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domingo, 22 de abril de 2012

MARGA: MUERTE, SEXO Y SANGRE II

Hola amigos. Después del partido de fútbol de ayer, os vendrá bien pasar un rato agradable -tanto si "ganasteis" como si "perdistéis" como si no os importó -leyendo la aventura de estos dos personajes, que también estuvieron cerca del Camp Nou. Porque son eso: personajes ficticios, no lo olvidéis.

Alguien que me estima y me lee me dijo: "Tienes que ser como Messi o Ronaldo, de nada vale saber regatear si no chutas a la portería, para meter gol. Un escritor nunca debe quedarse nada en el tintero: no tengas miedo".

En la Escuela de Escritores nos animan también a ser valientes. Vosotros juzgaréis si lo he sido o no.
 

Su tía no estaba. Una vecina les informó de que se la habían llevado en una ambulancia al Hospital de la Vall d’Hebrón. 

—Tengo que darle una mala noticia. Gloria ha muerto, lo siento —dijo la doctora Arancha Matas. Era una mujer atlética, de rostro dulce y mirada firme. Casi no pestañeaba.

Marga se acercó a Alonso y, echándole una mano por encima del hombro, le obligó a sentarse. La doctora les acompañó.

—Su tía Gloria le tenía un gran afecto. Lo sé porque la conocí bien. La he estado tratando durante estos últimos años de una enfermedad terminal. Quería que sus cenizas se esparcieran en Segovia, su ciudad natal: en el Monte de la Piedad. Me entregó esta pequeña caja para usted. Mañana a las doce será incinerada en el tanatorio de Collserola. Le acompaño en el sentimiento: era una mujer extraordinaria. No pueden quedarse aquí, lo siento. Buenas noches. 

—Gracias —cogió la caja y se la metió en el bolsillo superior de la cazadora. Cerró la cremallera y echó a andar hacia la salida.

Estaba muy pálido. Marga puso en marcha la moto. Arrancó sin brusquedad: le había tomado el punto a la MP3 500 LT Sport y le agradaba conducirla. Enfiló hacia el Ensanche, hacia su casa. 


Alonso se abrazó a la cintura de Marga como un náufrago a su salvavidas. 

Cuando Marga abrió el portal, a Alonso le pareció entrar en un palacio. Una escalera lateral de mármol blanco de Carrara, pulido, sostenía una balaustrada de forja estilo Gaudí, igual que la rejería del ascensor. Una gran lámpara de bronce colgaba del techo. 


Ascendieron a la 5ª planta. Marga abrió la puerta maciza de nogal de su piso y entraron en el vestíbulo. Dejó sus llaves en un platillo de cristal veneciano y pasaron a un inmenso salón, decorado con muebles de estilo Luis XV. Predominaban los colores ocres y azules, que proporcionaban una agradable sensación de calidez. Gruesas alfombras persas cubrían un suelo de roble americano. 

Alonso se sentía culpable por no haber estado en el hospital, acompañando a Gloria en los últimos momentos de su vida. Estaba triste. Marga tuvo que zarandearle para que le prestara atención.
  
 Oye, cap de suro, siento  lo de tu tía. Ya veo que la querías mucho, pero esta noche no puedes hacer nada más. Mañana asistiremos a su incineración. Voy a prepararte un baño caliente y un poco de cena. Ahí está el dormitorio, vete desnudando que ahora te traigo un albornoz. Era de mi padre, pero te servirá. 

Alonso obedeció en silencio.

Se metió en una bañera de agua tibia, entre espumas de sales. Tres  velas  gruesas titilaban en un rincón. Olía a mirra y a fruta fresca. Estuvo allí, ausente, hasta que se miró las yemas de los dedos: las tenía blancas como calçots

Marga entró con una bandeja llena de fresas, dos copas y una botella de champagne descorchada. Llevaba un bata de seda lila. Dejó la bandeja junto a la bañera, escanció una copa y se la ofreció a Alonso. Al ir a entregársela se inclinó, resbalando la seda por su hombro y dejando al descubierto un pecho grande y firme, de piel tersa como el tambor del Bruc.

Alonso sintió como si un volcán erupcionara en su pecho. Cruzaron sus miradas llenas de fuego. Marga deshizo el nudo de su bata dejando que se deslizara con suavidad hasta el suelo. Alonso jamás había visto una mujer tan hermosa. Fue como un choque de trenes. Se incorporó, haciendo rodar las fresas por el suelo y sus labios se unieron en un beso pasional, largo y profundo. 


La penetró, una y otra vez, con furia, como si fuera a acabarse el mundo. Marga aceptaba sus embestidas con ternura, acariciando su espalda, su nuca, su cuello… dejando que se vaciara  varias veces dentro de las entrañas de su cuerpo sudoroso y jadeante, multiorgásmico. 

Cuando Marga tomó la iniciativa y le hizo una felación, a Alonso le pareció que las puertas de los cielos se abrían de par en par: nunca había vivido algo parecido. Luego, subida a horcajadas encima de él, le dejó agarrar y lamer sus senos. Tenía los pezones rígidos, como las empuñaduras de su moto, mudos testigos del chorro de placer que  hacía vibrar hasta la última célula de sus cuerpos. Quedaron rendidos, enroscados como dos lagartijas.

Mientras Marga dormía, Alonso se levantó sin hacer ruido y se fue hasta la cocina. No podía conciliar el sueño. Bebió un vaso de agua. Se sentó y respiró varias veces seguidas, dilatando su diafragma hasta el máximo, como le había enseñado Eulogio, su profesor de boxeo. 

Aquella misteriosa mujer le había apartado de su vida normal, como un huracán que arranca un árbol a 200 km/h. ¿Dónde iría a caer?  Se acercaba a los cincuenta años y todavía no había conseguido madurar lo suficiente para saber reaccionar a tiempo... 

Mil veces se lo había dicho a sus alumnos: “Tenéis que ser responsables de vuestros actos, pensad antes de actuar, porque las consecuencias pueden ser desastrosas. Si lanzáis una piedra, ya no puede volver atrás”. 

Decir y hacer… estaba otra vez desorientado… como hacía cuatro lustros, cuando ocurrió el accidente. 

El BMW se saltó el stop. El conductor iba borracho y drogado: como se demostró en el juicio. Les había embestido como una manada de búfalos enfurecida. El impacto de costado fue brutal. Alonso se sintió como flotando en una nube negra. Su esposa, embarazada de tres meses,  yacía allá abajo, destrozada sobre el asfalto, junto a la moto en llamas. 

Cuando él salió del coma y lo supo, quiso suicidarse. La psiquiatra y las pastillas verdes se lo impidieron.

Estudió Derecho y se hizo abogado. Trabajaba mañana, tarde y noche. Se volvió invisible para las mujeres. Ahora volvía a sentir  esa sensación de soledad interior: había perdido al único familiar que le quedaba vivo.

La más mínima filtración de la luz del día hacía despertar a Marga con la misma energía que desprendía al acostarse, como si no hubiera existido la noche. 

Miró a Alonso abrazado a la almohada, como un bebé. Le acarició su pequeño tatuaje de la ingle: una rosa roja. La rosa que se regala, junto con un libro, el día de San Jordi. ¿Pero qué iba a saber ese cap de suro de San Jordi? 

Era de Madrid o de Segovia, que qué más da, todos son iguales. Casposos hidalgos castellanos, arruinados, soberbios, conquistadores y perdedores de imperios… Y hoy vendrían a miles, a ver jugar a su Real Madrid en el Nou Camp.

Siempre se había sentido independentista, desde niña; sus padres se lo habían inculcado en la época de Franco, antes de que la bomba de Hipercor les segara la vida.



¡Catalunya Lliure! había gritado en muchas manifestaciones, junto con sus compañeros universitarios, arropada por la senyera estelada. Les habían llovido los porrazos.

Pero aquel hombre le provocaba ternura, no sabía por qué, una ternura casi maternal.

Empezaba a ser mayor y su vida no podía seguir así: tenía que encontrar la forma de tener una relación estable, definitiva. Pero todos los hombres que había conocido pensaban en lo mismo cuando la miraban por primera vez: llevársela a la cama. ¿Los hombres no son capaces de darse cuenta de que las mujeres necesitan  cariño, besos, respeto, caricias… amor? 



MP3 500 LT Sport
A Marga le gustaban las motos y su ambiente.

Cuando vio por primera vez aquel ferro de tres ruedas, se quedó perpleja. ¿Pero qué clase de moto era esa?  Luego, cuando Xavi le dijo, en plena Plaza de Cataluña: “¡Quin cul i quines tetes té la teva amiga Anna!”, no lo soportó. Se bajó y le atizó con el casco, con todas sus fuerzas… por machista.

Menos mal que el pobre cap de suro la obedeció sin rechistar. Siempre le había gustado imponer su voluntad, era una niña malcriada… y lo seguía siendo.

La indemnización por el atentado y el seguro de vida que tenían sus padres la habían colocado en una posición económica desahogada. Era rica, independiente, joven y guapa. Algo que alejaba a los hombres de ella como si fuera la peste. Pero Alonso no lo sabía y, sin embargo, la ayudó.

Le gustó cómo le había hecho el amor: desbocado, como si le fuera la vida en ello. Un hombre se había entregado a ella en cuerpo y alma por primera vez en su vida… y le agradó. Mucho.

Hizo un café muy cargado.

La ceremonia de cremación en Collserola fue corta y sencilla. La doctora Arancha Matas se colocó a su derecha, Marga, a la izquierda. Alonso estaba en medio de dos mujeres muy bellas, sin darse cuenta de ello.

—Adiós Marga, hasta la vista —dijo Alonso. Fue a darle un beso en los labios.

—¿Me puedes llevar a casa? Hoy hay partido de fútbol de alto riesgo y no me apetece estar por la calle, con tanta gente ¿Tú, de qué equipo eres?

—De la Gimnástica Segoviana —contestó Alonso.

Escudo del club de fútbol Gimnástica Segoviana

A Marga le dieron ganas de reír a carcajadas,  pero se contuvo.

Cuando Alonso se subió a la moto, intentó meter sus gafas en el bolsillo superior de la cazadora. No pudo, había olvidado la cajita que le había entregado la doctora Matas. La abrió sin quitarse el casco.

Los Rougon quieren el oro y tu vida. ¡Ten cuidado! Está en el interior de la chimenea. Esta es la llave de mi casa. Te quiero mucho, hijo. Adiós. Gloria. 

Se quedó petrificado.

—Marga, volvemos al Tibidabo.

Estaba harto de aquellos lingotes de oro. Se los llevaría a las Hermanitas de los Pobres y asunto zanjado. Quería largarse de Barcelona cuanto antes y para siempre.

Marga le acompañó a la masía. Le encantó. Haría una oferta si salía a la venta. Se fue a husmear por el jardín de enfrente, pegado a la falda de la montaña, por lo que pudo verlo todo. Un hombre, con la cabeza y la cara tapada por un turbante, se acercaba con sigilo a Alonso.

Llevaba una cimitarra en cada mano.




Chilló con todas sus fuerzas. Alonso se revolvió, bloqueó la primera cuchillada con el brazo en alto, pero no pudo evitar la segunda, que le hizo un corte diagonal en el pecho, de arriba abajo, de izquierda a derecha…

Marga seguía gritando mientras corría en auxilio de Alonso que, tambaleándose, conseguía esquivar varias puñaladas más.

Cuando vio aproximarse a Marga, el atacante dudó, se echó a correr y desapareció. Marga llegó a ver sus ojos, depredadores y fríos, como los de una cobra. No los olvidaría nunca. 

Alonso, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en el tronco de una parra, trataba de taponar las hemorragias  de su pecho y brazos con girones que arrancaba de su camiseta. La sangre le salía a borbotones. 


Ónix negro
Le habían arrebatado los lingotes de oro, pero su collar, con una pequeña piedra de ónix negro, seguía colgando de su cuello…

Marcuan (C) 
(Continuará en: Ónix negro III)





domingo, 18 de marzo de 2012

EL SECRETO DEL VIEJO CEMENTERIO DE SAN MITTRE III

Hola amigos. Pensad que esta crisis es como un huracán: pasará. No es el fin del mundo.

Lo que sí ha llegado a su fin es la aventura de Plassans.




Atardecía en lo alto del Monte Tibidabo, cerca de Barcelona. Un grueso leño chisporroteaba en la chimenea de estilo Gaudí, llenando la enorme cocina de la masía con un intenso aroma a encina seca.

Mi tía Gloria trajo dos tazones de chocolate caliente y una fuente plateada llena de bizcochos, poniéndolos sobre la mesa maciza de nogal, junto a la pila de lingotes de oro de 24 quilates. Parecían unas tabletas de turrón.

El calor de la chimenea, los bizcochos y el chocolate que tomamos en silencio, sentados frente a frente me repusieron, poco a poco, del viaje  de vuelta.

Había sido una mujer muy bella. Me sentía seguro a su lado. Alzó sus ojos de un azul casi eléctrico, cogió mis manos y sonriéndome, me dijo:

Hace ya setenta y seis años hubo una guerra civil en este país, como tú has estudiado.

Fue tan cruel e inhumana que sus heridas aún perduran y sólo se cerrarán cuando el tiempo sepulte las vidas de cinco generaciones. 

Mucho tiempo antes, algo parecido se vivió en toda Francia y también en Plassans, desde donde traes la fortuna de la familia Rougon, en ese cacharro con tres ruedas que tienes...

Henri, mi esposo, me contó que en 1852 Napoleón III, el último monarca francés, ascendió al poder gobernando de forma autoritaria. Sus súbditos se dividieron. Republicanos e imperialistas  se enfrentaron a muerte. Todo acabó en Mayo de 1870, cuando las tropas del II Reich alemán apresaron al Emperador francés en la Batalla de Sedan. 

El cuatro de septiembre de ese mismo año, nació la III República Francesa, que aún perdura.

Pero volvamos a nuestra historia: Adelaida Touque nace en Plassans a finales del siglo XVIII. Pertenece a una familia  burguesa de comerciantes adinerados. Su padre contrata a un jardinero apuesto: Antoine Rougon, del que la joven se enamora y con el que termina casándose. Nace su hijo Pierre y, al poco tiempo, su marido fallece.
 
Adelaida todavía es joven y pone sus ojos en René Macquart, un carpintero alcohólico y resentido, conocido en la comarca por su pereza; despótico con los débiles y sumiso ante los poderosos. Tienen dos hijos bastardos: Úrsula y Antonio.

Los Rougon se caracterizan por su ambición y afán de poder. Son codiciosos e insolidarios con los demás. También era así Pierre, el primogénito de Adelaida, que se casa con una hija de terratenientes: Felicidad Puech, amasando una gran fortuna, al ser partidario de Napoleón III.

Tienen tres hijos: Eugenio, fanático defensor del Emperador; Pascal, médico y científico, ajeno a la política, que vivirá siempre en Plassans. Y Arístides, manipulador y falso, que acabará siendo un rufián de los bajos fondos de París.

Antonio Macquart, el hijo bastardo de Adelaida, tan alcohólico y pendenciero como su padre, se alista en el ejército. A su vuelta exige a su hermanastro Pierre Rougón la parte que le corresponde de la herencia de su madre. Pierre se la niega, por ser un hijo ilegítimo. Antonio jura venganza.

Mucho tiempo después se supo que huyó a Alemania y luchó en la I Guerra Mundial como soldado del ejército prusiano. Tuvo allí un hijo: Adolf, que llegó a ser capitán de las S.S. durante el III Reich y acompañaba a las tropas alemanas cuando ocuparon Plassans. Acusó a los Rougon de ser judíos, deportando a todos los que pudo a Dachau. Confiscó sus bienes y, por lo que parece, fundió sus joyas en lingotes para poder llevárselas facilmente en la retirada. No contaba con que los dos hijos de Pascal, el médico, combatientes de la Resistencia, le detuvieran junto al viejo cementerio de San Mittre, cuando huía hacia Niza.

Al igual que en la novela de Los hermanos Karamázov, no tuvieron piedad. Tú mismo viste cómo acabaron con su primo. Los dos hermanos se separaron aquella noche y no se volvieron a ver jamás. Las S.S. localizaron al menor: Luis y lo torturaron hasta la muerte, pero no consiguieron que les contase el secreto de la cripta.

Tu tío: Henri, huyó a España y nunca pudo volver a Plassans. Sabía que los descendientes de la hija bastarda de Adelaida Touque: Úrsula Macquart, le estarían esperando. Son los dueños del Grand Hotel Zola…

Hace poco descubrieron dónde vivía y me hicieron un chantaje: o les daba la información que querían o quemaban la casa conmigo dentro y todo el monte, si era preciso. Me asusté. 

Yo tenía la sensación de que algo estaba oculto en la biblioteca, pero mi marido nunca me lo dijo, para protegerme. Y se me ocurrió llamarte a ti. Espero que no te hayas enfadado.

Este oro pienso devolvérselo a los descendientes de los Rougon y de los Macquart,  para que acaben con su guerra fratricida.

Pero antes de que te vayas, voy a darte este regalo con una condición: no  abras la cajita, hasta que estés en tu casa.

Amanecía. Bajaba de la montaña en mi Mp3, zigzagueando, y volví a sentir el olor a salitre y  matorral mediterráneos, pero esta vez con mucha mayor intensidad. 

Pensé que quizás el Monte Tibidabo, informado por las hadas o los duendes del bosque, sabía que había evitado su destrucción y me lo agradecía a su manera… apreté a fondo el acelerador, camino de la meseta.

Cuando mis amigos me preguntan por la pequeña llave de cruz, de oro macizo, que cuelga del llavero de mi MP3 500 LT Sport Piaggio, les digo que sirve para abrir la antigua puerta del viejo cementerio de San Mittre… 

¡Ah! Por cierto: Me llamo Alonso Reques de Guilarte y mi compañera mecánica, Trici: un cacharro con tres ruedas…  





Marcuan.

jueves, 15 de marzo de 2012

EL SECRETO DEL VIEJO CEMENTERIO DE SAN MITTRE II

Hola amigos. Han sido unas pequeñas vacaciones las que no me han permitido continuar este relato mucho antes.

Aunque sí pude -junto a la mar, en el final sur de Europa, viendo ocultarse el sol entre "Las columnas de Heracles", escribir esta segunda parte... que no concluye la aventura. 

¿Será capaz de descubrir finalmente este temerario profesor de Hª, subido en su inseparable Trici, el misterio de la familia Rougon





Llegué a Plassans la tarde del 21 de Julio, día de San Lorenzo de Brindis, y me fui directamente al Grand Hotel Zola, al otro lado de la ciudad. Aparqué la moto debajo de un fresno y me dirigí a la entrada. Andaba con dificultad, después de cuatro horas de viaje.

 Bonsoir, Monsieur me dijo el recepcionista, mientras me quitaba los guantes y el casco para poder sacar el pasaporte de la mochila ligera que cargaba en la espalda.

En un mal francés pedí una habitación fresca. Me dio la 213 y muy mala espina. Aquel tipo de cara afilada tenía una mirada huidiza. Me puse instintivamente en guardia.

Apenas podía comprender lo que me iba contando en el ascensor. Debía referirse a que era la misma que había ocupado la semana anterior Johnny Hawaii, un periodista inglés que se tira en paracaídas y escribe reportajes allí donde le lleva el viento y el azar: “Memorias en el cementerio” había titulado al de Plassans. Me paré en seco.

¿Cómo se llama ese cementerio? pregunté de forma imprudente.

¿Le vieux ou le neuf? contestó, lanzándome una mirada cargada de desconfianza.

¡Ah! ¿Pero tienen dos, como en Alcalá? aquella respuesta debió despistarle o lo fingió con descaro, porque se calló.

Acepté quedarme con la habitación, pero no le di propina. Al despedirse me recomendó visitar la biblioteca del pueblo; su encargada, Mme Sylvie, sabía español y podría responder todas mis preguntas.

Fui directo a la ducha después de quitarme el mono de cuero sucio de polvo que siempre uso como una segunda piel para viajar en moto. Pero no me quité la pequeña cartera impermeable que llevaba colgada al cuello, donde guardaba el plano. 

Cuando salí secándome con la toalla noté un leve ruido en el balcón entornado. Entraba una brisa con un fuerte olor a jazmín, que hacía ondear unos largos visillos de color lila. Me pareció  que  la mochila estaba al revés de como yo la había dejado. Me habían registrado.

 ¡Maldita sea! ¡Pero quién me manda a mí meterme en este lío!

Tenía miedo, sabía que estaba jugando con fuego y podía asarme como San Lorenzo de Brindis. Una cosa era segura: yo no pediría jamás que me diesen la vuelta en la parrilla.

Desayunaba en una mesa del jardín observando que del recepcionista no había ni rastro. Pregunté a la camarera por dónde se iba a la biblioteca municipal, me lo señaló en un mapa turístico y me fui andando. No me gustó el pueblo. 

Encontré la biblioteca y entré. La bibliotecaria era una mujer atractiva de mediana edad. Su mirada era dulce, enmarcada por un pelo castaño y  ondulado. 

La nariz, levemente aguileña, le daba un aire de patricia romana. Vestía un elegante traje de corte clásico, color gris perla, con camisa de seda a juego. En su solapa izquierda destacaba un broche con forma de R cuajado de diminutos diamantes.

 Bonjour, monsieur. En qoi je peux être vous utile?* me dijo con una sonrisa encantadora.

 Bueno, soy un profesor de Hª español haciendo turismo literario. He leído la novela de Émile Zola La fortuna de los Rougon, y como habla de Plassans…

¡Oh, español! ¿Y qué quiere Vd. saber de Plassans? me respondió, en un castellano correcto.

El nombre de sus cementerios percibí un destello de alarma en sus ojos verdes.

Acompáñeme, por favor dijo levantándose y dirigiéndose hacia un pasillo.

Pude darme cuenta de que, sentado al fondo de la sala de lectura, el recepcionista trataba de esconderse levantando delante de su cara un libro abierto. Era él, seguro.

Seguí a Mme Sylvie hasta su despacho, al sentarme en uno de los dos sillones de terciopelo rojo, estilo Luis XVI, que estaban frente a su mesa, observé los retratos pintados en dos lienzos de época napoleónica que colgaban a ambos lados de la pared. Oí una voz cortante como el cristal, a mis espaldas.

Mis antepasados: Mme Adelaida Touque, rica heredera y su jardinero: Monsieur Antoine Rougon y primer marido, padres de Pierre Rougon: mi tatarabuelo.

Sylvie Rougon se sentó frente a mí. Aquellos ojos que me habían parecido dulces, se transformaron en dos diminutas pupilas de serpiente que me escudriñaron como un scaner. 

Oiga, que yo sólo he venido a darme una vuelta por el pueblo en mi moto…

¿Me prennnez-vous pour un imbécile?* ¡Tú vienes en busca del tesoro desaparecido de los Rougon! ¡Y nos vas a decir dónde está, por las buenas o por las malas! ¡Lee lo que pone aquí! me dijo, mientras me entregaba el impreso de un correo electrónico. Palidecí al leerlo.

“Lo ha descubierto. Inconfundible. Viaja en un cacharro con tres ruedas. Gloria”. 

¡Vaya con mi tía, atreverse a llamar cacharro a mi MP3 500 LT Sport Piaggio! 

Salté como un resorte cuando se abrió la puerta a mi espalda y salí a todo correr, empujando al recepcionista, tendido en el suelo como una cucaracha patas arriba. Llevaba una escopeta de caza.

Entré en el hotel como alma que lleva el diablo, empaqueté mi equipaje en la mochila, pagué la cuenta y salí zumbando. Mientras atravesaba el pueblo en dirección a Niza, sentía la mirada de Sylvie, invisible desde los altos ventanales de la biblioteca pública.

Armándome de valor, esa noche regresé desde Niza, a buscar la cripta donde se escondía un tesoro, en el viejo cementerio de San Mittre. No sabía que el recepcionista me estaba esperando…

¿Pero qué misterioso secreto había ocultado durante tanto tiempo la familia Rougon,  en Plassans?

Continuará.

*Buenos días, señor ¿En qué puedo ayudarle?
*¿Me tomas por una imbécil?


viernes, 24 de febrero de 2012

EL SECRETO DEL VIEJO CEMENTERIO DE SAN MITTRE I


Esta semana todos mis compañeros de la escuela de Escritores yo también estábamos muy preocupados por la dificultad del relato que teníamos que escribir.

Debíamos hacer referencia a un siniestro paraje llamado el Ejido de San Mittre... espero que el mío capte vuestra atención, porque tendrá una segunda parte, os lo prometo, aunque ni yo mismo sé qué pasará. 

Disculpad que haga coprotagonista de la historia a una moto de tres ruedas: Trici.





Hacía un frío espantoso en la cripta. 

Para poder bajar tuve que mover una pesada losa, que ocultaba la entrada desde la Segunda Guerra Mundial. Pero el pánico que yo sentía en ese momento, no se debía a la visión del esqueleto de aquel capitán de las S.S. emparedado vivo que también sino al frío roce que sentía en mi nuca, del cañón de la escopeta de caza.

Quité el último ladrillo del muro y allí estaba el pequeño cofre, tal como señalaba el plano, a los pies del oficial alemán, atado con alambres a una estaca y vestido aún con los restos del uniforme.

-Salaud d'Espagnol… ouvre vite le cercueil ou je te casse la figure.*

Dejé el farol de gas en el suelo, me froté las manos entumecidas y levanté la tapa... Un chirrido rasgó el silencio sepulcral, al mismo tiempo que un destello dorado iluminaba los ojos del francés, inundándolos de codicia. 


Sólo hay dos cosas en este mundo que, por un instante, pueden distraer la atención de un hombre: el cuerpo de una mujer desnuda y el brillo del oro.


Fue todo muy rápido: cogí la Luger del cinto del nazi al mismo tiempo que levantaba, de un manotazo, el cañón de la escopeta. Sonó un atronador disparo doble que pulverizó los huesos del cadáver del capitán germano, haciendo caer hacia atrás al gabacho, al que descerrajé en su cabeza todo el cargador de la pistola. 

Tuve suerte de que el arma fuera alemana, porque no se encasquilló.

Metí los lingotes en mi mochila, agarré el farol y salí pitando, devolviendo aquel siniestro lugar a la oscuridad y a la muerte. 

Después de subir los escalones a brincos, salí al exterior, volví a colocar la losa en su sitio y me quedé quieto, expectante como un búho, para poder ver u oír algo extraño. Hasta que, poco a poco, me calmé.

Olía a fango podrido.

Anduve despacio hasta el borde de la carretera, donde estaba mi moto, firmemente apoyada en sus tres ruedas.

Guardé la mochila en el arcón de debajo del asiento, me puse el traje de agua, el casco, arranqué y giré a la derecha, hacia Niza.

Las rayas blancas del asfalto me guiaban igual que las migajas de pan a Pulgarcito, a través de una niebla espesa como un puré de guisantes. 

“Cuando se sale de Plassans por la puerta de Roma, situada al sur de la ciudad, se encuentra, a la derecha de la carretera de Niza, después de haber dejado las primeras casas del arrabal, un baldío designado en la región con el nombre de ejido de San Mittre…”

Me sabía bien la novela de Émile Zola, La fortuna de los Rougon, tanto, que esa fortuna la llevaba debajo del culo, a 30 km por hora.

Todo había empezado cuando mi anciana tía Gloria, viuda de un excombatiente republicano catalán y sin hijos, me llamó por teléfono a Madrid en un día luminoso de Junio. Quería que fuera a ver la vieja biblioteca de su difunto marido, durante mis vacaciones, y me llevase los libros que quisiera.

Fui a visitarla.

El motor de la MP3 500 LT Sport Piaggio, recién estrenada, ronroneaba de placer por la autovía N-II, en dirección a Zaragoza. Seis horas más tarde, un agradable olor a salitre y matorral mediterráneos impregnaba el aire mientras subía, zigzagueando, por las curvas del Monte del Tibidabo, en las afueras de Barcelona, donde mis tíos habían construido una hermosa masía.

Era una magnífica biblioteca, desde la que se divisaba, a través de un gran ventanal, el Mar Mediterráneo: Humanismo, Geografía, Filosofía, Arte, Historia, Matemáticas, Novela, Ciencias Naturales, Poesía… me puse a hacer un inventario. 

Me extrañó que, semiescondidos, en lo más alto de una de las  estanterías, aparecieran juntos los libros de Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoiesvski y La fortuna de los Rougon de Émile Zola; todos ellos encuadernados en tafilete rojo. Cuando cogí la novela de Zola apenas pesaba. Al abrirla supe el porqué: alguien había recortado su interior para incrustar, en el hueco abierto, una cajita de cartón piedra.

Mira hijo, no quiero saber nada de los líos de tu tío, llévate todos sus libros, véndelos o haz lo que quieras con ellos, pero déjame sitio para poder poner de una vez mis geranios.

La caja de cartón piedra contenía una pequeña llave de cruz y una hoja de papel con varias claves escritas en tinta roja: 

KII13/14/nº12.-

Después de estar todo el día dándole vueltas a aquel misterio, me quedé dormido encima de los dos tomos de la novela de Dostoiesvski. Cuando desperté al amanecer, pegué un respingo, cogí los libros que me habían servido de almohada y busqué entre sus páginas.

KII13/14/nº12.- Karamázov, tomo II, página 13, línea 14, palabra nº 12, desde izquierda = BAJO. 

KII137/30/nº6.-=ESCALERA. 

KI110/20/nº6.-=JARDÍN. 

KI115/30/nº9.-=ORO. 

KII13/27/nº7.-=CAPITÁN.

BAJO ESCALERA JARDÍN ORO CAPITÁN.


La llave de cruz abrió sin dificultad la caja metálica enterrada debajo de los tres escalones de piedra caliza, por los que se ascendía al jardín en terraza, robado a la falda de la montaña.

Todavía siento un escalofrío al recordar cómo el maldito plano que contenía, me llevó hasta Plassans, en Francia, y a su diabólico tesoro oculto en las entrañas del viejo cementerio de San Mittre, donde casi me dejo la vida.

Pero esa es otra historia…

Continuará.

* Cerdo español, abre rápido el cofre o te vuelo la cabeza (traducción libre). 
  
 Marco: 23/02/2012.