al Sena, las vi por primera vez en una revista: dos torres blancas gemelas, esbeltas como juncos, en el corazón de Nueva York.  Me obsesioné con ellas: “Cuando veo tres naranjas, hago malabares; cuando veo dos torres, las cruzo”.


Philippe Pettit en la actualidad.

Subí a las Torres Gemelas  el 7 de Agosto de 1974 y  asistí a su destrucción el 11 de Septiembre de 2001. 

De aquel camino ya no se podrá salir... ni entrar.

                                                         Marcuan (C)


*Riau Riau: Surgió como una tradición en la que los vecinos de Pamplona (España) acompañaban el camino de la corporación municipal hacia el primer acto religioso de las fiestas, las Vísperas cantadas en honor de su santo patrón: San Fermín, durante la tarde del 6 de Julio, el día que marca el inicio de los Sanfermines

sábado, 18 de febrero de 2012

HIPATIA DE ALEJANDRÍA: UNA PRUEBA DE AMOR.


El día 14 de Febrero se dedica a San Valentín: patrón de los enamorados. Este sacerdote dio su vida por casar, contraviniendo las órdenes del Emperador, a los soldados romanos que iban al combate.

Nuestro cerebro, cuando estamos enamorados, nos vuelve ciegos. Idealizamos a la persona que amamos. Quizás por efecto de la oxitocina o de otras hormonas... ¡pero qué agradable es estar enamorado!

Hipatia, una extraordinaria mujer de la antigüedad, encontró un método para "desenamorar" al instante. Que no os ocurra.  


 


Esa noche Ana no podía dormir. Su cerebro se “rayaba”.


¿Raúl la quería realmente? ¿Y por qué a ella y no a otra? ¿Su amor duraría para siempre? No se le ocurría ninguna prueba irrefutable y definitiva que lo probara.  Hasta que tomó una decisión: por la mañana llamaría a Paula, su amiga de toda la vida.  


Soñó con aviones.


Paula Reques Martín, teniente del ejército del aire, primera mujer española piloto de combate, número uno de su promoción. 

Paula ve, decide y ejecuta en Mach 2 el doble de la velocidad del sonido sin que la tiemble el pulso. Una joya. Después de oír a Ana cogió un libro de su biblioteca. 

Ahí tienes tu respuesta, lee la biografía de esta mujer filósofa y matemática: Hipatia de Alejandría, del siglo IV de nuestra Era ―dijo Paula  y, ya puesta, sigues con Cleobulina, hija de uno de los siete sabios de Grecia; Teano, hija o esposa no se sabe de Pitágoras o Aspasia de Mileto, maestra de retórica de Pericles y que enseñó filosofía a Sócrates.

Paula nunca la decepcionaba. A su lado se sentía siempre segura de sí misma.


“Hipatia era muy bella y explicaba sus conocimientos en el ágora, donde no era corriente ver a una mujer rodeada de varones. 

Se comportaba con naturalidad. Sus biógrafos cuentan que vestía el tribón, un manto sencillo, usado por los  estoicos, para no parecer llamativa. Era prudente, modesta y virgen. 

No obstante pasó lo  inevitable: uno de sus jóvenes discípulos, de una rica familia patricia, se enamoró de ella. Tanto, que cayó gravemente enfermo al no ser correspondido por Hipatia.

Dasmacio, filósofo contemporáneo, nos cuenta cómo la astrónoma curó a su alumno enamorado. 

En una clase Hipatia le enseñó un paño empapado con la sangre coagulada y maloliente de su menstruación.


¿Esto amas? ―le dijo―. Pues esto soy, un menstruo, algo sin valor y nada hermoso.


Sócrates nos describe la trágica muerte de Hipatia: unos fanáticos cristianos dirigidos por Cirilo, obispo de Alejandría, la derribaron del carro que conducía. Luego la arrastraron, desnudaron y lapidaron. Sus miembros descuartizados se quemaron en Cinarón.

Han pasado treinta años desde que Ana hizo lo mismo que Hipatia con Raúl. Su novio resistió la prueba y acabaron casándose. 

Tienen una hija adolescente, Rebeca.

Mamá, una persona está muy enamorada de mí, pero no estoy segura de que me quiere de verdad. ¿Hay alguna manera de saberlo?

Ana aún conservaba el libro de Hipatia de Alejandría. Se lo dio a su hija para que lo leyera en su habitación. Más tarde oyó un grito. 

¡Pero mamá, a mí esta prueba no me sirve de nada, porque quien dice que me quiere es Raquel!


Marcuan. 14/02/2012.