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viernes, 1 de septiembre de 2023

NO ES NO - II

 En mi opinión, lo que diferencia al mundo animal del civilizado son las leyes. "Sed lex, dura lex": La ley es dura, pero es la ley . 

Nada ni nadie es perfecto bajo nuestro Sol y te puede pasar lo que el azar decida... pero para eso está la ley, para cumplirla sin distinción de raza, religión o género.

Todo lo que aquí se cuenta es ficticio, haya o no haya ocurrido aún. 

Este Blog es gratuito, no es obligatorio leerlo, y tampoco está escrito con otro ánimo que no sea el de divertir o informar, pero nunca para generar enfrentamientos o insultos: eso se lo dejamos a las redes sociales.

En la Escuela de Escritores de Madrid nos dijeron que un escritor -o un aprendiz de escritor, como es mi caso- tiene que ser valiente. 

Muchos mueren por serlo... y seguirán muriendo por la sagrada libertad de expresión.




─ ¡El “alivio” chicos! ¡Viene el “alivio”! Vuestro abogado de oficio os espera arriba ─gritó el funcionario de turno en los calabozos de la comisaría. ─Pedro Sánchez de Bei… no sé qué, prepárese para subir.

Pedro no había podido evitar, durante toda la noche, vomitar bilis en la celda varias veces a causa de la angustia. El hedor era insoportable. Pensaba que tenía que haber una equivocación. La última vez que recordaba haber tenido una relación sexual normal fue con su ex pareja, hacía más o menos un año, y no se llamaba Lucrecia. 

Subió las escaleras deprimido, ojeroso y maloliente: jamás en su vida había estado en un cuarto tan inmundo. Sentía estar viviendo una  pesadilla. Le dolían las muñecas y olía a miedo.

─Hola Pedro, me llamo Josefa, pero puede usted llamarme Pepa. Soy su abogada de oficio. Le voy a leer sus derechos…

─No hace falta, me han traído aquí sin hacerme ni caso. Yo no he agredido a nadie.  A esa señora Lucrecia, o como se llame, no recuerdo conocerla de nada ¡si ni siquiera he visto su foto!

La letrada,  de edad madura, miró a Pedro con profundidad desde detrás de sus gafas redondas. Su intuición y su experiencia le decían que aquel hombre era inocente de los delitos que se le imputaban. 

También sabía que para ganar un juicio tienes que tener razón, demostrar que tienes razón… y, aquí estaba la madre del cordero: que alguien te dé la razón. Y ese alguien, de momento, era la jueza instructora del caso: doña Clotilde de la Rosa Espinosa, a la que se le había marchitado la flor, si algún día la tuvo, y se había convertido en una corona de espinas a la medida de sus clientes. 

Pepa y su señoría, habían tenido enfrentamientos de toma y daca en el estrado, en los que la letrada, brillante defensora de oficio, le había metido muchos goles por la escuadra a la jueza. No iba a ser un camino de rosas este caso… pero Pedro la había enternecido. Le recordaba al amor de su vida, asesinado en los barrancos de Tizi-n-Tichka en los montes del Atlas de Marruecos, cabalgando encima de su moto Trici: su querido "cacharro de tres ruedas…"*

─ ¿A usted le gusta el fútbol Pedro? Si es así prepárese para jugar un duro partido. Salte, corra, pegue patadas, codazos, cabezazos, muerda sin piedad… porque no la van a tener con usted, Pedro; tiene al árbitro y al público del estadio en su contra y el otro equipo sabe hacer trampas. Luche Pedro, luche a mi lado, resista como el junco de la canción.

Pedro miró el rostro de bondad e inteligencia de su abogada y arrancó a cantar con lágrimas de rabia en sus ojos, la canción que ya se sabía de memoria**.  Su vozarrón de genes navarros, cortó en seco, como navaja de barbero, los murmullos de aquella comisaría, dejándola en silencio… un silencio espeso que olía como un queso rancio de gruyer.

Cuando me amenace la locura
Cuando en mi moneda salga cruz
Cuando el diablo pase la factura
O si alguna vez me faltas tú

Resistiré, erguido frente a todo
Me volveré de hierro para endurecer la piel
Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla
Pero siempre sigue en pie
Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré

 

─ ¡Cálmese señor! ─rogó una voz a su espalda, mientras le ponía una mano apaciguadora en el hombro ─Pepa es la mejor abogada que hay en la ciudad. Todo se aclarará ─le dijo la policía novata.

─ Gracias Patricia: Y ahora echemos un vistazo a esa acusación, al auto de instrucción de mi amiguita y a las pruebas que se aportan...

 

Marco. Copyright.

1/9/2023

(Continuará)

 

 * Ver: "Güisqui y vodka para Tarik" en este Blog.

 ** Ver: "Tiempo de despedidas" en este Blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

INVERTIDOS

Un amigo me pidió hace tiempo un relato... aunque ya no esté, lo prometido es deuda. 







                                                 I


"¡Chupa, chupa pensaba Kipa para sus adentros que no los encontrarás... ja ja ja!"

Siempre le pasaba lo mismo con sus amantes, buscaban la erección de sus pezones cuando le hacían el amor... nunca lo conseguían: los tenía invertidos. Cosas de la genética.

Cuando, siendo una adolescente, abrazó la filosofía hippy, no encajó bien en su pueblo, pero le dio igual. Hizo lo que le vino en gana. Jamás se casó.

Hola guapa, tengo un velero varado en Lisboa tan bonito y fino como tu pelo trigueño ¿Te vienes a Mallorca?

Ummmm... ¿y qué harás por las noches? respondió Kipa con una sonrisa tan blanca como la espuma de mar.

― ¡Fumarnos un pitillo tumbados en la borda en pelotas, pedazo de bombón de cereza de la Vera, ja ja ja!

Javier apareció en su vida de sopetón, alto y delgado, de perfil quijotesco, bronceado de sol atlántico y con un cigarrillo de tabaco negro encendido, de forma perenne, entre sus dedos.

Ambos fumaban, bebían y juraban como sus ancestros, aquellos arrieros que se cruzaron con el Caballero de la Triste Figura en la Vía de la Plata, moliéndolo a palos.

Kipa y Javier , en cambio, viajaron por los caminos de oro que el ocaso del sol dibuja en la Rosa de los Vientos, felices, desnudos y fundidos en cubierta, como el cobre y el estaño que los romanos vinieron a esquilmar  de su tierra, hacía más de dos mil años.

 Hoy tenemos popada, navegaremos lentos, coge el timón, tengo que decirte algo importante musitó Javier.

― ¿Quieres que te encienda un cigarrillo? respondió Kipa besándolo en la oreja.

 Ahora no, gracias, luego quizás. 

Javier miró ensimismado aquel horizonte azul oscuro, que estallaba en mil reflejos de cristal. Lloraba.

― Me han enviado un mensaje por radio, dándome el resultado de los análisis: tengo cáncer de pulmón y tres meses de vida.

Kipa lo acompañó en la habitación 43 del hospital, hasta el final de su agonía.

― Quiero que me jures una cosa dijo Javier con su último hilo de voz.

Juro lo que tú quieras, amor.

Que jamás volverás a fumar...

Cuando Kipa esparcía las cenizas de Javier en el verdoso océano portugués, se mezclaron con las de su humeante cigarrillo de tabaco negro.

                                                  II

A Alonso Reques de Guilarte*, después de la operación por el accidente de moto, le trasladaron a planta y lo ingresaron en la habitación 43, donde conoció a Javier y a Kipa, con los que entabló amistad.

Me gusta cómo escribes Alonso dijo Kipa detecto mucha sensibilidad en ese corazón desesperado.

Más bien perdido Kipa, a la deriva contestó Alonso.

¿Y tu moto cómo ha quedado después de hacer submarinismo junto a la Zona Franca de Cádiz?

Bien, mejor que antes; mi Trici es como el acorazado Potemkin: indestructible contestó riendo Alonso.

¡Anda ya! Capaz de pedírtela para el agente 007 cuando vuelvan a rodar en la playa de la Caleta, ja ja ja.*

Se hicieron muy amigos, el dolor une las almas y afloja las lenguas, tanto, que Alonso lo sabía.

Cuando, pasado un tiempo, Kipa le ofreció sus exuberantes pechos en todo su esplendor, Alonso sacó una bolsa congelada de gelatina azul de debajo de la almohada, y los rozó suavemente.



Brotaron como los pitones de un Miura.

Eres un hombre diferente a todos los que he conocido, Alonso dijo Kipa por eso me gustas, ¿quieres fumar un cigarrillo?

No Kipa, gracias, prefiero besar los cuernos de un toro bravo... como hacen los toreros valientes.

Alonso apretó a fondo el acelerador de su moto, sin brusquedad. 

Trici parecía navegar por la Vía de la Plata como una diosa del Mar del Sur cabalgando en un tritón. En sus labios notaba aún el sabor dulzón y la sedosa tibieza de los pechos de Kipa, como Don Juan Tenorio notó con la novicia Inés.

Cerró con un chasquido seco la visera de su casco, alejándose de Emérita Augusta hacia su nuevo destino, raudo como un delfín.

Había conocido a La chica de los pezones invertidos.

Marco. 1/11/16. Noche de Todos los Santos.

*Ver "Besos de sal"

*Die another day (Muere otro día).

viernes, 20 de junio de 2014

LA CHICA DEL CABELLO DE FUEGO

Vuelven a la vida virtual nuestros protagonistas: Alonso y Trici.

Esperemos que con nuevas y divertidas aventuras.

Un saludo, amigos.


Foto: Marcuan


Alonso Reques de Guilarte había dejado su pasado lejos, a 1.000 Km, con un golpe brusco de acelerador de moto.

Una barba cana le había crecido en un rostro enjuto, castigado por el sufrimiento. 

Sentado en aquella terraza de sillas y mesas de madera, en plena calle principal, se sentía forastero, mientras una sombrilla circular de color crema, lo protegía del fuerte sol, casi africano.

Fachadas, caras, aromas, sonidos, colores… todo era nuevo para él.

―Hola. ¿Qué te pongo?

―Una cerveza sin alcohol, por favor ―respondió Alonso.

La camarera, rápida como una joven gacela, se volvió de espaldas para meterse en el interior del mesón. Su cabello rojo, largo y ensortijado reverberó, deslumbrándole.

Llevaba puesta una camiseta negra de manga corta y su pantalón, también negro, ajustado como un guante, se  ceñía a un cuerpo delgado y elástico; grácil.

―¿Qué tapa quieres? ―dijo.

Había aparecido como un rayo de luz desde la penumbra del bar, mientras ponía un vaso rebosante de cerveza fría sobre la mesa, y sacaba libreta y bolígrafo a la velocidad que Billy El Niño desenfundaba el revólver.

―¿Tapa? ―contestó Alonso ―.Pues no sé…

Alonso alzó la vista y se fijó en su rostro de tez blanca como la sal marina. Unos ojos oscuros y penetrantes, separados por una nariz levemente aguileña, lo hipnotizaban.

―El atún mechao está mu bueno.

―Pues atún mechado, si es tan amable, por favor.

―¿Tú no ere de aquí? ¿Verdá? ―dijo la camarera.

Al sonreír, le enseñó unos dientes apretados como una fila de fusileros de Napoleón.

―No, pero me he venido a vivir aquí  para siempre. ¿Por qué lo preguntas?

―Porque habla mu fino, como los de Madrí ―dijo la chica, soltando una carcajada.

Alonso rió también. Por primera vez en mucho tiempo. Siempre había sido un niño risueño, hasta que un cura le partió la nariz de un puñetazo, a los once años, por correr por los pasillos del internado.

La camarera trajo un plato descomunal y lo puso sobre la mesa.

―¡Que aproveche!

Dos tostadas de pan crujiente, empapadas en aceite color oro, que olía a zumo de olivas del Olimpo, llevaban a cuestas unas generosas tajadas de atún escabechado con ajo y perejil.

Foto: Marcuan
Alonso degustó lentamente aquel manjar de dioses, comiéndoselo con las manos y lamiendo los chorretones de aceite virgen y cálido que resbalaban entre sus dedos.

Levantó el vaso para apurar hasta la última gota de cerveza y se quedó por un instante quieto, como en éxtasis, cuando sus ojos chocaron con los de la chica de los cabellos de fuego, que lo observaba divertida.

¿Tá gustao?

― Sí, mucho. Gracias.

― ¡Uy  ¡Po va a sé verdá! ¡ puesto cara de carajote! ―contestó la pelirroja, mostrando unos hoyitos en la cara, redondos como monedas de un céntimo de Euro.

¿Carajote? ―preguntó Alonso, confuso.

―Jajaja. ¡Bienvenido al Sur! ¡No te quea ná que aprendé!

―Pues yo también sé muchas cosas ―contestó Alonso divertido ―. Por ejemplo, ¿sabes que a los pelirrojos nos hace falta un 20% más de anestesia que al resto de la gente, para resistir el dolor? Es genético.

¡Po es verdá! Ezo le pasaba a mi pare. Salía por pata cuando le llevaban al dentista. A mí me pasa iguá ―dijo la camarera ― ¿Cómo te llama?

―Alonso Reques de Guilarte.

―¡Uy qué largo! Aquí tos tenemo mote.

―¿Y cuál es tu nombre? ―preguntó Alonso.

―Patricia, pero tos me llaman Princesa.

―Encantado de conocerte Patricia,  yo te llamaré Princesa… Roja.

― ¡Jajaja! ¡De roja! Barba Blanca ¡Jajaja!

― Bueno. Pues… Princesa de Fuego.

Alonso también rió y empezó a notar cómo el nudo que anidaba en su pecho,  empezaba a aflojarse.

Se levantó sonriente, pagó y se marchó andando calle abajo; en busca del Mar del Sur y de su moto Trici que, fiel, siempre lo esperaba. 

Siempre.

Foto: Marcuan

Había conocido a La Chica del Cabello de Fuego.



Agradecimiento:


A Lourdes, traductora a "puertorrealeño".




MARCUAN. 18/06/2014.



miércoles, 29 de agosto de 2012

CABALLO DE FERRO

Hola amigos. Después del verano empieza un nuevo curso. Los augures nos anuncian malos tiempos. Pero los pasaremos, no es el fin del mundo, sólo un huracán económico.

Os presento este relato sobre un pequeño gran viaje: un viaje a mi pasado... 



-¡¡¡Por Cristo!!!

Espolearon sus caballos con furia desde la ladera, en dirección al ejército sarraceno, que ocupaba el llano del valle.

Un acerico de lanzas se alzó ante ellos. El choque fue brutal. 

Alonso no supo cómo le derribaron. Se levantó para convertirse en un molino de muerte de todo lo que se movía a su alrededor. 

-¡Alá es grande! –aullaba un musulmán caído a sus pies.

Alonso levantó su espada con las dos manos y descargó un golpe seco, que hizo crujir la coraza y el pecho de aquel desgraciado. Un chorro de sangre tibia salpicó el rostro del alférez cristiano. Cuando limpiaba sus ojos con el dorso de su guantelete, sonó un cuerno…

-¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria!

Entonces hincó una rodilla en tierra y llevó su mano al corazón, que poco a poco recobraba su pulso.

-Gracias Señor Jesucristo, único Dios verdadero, por protegerme en la batalla. Juro que siempre defenderé estas tierras para mi fe. Concédeme tu bendición a mí y a mis descendientes. Amén.


Mil años después, uno de los muchos descendientes de Alonso, montó en su  caballo de ferro,  para ir a visitar la tierra y las tumbas de sus ancestros.




Rojas lo recibió con los brazos abiertos.

HISTORIA DE ROJAS DE LA BUREBA

Homo Antecessor
La fertilidad de sus suelos y el histórico paso obligado del Corredor de la Bureba hacia el Norte,  precipitan la ocupación humana de estos territorios en tiempos prehistóricos. 

En  la cercana Sierra de Atapuerca se han encontrado los restos óseos conocidos más antiguos de seres humanos en Europa: los del Homo Antecessor. Allí vivieron hace más de un millón de años. 

Los  romanos, a su llegada, encontraron la comarca ocupada por una tribu celta: los Autrigones,  con su capital en la actual Briviesca

Cerca de Barcina de los Montes fueron halladas tres aras religiosas latinizadas que hacen referencia al dios autrigón Vurovio, al que La Bureba debe su nombre. 

En el Siglo VIII, se conformó en la región una unidad política con entidad propia, que se convirtió en el primitivo embrión del Condado de Castilla.


En tiempos de García Sánchez III de Navarra, hijo de Sancho el Mayor, La Bureba se incorporó al reino de Nájera-Pamplona, germen del Reino de Navarra.

Más tarde la posesión de este valle fue motivo de disputa entre Navarra y Castilla, pasando de unas manos a otras en diversas ocasiones. 

Navarra perdió este territorio de forma definitiva tras el Laudo Arbitral del Rey Enrique II de Inglaterra de Marzo de 1.177, al que los reyes Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI de Navarra habían elegido como juez, después de firmar una tregua en Agosto de 1.176.

El Condado de La Bureba lo conformaron las tierras llanas y abiertas de sus múltiples pueblos, dando origen a la Merindad de la Bureba en el Siglo XII, que pervivió hasta el Siglo XVIII.

La Reconquista dio paso a una repoblación formada por gentes llegadas del cercano Norte de la Península Ibérica: campesinos, pequeña nobleza y eclesiásticos que, sin el peligro de un ataque militar musulmán, se agruparon alrededor de una IGLESIA.

Una FUENTE.
o un CAMINO...




Marcuan(C). 29/08/2012.




sábado, 5 de mayo de 2012

MARGA: ÓNIX NEGRO III



Acaba la aventura de Alonso Reques de Guilarte en Barcelona. 

Las despedidas siempre son tristes... hasta para los personajes de ficción.


Monte Tibidabo en Barcelona


Pierre Rougon volvió a saltar por el muro de piedra trasero de la masía. Ya en la calle, desenredó el turbante que cubría su cara y su cabeza, con el que limpió las manchas de sangre de sus dagas curvas. Pensó que de esa forma dejaba una falsa pista a la policía para que buscaran a un árabe, no al alcalde de Escalquens. Guardó la bolsa negra llena de lingotes de oro —La fortuna de los Rougon* debajo del asiento del scooter alquilado en Toulouse y lo lanzó a toda velocidad cuesta abajo.


Había olvidado que la calle terminaba en una curva muy cerrada a la derecha. Frenó a destiempo, patinó y, después de dos latigazos, salió despedido por los aires hasta empotrarse contra una pared de granito. En el impacto perdió el casco, que rodó por la acera. Pudo levantarse, aunque le dolía mucho el hombro y el tobillo izquierdos.

Se acercó a la Yamaha destrozada y de un manotazo arrancó el asiento; cogió la bolsa, abrió el depósito de gasolina, metió la mitad del turbante y lo prendió fuego. Tenía que borrar cualquier rastro. Cojeando, atravesó la carretera de Vendrell y una calle más abajo paró un taxi. Enseñó al conductor una dirección escrita en una nota y el taxista asintió, poniendo rumbo a El Raval. No dijo una sola palabra durante el trayecto.

Pierre Rougon era un hombre que copiaba el arte de los camaleones: sabía camuflarse. Controlaba hasta el último gramo de cualquier estupefaciente que se vendiera en las calles de Toulouse. Vivía en Escalquens, un pueblo a tan sólo 10 km de Toulouse, donde tenía su tapadera y un nombre falso: se llamaba Robert Papillon y era su alcalde.

Ygerna de Cornualles, secretaria del bufete de Alonso, recibió una llamada desde el Hospital del Valle Hebrón de Barcelona. Una tal doctora Matas le comunicó que Alonso estaba herido y que, antes de entrar en quirófano, había pedido que le llevara unos documentos del despacho. Tenía que llegar lo más rápido posible.

Ygerna sabía cómo hacerlo.

Se puso el mono ajustado de cuero negro y montó en “Trinity”; un milagro de la ingeniería italiana: tres motos en una.

Reguló la ventilación de su casco Arai y arrancó el motor. Los 150 caballos de su Ducati Multiestrada S Sport desentumecían sus músculos mecánicos poco a poco, dominados por el acelerador de su dueña.

Ducati Multiestrada S Sport
Cuando salió de Alcalá de Henares y pasó las obras de la Nacional II, cambió el configurador de la moto de urban a sport, metió gas y los caballos de metal se transformaron en Pegasos.

Volaba.

Llegó a Barcelona a media tarde y preguntó en la recepción del hospital por la doctora Arancha Matas. En Urgencias, un celador le señaló a la doctora que hablaba en catalán con una chica morena, de pelo encrespado y con ojeras, mientras sostenía en la mano un collar del que colgaba una gema de ónix negro. Se presentó.

―Hola, me llamo Ygerna, soy la secretaria de Alonso ¿Qué tal está?.


―Grave, ha perdido mucha sangre, pero sus constantes vitales se han estabilizado ―respondió la doctora ―tiene un corazón de atleta. ¿Ygerna, sabes por qué no se dejó quitar este collar hasta quedar anestesiado?


Ónix negro
―Es una piedra de ónix negro. Un talismán que protege de las vibraciones negativas, proporcionando humildad y calma interior. Ayuda a superar el miedo y aumenta la fuerza mental. Se limpia con la luz de la luna llena. Yo se lo regalé. Es la gema más antigua conocida por la humanidad. Conserva nuestro saber ancestral.

La doctora Matas puso cara de atención, pero no creía una sola palabra de lo que oía. Ella sólo confiaba en sus manos de cirujana, las que habían zurcido aquella carnicería: sesenta puntos en pecho, brazos y eminencia tenar de la mano izquierda, donde había suturado una rama de la arteria radial.

Son les supersticións mès grans que he sentit en la meva vida, tu. Això s'ho pot creure una persona amb enteniment i assenyada? dijo Marga.

Bordel! Et encore...? Je ne supporte pas le complexe de supériorité des patriotards de catalans. Parle-moi en espagnol, ma belle, ou bien je continuerai à le faire en français...ou fous le camp**contestó Ángela.

―¿Qué has dicho? ―Marga se puso tensa como un arco.

―Ahora que hablas en cristiano puedo entenderte mejor ―Ygerna miró a Marga como una ballesta a punto de disparar.

―¡Y a ti en qué idioma te hablan cuando estás en Francia, zorra con cap de suro! ―gritó Marga, furiosa.

―Buenas tardes ―Carmen Reina de Quirós podía oler la adrenalina antes del combate y aquellas dos mujeres estaban a punto de arrojarse una contra otra, como dos leonas. Llegó a tiempo de evitarlo.

―Policía; tranquilícense. Documentación. André, por favor, acérquenos esas sillas ―dijo enseñando su placa.

André Puig, cabo en prácticas de los Mossos d'Esquadra de la Generalitat de Catalunya, estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de la comisaria de Interpol, a la que acompañaba, y que casi nunca cometía errores. Acercó las sillas. Le había impresionado aquella madrileña rubia; guapa; de piernas largas y que hablaba un francés perfecto.

Marga, después de hacer una declaración provisional, bajó hasta el Ensanche en la moto de Alonso; la dejó aparcada en el garaje y subió a su piso. Miró el BlackBerry y vio que tenía doce llamadas perdidas. No esperó la trece. Mientras marcaba un número, pensaba en lo que le decía su padre de niña: “Marga: Molta fressa i poca endreça...”. Y Alonso estaba haciendo mucho, mucho ruido...y eso a ella no le gustaba.

Xavi, pots venir a buscar-me? Et convido a un gintonic al Paddok.

El Raval 

Pierre Rougon, se bajó del taxi en la calle Guardiá, cerca del bar La Concha. Apenas podía caminar. Entró en el portal número 11 y subió las escaleras hasta el tercer piso, arrastrando su pie izquierdo, mientras se apoyaba en la barandilla. Le dio miedo a caerse por el hueco de la escalera. Todo estaba carcomido. ¡Merde! Había perdido la concentración y eso, encima de una moto, se paga caro. Llamó al timbre.

Bonjour Ramón ¿me recuerdas? ―Ramón Macquart palideció como si se hubiera escapado de los infiernos uno de los monstruos que había visto en sus Delirium Tremens, pero le dejó entrar. Fueron hasta la cocina y Ramón sacó un par de vasos. Se sentaron, llenó el suyo con agua y el de su lejano pariente con vino. No hubo brindis. Pierre torció el gesto cuando probó aquel vinagre. Lo escupió al suelo.

―¿Ya no bebes? ―dijo.

―No. Me he rehabilitado. Ahora escribo libros. ¿Qué quieres? ―su único libro publicado se titulaba: “Soy alcohólico, historia de una enfermedad”***.

―Nuestra prima Sylvie* me llamó desde Plassans para contarme la extraña desaparición de mi hermano, cuando iba tras el rastro del tesoro de los Rougon...

―¡Y de los Macquart! ―contestó Ramón. Un chispazo de odio iluminó sus ojos.

―Sí, también en parte es de vosotros, los bastardos. Luego me dijo que querían entregárnoslo en Barcelona, con la condición de que hubiera paz entre los Rougon y los Macquart. Vine para preguntarles dónde está mi hermano. Sylvie me dio dos direcciones: una en la calle Bosque y otra la tuya, por si te necesitaba. Cuando llegué al caserón, no había nadie. Luego apareció una pareja y pude ver cómo el tipo sacaba una bolsa del interior de la chimenea. No tuve tiempo de interrogarle a mi gusto, la mujer se puso a gritar y preferí largarme, pero me caí de la moto como un estúpido. 
Llama a este número en un teléfono público para que vengan a buscarme. Yo nunca uso móvil.

Se levantó el pantalón; parecía que le habían injertado una pata de elefante. Estiró la pierna encima del asiento de una silla, resoplando. Pidió hielo.

Lo que no podía saber el alcalde de Escalquens es que, a Ramón Macquart, le había ido a rescatar del infierno de la drogadicción Carmen Reina de Quirós, comisaria de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado de Interpol, no Dante Alighieri.

El cabo André Puig había nacido en el Alto Pirineo gerundense. Era joven, pero odiaba las motos y a los moteros. Los clasificaba en: los que habían mordido el polvo y los que lo iban a morder. Sólo había una explicación: eran hijos de la anarquía.****

Cuando les llamaron desde la central de la Guardia Urbana de Sants Montjuic y les contaron que un hombre había tenido un accidente de motocicleta, la había prendido fuego y había huido, sospecharon. Eso no lo hace ningún motero. Tenían su descripción: varón, alto, moreno, delgado y con bigote. Llevaba una bolsa negra. La comisaria Reina le había mandado pedir con urgencia pruebas de A.D.N. de los cabellos encontrados en el casco abandonado. Estaba casi segura de que se trataba del mismo hombre que había atacado a Alonso.

Bon día señorita. ¿Qué tal ha pasado la noche su jefe? ―dijo André. Ygerna, que había dormido en la sala de espera del hospital, tenía un aspecto lamentable.

―¡Peor la he pasado yo entre estos hierros! ―contestó. Se desperezó y sonrió a aquel hombretón de cara rubicunda y pecosa. Le caía bien. Le gustaban los hombres discretos y aquel parecía incluso un poco tímido. No llevaba uniforme, por lo que pudo apreciar su musculatura.



 ¿Sabéis ya quién le ha hecho a mi jefe esta salvajada? preguntó.

―No estoy autorizado para hablar del caso, pero puedo ayudarla a encontrar un buen hotel, si no le importa ―dijo André.

―¡Claro que no me importa, Mozo! Necesito una buena ducha y un buen desayuno...

―Se pronuncia Mosso, pero puedes llamarme André ―contestó Puig.

Hacía bochorno. Ygerna, antes de subirse a la Ducati, se quitó la chaqueta de cuero, quedándose en camiseta de tirantes corta. Un águila real con las alas extendidas, tatuada en su zona lumbar, resplandeció con todo su esplendor. André Puig quedó fascinado. Empezó a sentir mariposas volando dentro de su estómago.

―Sigo a tu coche, André ―antes de que Ygerna se pusiera el casco se miraron a los ojos. Se sonrieron.

Más tarde no necesitaron hablar en ningún idioma. Se entendían con el lenguaje corporal que habla la especie humana cuando se aparea...

El águila real tatuada de Ygerna batió sus alas en varios vuelos rasantes sobre los abdominales desnudos de Puig hasta que, agotada, quedó inmóvil. Se refrescó con la brisa que entraba por el ventanal de la habitación del hotel, cercano al mar.


Ygerna de Cornualles se acurrucó junto a André Puig como si se hubiera cobijado debajo de un águila clueca. Pensó que aquel hombre nunca le haría el daño que llegó a hacerle su exmarido... Pero esa era otra historia.

Ramón Macquart se levantó a las tres de la madrugada con el sigilo que pudo. Llevaba el móvil. Se fue al cuarto de baño y se sentó encima de la tapa del retrete. No cerró la puerta. Tecleó: “Venga urgente a casa. Pierre Rougon. Peligro” y lo envió. Cuando la comisaria recibió el sms,  llamó a André.

Aún no había caído el móvil al suelo y Ramón Macquart ya estaba muerto. Un chorro de sangre, con la fuerza de un geiser, manaba de su yugular seccionada. Pierre leyó el mensaje y se sintió acorralado. No podía casi andar y faltaban unas horas para que vinieran a recogerle. Esperaría. Se enroscó como una cobra con sus dos guadañas... hasta volverse invisible en las sombras. Era un camaleón.

La comisaria Reina cogió la llave de debajo de la baldosa rota, donde siempre la escondía Macquart. En la sede central de Lyón habían detectado el desplazamiento de Pierre Rougon a Barcelona. Les alertaron. Creían que iba a contactar con un cabecilla del narcotráfico catalán, pero perdieron su rastro. Para su desgracia, Ramón lo había encontrado antes de tiempo.

Abrió la puerta y entraron.

Carmen Reina de Quirós tenía dos secretos: su hija Sol y su moto Harley XL 883L Sportste. Ambos estaban bien guardados en Cádiz, donde había nacido. Cuando su marido se marchó de casa, dejó crecer su cabello y se lo tiño de rojo. El “pelo de la libertad” lo llamaba...

Churre.

A la comisaria Reina no le gustaban las medias tintas: la vida era blanco o negro, ying o yang, ángel o demonio... Churre, un amigo artista, comprendió su filosofía de vida y la plasmó en el depósito de su moto custom.

Era una mujer que aborrecía a las personas que fomentan el cainismo entre los pueblos. Carmen pensaba que no existen pueblos, sino seres humanos. Y aquel que estaba a sus pies, tenía un tajo tan violento en la garganta que casi estaba decapitado. Ramón Macquart, el padre de su amiga Isabel, había ganado un pulso a la muerte, pero no el segundo. Encontraría al que le había hecho eso.

Se fue al comedor para abrir de par en par el balcón. El olor a muerte siempre era el mismo, pero no se acostumbraba.

André Puig estaba arrodillado para fijarse en el cadáver cuando una sombra se disparó como un resorte. Levantó por instinto su brazo izquierdo y sintió que un aguijón gigante quería perforarle el corazón, a través del hueco de la clavícula.

Sacó con su mano derecha la pistola, pero una cuchillada le cercenó los tendones del antebrazo.

Cayó sobre la hierba fría y húmeda de un valle de los Pirineos... o eso le parecía a él.

Pierre Rougon, revolviéndose, lanzó una estocada mortal a la carótida de la comisaria, que venía en auxilio de André. 

Carmen la esquivó al mismo tiempo que le agarraba de la muñeca y, acelerando su impulso, le volteaba a través del balcón abierto. Pierre Rougon quedó tan asombrado que no le dio tiempo a gritar mientras caía al vacío y se rompía el cuello contra los adoquines de la calle Guardiá.  La ciudad seguía durmiendo.

La comisaria Carmen Reina de Quirós era maestra de Aikido. Pierre Rougon lo había sabido demasiado tarde. 


Cuando alguien llegó con la ambulancia, acompañó a André, malherido, al hospital. Quería tener una larga conversación con Alonso. Llevaba una bolsa negra en la mano, llena de lingotes de oro.

Alonso recibió el alta pasados quince días.

―Adiós doctora Matas, gracias por todo, una vez más.

Adeu Alonso. Cuídese ―a la doctora Arancha Matas le caía bien el sobrino de Gloria, quizás porque ella se llamaba también Guilarte de segundo apellido. Le dio un beso en la mejilla.

Alonso pidió al taxista que le dejara cerca del Ensanche. Quería pasear por la ciudad en la que el caballero de la Blanca Luna había humillado a Alonso Quijano*****, el de la triste figura. 


Don Quijote vencido en la playa de Barcelona.







Casi cuatrocientos años después, otro Alonso se marchaba de Barcelona triste y desfigurado.


Llamó al timbre del teléfono automático del 5º A.

¿Diguin? le contestó una voz recia, como la del bandolero Roque Guinart*****

―Soy Alonso, vengo a por mi moto.

Bajó Marga. Estaba como su ciudad: preciosa. Le acompañó al garaje. Trici, junto a la Harley Fat Bob, parecía la moto de un arganboy.



―Toma cap de suro, para que nunca te olvides de mí ―dijo Marga. Puso una rosa de oro blanco encima de la cicatriz, aún tierna, de la mano de Alonso. Éste la engarzó en su llavero y le entregó una rosa roja, que había comprado por el camino.

―Adiós Marga, que seas feliz ―dijo Alonso.

Rozaron sus labios.

Estaba parado en la Plaza de Colón, ante el mismo semáforo donde tiempo atrás Marga había saltado a su moto, cuando Trinity frenó a su lado. La reconoció enseguida. Ygerna se levantó la visera del casco y le gritó con fuerza.

―¡Me quedo en Barcelona, jefe! ¡Toma tu ónix negro! —Alonso recogió el collar y lo guardó en un bolsillo. Chocaron los puños enguantados.

―Pero ¿sabes hablar en catalán? ―contestó Alonso.

―¡No me hace ninguna falta! ―dijo Ygerna. 

Soltó al mismo tiempo una carcajada y los frenos de la Ducati y salió haciendo un caballito. Podía permitírselo: era la novia de un Mosso d'Escuadra condecorado por el Honorable President de la Generalitat de Catalunya...

Alonso aceleró hacia la meseta, dejando atrás el Monte Tibidabo.

Marcuan (C)

* Ver relato anterior: El secreto del viejo cementerio de San Mittre.

** ¡Coño! Ya empezamos, no soporto el complejo de superioridad de los independentistas catalanes. Háblame en español, rica, o te seguiré hablando en francés...

***Autor: Ignacio Ramón Martín Vega. Asociación de Escritores de Madrid. Exalcohólico.

**** Título del próximo estreno de una serie americana sobre moteros.

*****“De lo que sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona”. Capítulos LX y LXI. Miguel de Cervantes Saavedra.