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lunes, 27 de enero de 2020

II.- ¡¡¡ARRANCA !!!

Continúa la aventura...


Juan Bravo. Foto Marcuan Copyrigth


Guifré lo esperaba en un recodo de la carretera sentado en su enorme Kawasaki de color naranja, en lo alto de la Cordillera Costero Catalana…

Martín llegó hasta él y paró su moto.

― ¡Salut y República! ―Tronó como un oso Guifré, dejando mudas a las chicharras.

― ¡Santiago y cierra España! ―Contestó Martín risueño.

― ¡Ah segovianos, castellanos viejos! ―dijo Guifré ―¡No cambiáis nunca!.

―Sólo con la espada y aún así a veces se pierde la cabeza, como le pasó a Juan Bravo. ¿Sabes que ya ni siquiera en Segovia le hacen un homenaje el 23 de Abril, cuando la derrota comunera de Villalar en 1.521?  ―contestó Martín.

―¡No me extraña, ese día es la fiesta de San Jordi, patrón de Cataluña. Pronto lo celebraréis regalando un libro y una rosa a las dones!


―Ni harto del mejor vino de la Ribera del Duero, Guifré, ese tío era un turco de la Capadocia ―dijo Martín riendo.

Ambos amigos callaron, se miraron sonrientes y se dieron un fuerte abrazo, mientras sus monturas metálicas, bruñidas, refulgían como ascuas al sol del mediodía.




Las chicharras volvieron a cantar y la brisa del cercano Mar Mediterráneo embriagó a Martín haciéndole recordar que, a los siete años, fue la primera mar que vio en su vida.

― Venga Martín, vamos a mi casa. Vendrás cansado y muerto de hambre.

Serpentearon por las suaves curvas de la sierra hasta llegar a la antigua Tarraco.

Comieron una paella marinera en el jardín del chalet de Guifré.

―Deja de chuparte los dedos, segoviano, que no todo va a ser comer cochinillo, y cuéntame tus planes ―dijo el catalán, mientras remataba la comida con un humeante y negro café.

― ¿Eres valiente Guifré? ―dijo Martín.

― Tengo un antepasado almogávar que se fue, en las Cruzadas, a conquistar Jerusalén con Roger de Flor, nen. ―Contestó Guifré con sorna ―se llamaba Joan Sinmiedo.

― Pues uno mío, Rodrigo de Escobedo, acompañó como Notario a Cristóbal Colón cuando desembarcó en La Española…

― Venga, déjate de cuchufletas y dime a dónde quieres viajar en moto ―dijo Guifré intrigado.

― ¡A Berlín! A visitar a mi hija encinta y a su marido nibelungo. Mi último "canto del cisne" Guifré, estoy cerca de los setenta tacos y es hora de dejar de tentar a la suerte. Llevo conduciendo motos desde los doce, macho.

Guifré Rodamons i Subirats era un hombre cincuentón, soltero empedernido, obeso y velludo como el Goliat de los tebeos del Capitán Trueno. Extraordinario atleta gimnasta en su juventud, las traiciones de la vida le pasaron factura, pero no pudieron doblegar su noble alma.

Se conocieron por un portal de Internet especializado en su pasión: las motos.

Cuando Martín se jubiló, sufrió un caos emocional, convirtiéndose en un motero errante y desnortado. Guifré lo acogió en su casa. Allí descubrieron que sus ancianos padres eran supervivientes de la “Quinta del Chupete”, niños de apenas diecisiete años que sustituían a los miles de caídos en la Batalla del Ebro* durante la Guerra Civil Española de 1936.

Al padre de Martín le tocó el bando de los Nacionales y al de Guifré, el de los Republicanos; por el sólo hecho de nacer uno en Burgos y el otro en Barcelona. Lucharon frente a frente, sin conocerse, en primera línea de combate, enterrados como cucarachas en las gélidas trincheras de Teruel.

Guifré y Martín se hermanaron, comprendiendo el milagro de su existencia: un regalo del azar. Ambos odiaban la guerra.

― Este es el viaje que te propongo, Guifré ―dijo Martín poniéndose serio ―largo y peligroso.



Marcuan. Copyright.

España: Tarragona-Barcelona-Gerona-Figueras.

Francia: Le Pertús-Perpignan-Narbonne-Montpellier-Aurenge-Valence-Albon-Chanas-Reventin Vaugris-Givors-Lyon-Pont d’Ain-Bôrg-Dole-Besanson-Mülhausen.

Alemania: Friburg-Walldorf-Viernheim-Darmstat-Frankfurt-Niederaula-Kassel-Göttingen-Seesen-Goslar-Wernigerode-Heimburg-Langenstein-Halberstad-Gröningen-Magdeburg-Postdam-Berlín.

¡Collons! Espera un momento Martín, voy a por la calculadora.

― Ya estamos ¡Cómo sois los catalanes con el dinero!

― La pela és la pela, amigo mío. La vida és bona, si la bossa sona.

Al amanecer dos jinetes del asfalto rasgaban el silencio del alba zigzagueando por  curvas serranas, cabalgando en sus caballos de acero, ávidos de abandonar España por la antigua frontera francesa. 

Al igual que antes hicieron Aníbal y sus elefantes; romanos; godos; Rolando, el sobrino del emperador Carlomagno; sarracenos; almogávares; sefarditas; los derrotados ejércitos de Napoleón; el vencido ejército republicano... entrando en el azar de una aventura a todo gas.

(Continuará)

Marcuan. Copyright 27/01/2020.

*Leer novela Línea de fuego, de Arturo Pérez-Reverte.

lunes, 1 de julio de 2019

I.- ¡¡¡ARRANCA !!!

Hola queridos lectores, si aún me quedan... Tanta discontinuidad tendría la culpa de vuestra pérdida. Pero aquí estamos mi imaginación y yo otra vez, para solicitaros el mayor tesoro que una persona puede conceder a otra: su atención.

Que os divirtáis.







I

El embrión de los androides del futuro, colocado encima de la mesilla de noche, encendió su luminoso halo verde esmeralda cuando detectó su nombre. 

―¡Alexa! Despertador a las cinco ―le ordenó su propietario.

―De la mañana o de la tarde ―respondió el cilindro parlante, con una voz femenina aterciopelada y dulce como el beso de una madre.

―De la mañana.

―Vale. Alarma configurada para mañana a las cinco de la mañana ―contestó Alexa, entre el chisporroteo de colores del arco iris.

La habitación de Martín era austera y luminosa, como su alma. Sus paredes lisas y blancas refulgían al amanecer, tiñéndose a oro viejo con el ocaso. 

Había comprado el piso más alto del edificio a un “banco malo” para irse a vivir sólo, recién divorciado, en su tercera edad. Lo mandó restaurar desde la misma puerta de entrada, con sus colores favoritos: blanco y azul. Luz y Mar.

― ¿Dónde quiere tener instalar su habitación, señor Cabrejas? ―recordó que le preguntó el arquitecto.

―En medio de las otras dos, no quiero oír lo que hacen los vecinos por la noche, ni que oigan lo que hago yo ―ordenó Martín, guiñándole un ojo.

A veces dormía mal en su futón japonés por culpa de las pesadillas, mientras un ventilador de techo lo abanicaba como el brazo incansable de un esclavo. 

Aquella noche soñó con grandes peces de colores que nadaban en un río enorme, tanto, que no alcanzaba a ver su otra orilla. 
Sentía cómo se le acercaban y, de repente, sacaban sus cabezotas fuera del agua, y lo miraban con ojos desorbitados, mientras abrían sus fauces cargadas de dientes hechos con puntas de navajas oxidadas.

A las cinco en punto, hora torera, Alexa lo despertó con una canción de The Beatles: El submarino amarillo.




Martín se levantó de un respingo, miró por la ventana, y la abrió de par en par. Dejaba de llover. Un fuerte olor a tierra mojada inundó su dormitorio, llegando al último rincón de sus pulmones. 

―Mucha agua me rodea ―dijo Martín aún adormilado ―y hoy quiero volar en mi moto, no quiero bucear. Alexa ¡¡¡cásate conmigo!!!

―No puedo: Hice la promesa de no casarme con un humano hasta que Marte fuera colonizado ―respondió la autómata, haciéndolo reír.

Empezaba el verano.

Una suave brisa susurraba entre las hojas de las frondosas y verdes copas de los árboles, bamboleándolas, mientras se secaban los chorretones de su reciente ducha. Cientos de pájaros, en sus ramas, piaban a la nueva aurora.

Martín Cabrejas González desnudo y de pie, juntó las palmas de sus manos y dirigiendo su mirada hacia el jardín situado bajo su casa, empezó a recitar su oración diaria.

"Dioses del Norte: Dadme vuestra fuerza para seguir vivo; Dioses del Sur: Concededme  vuestra alegría y calor; Dioses del Este:  Os pido sabiduría para acertar en las decisiones que tomo en la vida; Dioses del Oeste: Procuradme fortuna y riqueza para mi bien y para hacer el bien… 

Dioses del Norte, Sur, Este y Oeste, namasté: os agradezco que permitáis que siga con vida.

Padres: Allá donde estéis, gracias por traerme a este mundo; perdonad mis errores como yo perdono los vuestros. Amparad a vuestros descendientes desde la paz en la eternidad en la que os encontráis… 

Lares: Dioses familiares, protegedme del peligro y traedme suerte a mí y a mis hijos y nietos. 

Manes y penates: Ancestros míos, gracias por vuestra herencia genética que me ha permitido, por los siglos de los siglos, llegar hasta aquí …"

Luego meditó en silencio.

Desayunó lo habitual: una tostada de pan integral con aceite de oliva virgen extra y rodajas de tomate fresco con jamón serrano; té verde; un plátano y cuatro nueces.

Se duchó y con liturgia de torero, se embutió en su armadura motera,  de grueso cuero color azul y negro. 

Conectó la alarma de su casa, cerró la puerta y bajó al garaje en busca de su “Princesa Azul”:  Una BMW R1200R. La cargó con sus maletas, se puso el casco y arrancó aquella máquina prodigiosa que, como por arte de magia, trasformaba sus 125 caballos mecánicos en veloces Pegasos voladores.

Olía a aventura y a gasolina.

― ¡Vamos a donde te fabricaron los nibelungos, Princesa Azul! ¡Llévame a Berlín! ―gritó eufórico dentro del casco, apretando a tope el acelerador...

No sabía aún lo que les esperaba.
(Continuará)



Marcuan. Copyright. 01/07/2019.

sábado, 8 de diciembre de 2018

LA MUJER DEL BANCO DE ALCALÁ: CUENTO DE NAVIDAD

Un año más, un cuento de Navidad más para mis lectores...

Con mi deseo de que aniden la Paz y el Amor, durante todas las noches de su vida, en las personas de buena voluntad.


¡Feliz Navidad!







Martín apartó de un manotazo su bicicleta, que le había caído encima, y  empezó a levantarse lentamente, entre barro e inmundicias.

― ¡Maldita sea! ¡Qué porrazo más tonto me acabo de dar! Es que por la noche es suicida circular sin luz por el parque.

De repente, un perro pastor color azabache salió disparado hacía él, como un látigo, desde debajo del banco fijo de madera, junto al que había caído.

― ¡Guau! ¡Guaauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

Instintivamente Martín puso los brazos delante de su rostro, hasta que vio que la correa atada a la pata metálica del banco lo había parado en seco, a escasos centímetros de su cara.  

Unos ojos asesinos lo fulminaban, sostenidos por un  hocico arrugado como una pasa, entre dos filas de dientes navajeros y babeantes.

― ¡¡¡Joder!!! ―gritó Martín, dando un respingo.

Por arte de magia, como en el circo, una mujer que estaba acostada sobre el banco, levantó el plástico negro que la cubría y se le acercó.

― Disculpa, asustaste a Guardián, con tanto estrépito. ¿Estás bien? ¿Puedes levantarte?

Era una mujer joven y esbelta, con una larga trenza gruesa rubia que reposaba sobre unos pechos exuberantes. Tenía la mirada dulce, un poco vacía. Estaba vestida de pies a cabeza con ropa de invierno.

― Estoy bien, gracias ―dijo Martín ―puedo levantarme solo, aunque me he clavado el manillar en la ingle. Mañana tendré un huevo de más...

Se quedaron charlando un rato, hasta que Martín le pidió que le contara por qué dormía en un banco de Alcalá, junto al río Henares. 

Aquella mirada vacía, bajo la luz amarillenta de una farola, empezó a llenarse de aguas turbias y cenagosas.

― Me llamo Josefina. Nací en un pueblo de Málaga. Trabajé en la banca. Ganaba mucho dinero aconsejando a los clientes de mi sucursal que invirtieran en acciones preferentes. Los directivos nos lo exigían sin escrúpulos… y cuando más tarde vi la ruina que provoqué a ancianos analfabetos, a agricultores pobres y a muchos de mis familiares… una nube tóxica de culpa y pena ahogó mi corazón y cegó los ojos de mi alma.

Caí en las drogas y acabé echándome en los brazos de un legionario, que me dejó embarazada y dio el mal paso de matar a un moro por quemar viva a una de sus mujeres, con la que mi hombre también mantenía relaciones.




Él perdió su empleo y la libertad y yo mi fortuna y a mi hija, que se malogró. Estoy esperando que mañana, el día de Navidad, salga de la prisión de Alcalá-Meco. No me dejan alojarme con mi perro, del que nunca me separo, en ningún albergue, pero no tengo miedo. Guardián me defendería con su vida. Además los bancos son lo mío... ―dijo con una amarga sonrisa.

Martín centró con sus rodillas la rueda delantera de su bicicleta; engarzó de nuevo la cadena a los piñones y, cabizbajo, subió con parsimonia a su montura metálica.

― ¿Puedo ayudarte en algo?

― Bueno, me has dicho que escribes cuentos. Me gustaría que escribieras uno sobre los “sin techo” en  Nochebuena. 

― Lo haré, te lo prometo. Buena suerte Josefina. Adiós Guardián. ¡Feliz Navidad!

Martín Cabrejas González pedaleó con todas sus fuerzas, dejándose tragar por la oscuridad de la arboleda, mientras en el cielo nocturno las estrellas, acompañando a la luna como un rebaño de ovejas brillantes y muy lejanas, titilaban.

Entonces empezó a tatarear su villancico preferido, desde que era un niño…

NOCHE DE PAZ,
NOCHE DE AMOR,
TODO DUERME EN REDEDOR…

Había conocido a La mujer del banco de Alcalá.


(c)Marco.  Navidad 2018.








lunes, 17 de septiembre de 2018

LA MUJER DEL BURKA


En la Escuela de Escritores de Madrid se nos decía que un escritor tiene que ser verosímil, aunque los personajes recreados sean fruto exclusivamente de su imaginación. Excepto si se es historiador.

Sus conductas, pensamientos o palabras nunca deben atribuirse a personas que existan en la realidad, por mucho que se les parezcan, así como los lugares donde interactúan; inspirados, con más o menos libertad, en lugares reales.

Así es y será siempre en nuestros relatos.






A Martín le pareció encontrar un perfil de mujer interesante en la página de citas, pero no tenía fotografía y le pidió una imagen. 

“No. No me gusta enseñar mis fotos a nadie. Si quieres, nos conoceremos mañana en el parque del Retiro a las doce del mediodía. Te esperaré en una terraza, junto al lago” ―le contestó por WastApp aquella mujer sin rostro, llamada Carmen.

A Martín le desagradaban las grandes metrópolis. Ahora ya no se perdía en ellas, gracias a inventos tan increíbles como los GPS. En sus viajes de juventud le agobiaban mucho los planos y los cambios de  monedas.

― Da gusto Princesa Azul ―dijo mirando a su BMW R1200R ―los tiempos avanzan que es una barbaridad…

Le gustaban las motos desde niño.  

― ¡Llévame al Retiro princesa! Hay que ponerle un rostro a la bella voz de Carmen  ―Dijo Martín introduciendo la dirección en el navegador.

Mientras aceleraba por la A-2 pensaba si tanta soledad no lo estaría volviendo majareta. Si seguía hablando  con su moto, tendría que hacérselo mirar.
BMW R1200R

Estacionó en la acera frente a la Puerta de Alcalá. Un privilegio motero. Buscar aparcamiento en Madrid cuesta tiempo, dinero o ansiedad a los que tienen coche.

Encontró el aprendiz de lago del Retiro;  Martín había visto lagos de verdad, inmensos, en sus viajes por Europa, cuando aún había que atravesar el Telón de Acero. Hacía mucho tiempo de eso, pero todavía conservaba aquel espíritu jovial y aventurero.

Por eso estaba allí.

― ¡Hola! ―oyó gritar a una voz femenina. ―Te he reconocido rápido, te pareces a Lawrence de Arabia ―dijo Carmen ―con esa gorra con faldillas hasta los hombros… 


― Soy celta como él y me tengo que proteger de este sol tan fuerte ―contestó Martín.

La observó. Carmen tenía un rostro esculpido por las drogas: enjuto, cetrino y abrujado, con labios cortados a cuchillo. Su piel estaba cuarteada y envejecida prematuramente para su edad. Un pelo descuidado, lacio, largo y canoso remarcaba unos ojos grandes y grises, de mirada fija e hipnotizante.  Le recordó vagamente a Joan Báez  y a la lejana  generación del LSD, tan extinguida como los dinosaurios.


Una amplia chilaba de un color negro irisado, apenas dejaba entrever su cuerpo enflaquecido.

    Como me dijiste que no andas bien de dinero, yo ya tengo pagada mi consumición.

Un camarero joven, descendiente de los incas, se acercó a atenderlo con una sonrisa burlona.

― ¿Oye tú, qué quieres tomar? ―dijo displicente.

― ¿Sabe  por qué es usted barbilampiño? ―respondió  Martín, mientras se quitaba la gorra, repanchingándose en la silla de aluminio de la terraza.

― ¿Barbi… qué? ―contestó el camarero estupefacto.

― Haga usted el favor de traerme, si es tan amable, una cerveza cero alcohol ―dijo Martín con cara hosca.

Un silencio pastoso, como una mezcla de polvo y lodo, envolvió el ambiente. Martín lo rompió en mil pedazos, como a un botijo.

― Bueno Carmen, encantado de conocerte ¿quieres que empecemos a hablar de nuestras vidas; de nuestras mochilas? ―preguntó Martín.

Aquella mujer lo taladró con sus ojos alobados, lastrados por muchos años de sufrimiento. Martín sostuvo su mirada con precaución, como antes de comenzar un combate de Jiu-Jitsu.

― Voy a empezar yo. Mira, soy madrileña, mi casa estaba cerca del Retiro y me escapaba con frecuencia de las clases del colegio para venir aquí, donde conocí a un chico norteamericano de Nebraska,  hijo de una familia de músicos. Tocaba el clarinete. Me fui con él, en contra de la opinión de mis padres,  a los Estados Unidos. Nos casamos. Todo iba bien hasta que las drogas lo estropearon todo. Me divorcié y me fui a Marruecos a trabajar como  profesora de Inglés. Estuve viviendo con un marroquí años, hasta que me  prejubilaron ―contaba Carmen, con voz triste y entrecortada  ―No tuve ni puedo tener hijos. Me operaron. Estoy buscando una nueva pareja… ¿Te gustan las rosas?

― Sí, mucho, llevo una tatuada ―contestó Martín ―pero no me gustan los estadounidenses ni los marroquíes, lo siento, tengo mis razones. Estudiar Historia Universal crea prejuicios…

Martín se levantó y fue a pagar su bebida a la barra del bar.

― ¿Por qué soy éso? ―le preguntó sonriente el  camarero.

― Por genética, sus ancestros asiáticos imberbes genéticamente conquistaron hace miles de años América,  atravesando el Estrecho de Bering a pie, mucho antes que los barbudos españoles

Martín dejó una buena propina y se volvió a buscar a Carmen, que lo esperaba de pie.

― Ven conmigo, te enseñaré el Palacio de Cristal y luego iremos a oler las rosas que quedan en el jardín de la Rosaleda…

Martín no conocía el palacio. Le pareció una catedral de vidrio desaprovechada. En su opinión, sería un magnífico invernadero tropical.

Aguantó estoicamente a que Carmen oliera las rosas, ya ajadas por las primeras olas de calor.

Castillo de Wernigerode 

― Me marcho Carmen. No volveré a verte  ―dijo Martín. ―Toma, te traigo un regalo que compré en Wernigerode, un pueblo  cercano a  las montañas del Harz, cuando hace poco viajé a Alemania en mi moto. Allí celebran un encuentro anual las brujas de todo el mundo.  Pura atracción turística. Es una moneda con la imagen de un ángel para protegerse de ellas. Nunca se sabe. Adiós, Carmen, buena suerte.

― Espera un momento Martín…

Carmen rebuscó con sus manos en el interior de su túnica negra y sacó un objeto pequeño de cobre pulido, que refulgió como una centella.


― Es la lámpara de Aladino ― dijo guiñándole un ojo  al entregársela. ―Para que el genio que habita en ella  cumpla tus deseos. Pídele que te encuentre una compañera paciente, madura, generosa y  flexible,  que con tanto ardor guerrero  templario buscas,  y te la traiga en una alfombra voladora. 
Buena barakah Martín: Salaam alaikum.

― Aleijem shalom ―respondió Martín, alejándose.

La Puerta de Alcalá  seguía  impertérrita vigilando, como el mejor de los alguaciles, su BMW. Martín, antes de bajar la visera de su casco, echó un vistazo a la inscripción de su frontispicio neoclásico… y volvió a hablar a su moto.


Route Us 66


― Sabes lo que te digo Princesa Azul… Que ninguna de las infantas de la corte de Carolus Rex III tuvo tanta suerte como tú, porque te puedo convertir en la reina de la Route US 66. 
En cuanto se lo pida al genio de mi lámpara maravillosa ―dijo riendo Martín ―además le pediré una novia cariñosa, dulce, neumática y guapa; y una buena  sicoterapeuta que me cure… Tres deseos, como dice el cuento.

Despertó a sus 125 caballos mecánicos, se puso de pie en los estribos de la moto y bajó la acera con la habilidad de un buen piloto de trial. 

Luego los fustigó hasta diluirse en la culebra multicolor del tráfico de la Villa y Corte, camino de su casa, para reencontrarse con su soledad.

Había conocido a La mujer del burka.

                                                                                                                   MARCUAN(C) 


miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA MUJER DE LOS PUNTOS SUSPENSIVOS


Vuelve la pulsión de escribir. Quizás siempre estuvo ahí como un corcho hundido en un cubo de agua y, al soltar su lastre, reflota... con naturalidad.


Deleitar, informar o enseñar; eso intento dar a quien me lee,  a cambio de su atención: el mayor tesoro que una persona puede ofrecer a otra.







Se apresuró a limpiarle los chorretones de chocolate, pegados alrededor de sus labios, con una servilleta de papel mojada en agua. 

Acababan de conocerse y tomaban una taza con churros.

― ¡Oh! No superaste la etapa anal… ―Soltó María de golpe.

― ¿Qué no superé qué? ―Contestó Martín con cara de emoticón estupefacto.

― Me parece que tú eres de los que no soporta la suciedad ―dijo María ―¿Nunca te has acostado con una mujer untado de mantequilla y mermelada…?

― Pues yo… la mantequilla… 

María sonreía con picardía y mucha superioridad. Era una mujer menuda, ancha de caderas, elegantemente vestida, con pelo corto y grisáceo, de edad madura. Sus ojos pequeños y oscuros, cobijados tras una nariz grande, denotaban un alto coeficiente intelectual.

― ¡No sabes lo que te has perdido…! ―dijo María riendo.

Martín Cabrejas González se había perdido muchas cosas en la vida, pero que lo untaran en pelotas como a una tostada… se lo iba a perder. Seguro. Era un hombre ingenuo, con aire de adolescente por dentro y por fuera; en buena forma a pesar de estar en el último tercio de su vida, debido quizás a sus cuarenta años ejerciendo como profesor de Historia en un Instituto. Los jóvenes contagian vitalidad.

― Bueno María, termino de limpiarte los morros y te enseño el Paraninfo de la Universidad de Alcalá ―respondió ―y esto lo pagamos a medias, como todo.

Martín llevaba divorciado poco tiempo, todavía no sabía muy bien por qué y, cuando la soledad empezó a trepanarle el esternón, se decidió a poner su perfil en una página de contactos.

― Tú no has quedado conmigo para ser pareja, sino para que te ayude…

María era doctora en Medicina y Psicología y, cuando le escribía por Wastupp, siempre ponía cuatro puntos suspensivos entre frases.

― Hablas igual que escribes María, con puntos suspensivos que, por cierto, lo correcto es poner sólo tres ―dijo Martín.

― Jajaja. Soy una mujer superdotada e independiente y pongo los que yo quiera poner. Faltaría más. Jajaja ―contestó María.

Martín también rio mientras pensaba que nunca se quitaría de encima aquel impulso de corregir y enseñar a los demás. Estaba jubilado ya como docente, por fin, pero arrastraba esa enfermedad profesional crónica.

― Mañana a las doce te pasas por mi consulta en Madrid, a ver si “matas al padre” y dejas de actuar como un niño. Tienes que comportarte como un adulto. Y no te preocupes por los pagos, llegaremos a un acuerdo…

―  ¡Por Dios!  ¿Que tengo que “matar” a quién? ―dijo Martín con cara de susto.

― Jajajaja... Es en lenguaje freudiano… Porque sufres cuando te enamoras… ¿No?  Mira, eliges mujeres muy maternales y entonces temes que sus amigos varones te roben el afecto que no recibiste de niño por parte de tu madre, al meterte interno en un colegio. Le echas la culpa a tu padre y te enfrentas a los hombres. Tienes que “matarlo” para poder ser feliz con una mujer.


Martín Cabrejas  González miró la deslumbrante luz a través de los cristales de la churrería, que bruñía las estatuas de bronce de Don Quijote y Sancho Panza, sentadas frente a la casa natal de su "padre": Don Miguel de Cervantes Saavedra.


Suspiró.

Acababa de conocer a la Mujer de los puntos suspensivos...

MARCUAN(C)