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miércoles, 29 de agosto de 2012

CABALLO DE FERRO

Hola amigos. Después del verano empieza un nuevo curso. Los augures nos anuncian malos tiempos. Pero los pasaremos, no es el fin del mundo, sólo un huracán económico.

Os presento este relato sobre un pequeño gran viaje: un viaje a mi pasado... 



-¡¡¡Por Cristo!!!

Espolearon sus caballos con furia desde la ladera, en dirección al ejército sarraceno, que ocupaba el llano del valle.

Un acerico de lanzas se alzó ante ellos. El choque fue brutal. 

Alonso no supo cómo le derribaron. Se levantó para convertirse en un molino de muerte de todo lo que se movía a su alrededor. 

-¡Alá es grande! –aullaba un musulmán caído a sus pies.

Alonso levantó su espada con las dos manos y descargó un golpe seco, que hizo crujir la coraza y el pecho de aquel desgraciado. Un chorro de sangre tibia salpicó el rostro del alférez cristiano. Cuando limpiaba sus ojos con el dorso de su guantelete, sonó un cuerno…

-¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria!

Entonces hincó una rodilla en tierra y llevó su mano al corazón, que poco a poco recobraba su pulso.

-Gracias Señor Jesucristo, único Dios verdadero, por protegerme en la batalla. Juro que siempre defenderé estas tierras para mi fe. Concédeme tu bendición a mí y a mis descendientes. Amén.


Mil años después, uno de los muchos descendientes de Alonso, montó en su  caballo de ferro,  para ir a visitar la tierra y las tumbas de sus ancestros.




Rojas lo recibió con los brazos abiertos.

HISTORIA DE ROJAS DE LA BUREBA

Homo Antecessor
La fertilidad de sus suelos y el histórico paso obligado del Corredor de la Bureba hacia el Norte,  precipitan la ocupación humana de estos territorios en tiempos prehistóricos. 

En  la cercana Sierra de Atapuerca se han encontrado los restos óseos conocidos más antiguos de seres humanos en Europa: los del Homo Antecessor. Allí vivieron hace más de un millón de años. 

Los  romanos, a su llegada, encontraron la comarca ocupada por una tribu celta: los Autrigones,  con su capital en la actual Briviesca

Cerca de Barcina de los Montes fueron halladas tres aras religiosas latinizadas que hacen referencia al dios autrigón Vurovio, al que La Bureba debe su nombre. 

En el Siglo VIII, se conformó en la región una unidad política con entidad propia, que se convirtió en el primitivo embrión del Condado de Castilla.


En tiempos de García Sánchez III de Navarra, hijo de Sancho el Mayor, La Bureba se incorporó al reino de Nájera-Pamplona, germen del Reino de Navarra.

Más tarde la posesión de este valle fue motivo de disputa entre Navarra y Castilla, pasando de unas manos a otras en diversas ocasiones. 

Navarra perdió este territorio de forma definitiva tras el Laudo Arbitral del Rey Enrique II de Inglaterra de Marzo de 1.177, al que los reyes Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI de Navarra habían elegido como juez, después de firmar una tregua en Agosto de 1.176.

El Condado de La Bureba lo conformaron las tierras llanas y abiertas de sus múltiples pueblos, dando origen a la Merindad de la Bureba en el Siglo XII, que pervivió hasta el Siglo XVIII.

La Reconquista dio paso a una repoblación formada por gentes llegadas del cercano Norte de la Península Ibérica: campesinos, pequeña nobleza y eclesiásticos que, sin el peligro de un ataque militar musulmán, se agruparon alrededor de una IGLESIA.

Una FUENTE.
o un CAMINO...




Marcuan(C). 29/08/2012.




sábado, 5 de mayo de 2012

MARGA: ÓNIX NEGRO III



Acaba la aventura de Alonso Reques de Guilarte en Barcelona. 

Las despedidas siempre son tristes... hasta para los personajes de ficción.


Monte Tibidabo en Barcelona


Pierre Rougon volvió a saltar por el muro de piedra trasero de la masía. Ya en la calle, desenredó el turbante que cubría su cara y su cabeza, con el que limpió las manchas de sangre de sus dagas curvas. Pensó que de esa forma dejaba una falsa pista a la policía para que buscaran a un árabe, no al alcalde de Escalquens. Guardó la bolsa negra llena de lingotes de oro —La fortuna de los Rougon* debajo del asiento del scooter alquilado en Toulouse y lo lanzó a toda velocidad cuesta abajo.


Había olvidado que la calle terminaba en una curva muy cerrada a la derecha. Frenó a destiempo, patinó y, después de dos latigazos, salió despedido por los aires hasta empotrarse contra una pared de granito. En el impacto perdió el casco, que rodó por la acera. Pudo levantarse, aunque le dolía mucho el hombro y el tobillo izquierdos.

Se acercó a la Yamaha destrozada y de un manotazo arrancó el asiento; cogió la bolsa, abrió el depósito de gasolina, metió la mitad del turbante y lo prendió fuego. Tenía que borrar cualquier rastro. Cojeando, atravesó la carretera de Vendrell y una calle más abajo paró un taxi. Enseñó al conductor una dirección escrita en una nota y el taxista asintió, poniendo rumbo a El Raval. No dijo una sola palabra durante el trayecto.

Pierre Rougon era un hombre que copiaba el arte de los camaleones: sabía camuflarse. Controlaba hasta el último gramo de cualquier estupefaciente que se vendiera en las calles de Toulouse. Vivía en Escalquens, un pueblo a tan sólo 10 km de Toulouse, donde tenía su tapadera y un nombre falso: se llamaba Robert Papillon y era su alcalde.

Ygerna de Cornualles, secretaria del bufete de Alonso, recibió una llamada desde el Hospital del Valle Hebrón de Barcelona. Una tal doctora Matas le comunicó que Alonso estaba herido y que, antes de entrar en quirófano, había pedido que le llevara unos documentos del despacho. Tenía que llegar lo más rápido posible.

Ygerna sabía cómo hacerlo.

Se puso el mono ajustado de cuero negro y montó en “Trinity”; un milagro de la ingeniería italiana: tres motos en una.

Reguló la ventilación de su casco Arai y arrancó el motor. Los 150 caballos de su Ducati Multiestrada S Sport desentumecían sus músculos mecánicos poco a poco, dominados por el acelerador de su dueña.

Ducati Multiestrada S Sport
Cuando salió de Alcalá de Henares y pasó las obras de la Nacional II, cambió el configurador de la moto de urban a sport, metió gas y los caballos de metal se transformaron en Pegasos.

Volaba.

Llegó a Barcelona a media tarde y preguntó en la recepción del hospital por la doctora Arancha Matas. En Urgencias, un celador le señaló a la doctora que hablaba en catalán con una chica morena, de pelo encrespado y con ojeras, mientras sostenía en la mano un collar del que colgaba una gema de ónix negro. Se presentó.

―Hola, me llamo Ygerna, soy la secretaria de Alonso ¿Qué tal está?.


―Grave, ha perdido mucha sangre, pero sus constantes vitales se han estabilizado ―respondió la doctora ―tiene un corazón de atleta. ¿Ygerna, sabes por qué no se dejó quitar este collar hasta quedar anestesiado?


Ónix negro
―Es una piedra de ónix negro. Un talismán que protege de las vibraciones negativas, proporcionando humildad y calma interior. Ayuda a superar el miedo y aumenta la fuerza mental. Se limpia con la luz de la luna llena. Yo se lo regalé. Es la gema más antigua conocida por la humanidad. Conserva nuestro saber ancestral.

La doctora Matas puso cara de atención, pero no creía una sola palabra de lo que oía. Ella sólo confiaba en sus manos de cirujana, las que habían zurcido aquella carnicería: sesenta puntos en pecho, brazos y eminencia tenar de la mano izquierda, donde había suturado una rama de la arteria radial.

Son les supersticións mès grans que he sentit en la meva vida, tu. Això s'ho pot creure una persona amb enteniment i assenyada? dijo Marga.

Bordel! Et encore...? Je ne supporte pas le complexe de supériorité des patriotards de catalans. Parle-moi en espagnol, ma belle, ou bien je continuerai à le faire en français...ou fous le camp**contestó Ángela.

―¿Qué has dicho? ―Marga se puso tensa como un arco.

―Ahora que hablas en cristiano puedo entenderte mejor ―Ygerna miró a Marga como una ballesta a punto de disparar.

―¡Y a ti en qué idioma te hablan cuando estás en Francia, zorra con cap de suro! ―gritó Marga, furiosa.

―Buenas tardes ―Carmen Reina de Quirós podía oler la adrenalina antes del combate y aquellas dos mujeres estaban a punto de arrojarse una contra otra, como dos leonas. Llegó a tiempo de evitarlo.

―Policía; tranquilícense. Documentación. André, por favor, acérquenos esas sillas ―dijo enseñando su placa.

André Puig, cabo en prácticas de los Mossos d'Esquadra de la Generalitat de Catalunya, estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de la comisaria de Interpol, a la que acompañaba, y que casi nunca cometía errores. Acercó las sillas. Le había impresionado aquella madrileña rubia; guapa; de piernas largas y que hablaba un francés perfecto.

Marga, después de hacer una declaración provisional, bajó hasta el Ensanche en la moto de Alonso; la dejó aparcada en el garaje y subió a su piso. Miró el BlackBerry y vio que tenía doce llamadas perdidas. No esperó la trece. Mientras marcaba un número, pensaba en lo que le decía su padre de niña: “Marga: Molta fressa i poca endreça...”. Y Alonso estaba haciendo mucho, mucho ruido...y eso a ella no le gustaba.

Xavi, pots venir a buscar-me? Et convido a un gintonic al Paddok.

El Raval 

Pierre Rougon, se bajó del taxi en la calle Guardiá, cerca del bar La Concha. Apenas podía caminar. Entró en el portal número 11 y subió las escaleras hasta el tercer piso, arrastrando su pie izquierdo, mientras se apoyaba en la barandilla. Le dio miedo a caerse por el hueco de la escalera. Todo estaba carcomido. ¡Merde! Había perdido la concentración y eso, encima de una moto, se paga caro. Llamó al timbre.

Bonjour Ramón ¿me recuerdas? ―Ramón Macquart palideció como si se hubiera escapado de los infiernos uno de los monstruos que había visto en sus Delirium Tremens, pero le dejó entrar. Fueron hasta la cocina y Ramón sacó un par de vasos. Se sentaron, llenó el suyo con agua y el de su lejano pariente con vino. No hubo brindis. Pierre torció el gesto cuando probó aquel vinagre. Lo escupió al suelo.

―¿Ya no bebes? ―dijo.

―No. Me he rehabilitado. Ahora escribo libros. ¿Qué quieres? ―su único libro publicado se titulaba: “Soy alcohólico, historia de una enfermedad”***.

―Nuestra prima Sylvie* me llamó desde Plassans para contarme la extraña desaparición de mi hermano, cuando iba tras el rastro del tesoro de los Rougon...

―¡Y de los Macquart! ―contestó Ramón. Un chispazo de odio iluminó sus ojos.

―Sí, también en parte es de vosotros, los bastardos. Luego me dijo que querían entregárnoslo en Barcelona, con la condición de que hubiera paz entre los Rougon y los Macquart. Vine para preguntarles dónde está mi hermano. Sylvie me dio dos direcciones: una en la calle Bosque y otra la tuya, por si te necesitaba. Cuando llegué al caserón, no había nadie. Luego apareció una pareja y pude ver cómo el tipo sacaba una bolsa del interior de la chimenea. No tuve tiempo de interrogarle a mi gusto, la mujer se puso a gritar y preferí largarme, pero me caí de la moto como un estúpido. 
Llama a este número en un teléfono público para que vengan a buscarme. Yo nunca uso móvil.

Se levantó el pantalón; parecía que le habían injertado una pata de elefante. Estiró la pierna encima del asiento de una silla, resoplando. Pidió hielo.

Lo que no podía saber el alcalde de Escalquens es que, a Ramón Macquart, le había ido a rescatar del infierno de la drogadicción Carmen Reina de Quirós, comisaria de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado de Interpol, no Dante Alighieri.

El cabo André Puig había nacido en el Alto Pirineo gerundense. Era joven, pero odiaba las motos y a los moteros. Los clasificaba en: los que habían mordido el polvo y los que lo iban a morder. Sólo había una explicación: eran hijos de la anarquía.****

Cuando les llamaron desde la central de la Guardia Urbana de Sants Montjuic y les contaron que un hombre había tenido un accidente de motocicleta, la había prendido fuego y había huido, sospecharon. Eso no lo hace ningún motero. Tenían su descripción: varón, alto, moreno, delgado y con bigote. Llevaba una bolsa negra. La comisaria Reina le había mandado pedir con urgencia pruebas de A.D.N. de los cabellos encontrados en el casco abandonado. Estaba casi segura de que se trataba del mismo hombre que había atacado a Alonso.

Bon día señorita. ¿Qué tal ha pasado la noche su jefe? ―dijo André. Ygerna, que había dormido en la sala de espera del hospital, tenía un aspecto lamentable.

―¡Peor la he pasado yo entre estos hierros! ―contestó. Se desperezó y sonrió a aquel hombretón de cara rubicunda y pecosa. Le caía bien. Le gustaban los hombres discretos y aquel parecía incluso un poco tímido. No llevaba uniforme, por lo que pudo apreciar su musculatura.



 ¿Sabéis ya quién le ha hecho a mi jefe esta salvajada? preguntó.

―No estoy autorizado para hablar del caso, pero puedo ayudarla a encontrar un buen hotel, si no le importa ―dijo André.

―¡Claro que no me importa, Mozo! Necesito una buena ducha y un buen desayuno...

―Se pronuncia Mosso, pero puedes llamarme André ―contestó Puig.

Hacía bochorno. Ygerna, antes de subirse a la Ducati, se quitó la chaqueta de cuero, quedándose en camiseta de tirantes corta. Un águila real con las alas extendidas, tatuada en su zona lumbar, resplandeció con todo su esplendor. André Puig quedó fascinado. Empezó a sentir mariposas volando dentro de su estómago.

―Sigo a tu coche, André ―antes de que Ygerna se pusiera el casco se miraron a los ojos. Se sonrieron.

Más tarde no necesitaron hablar en ningún idioma. Se entendían con el lenguaje corporal que habla la especie humana cuando se aparea...

El águila real tatuada de Ygerna batió sus alas en varios vuelos rasantes sobre los abdominales desnudos de Puig hasta que, agotada, quedó inmóvil. Se refrescó con la brisa que entraba por el ventanal de la habitación del hotel, cercano al mar.


Ygerna de Cornualles se acurrucó junto a André Puig como si se hubiera cobijado debajo de un águila clueca. Pensó que aquel hombre nunca le haría el daño que llegó a hacerle su exmarido... Pero esa era otra historia.

Ramón Macquart se levantó a las tres de la madrugada con el sigilo que pudo. Llevaba el móvil. Se fue al cuarto de baño y se sentó encima de la tapa del retrete. No cerró la puerta. Tecleó: “Venga urgente a casa. Pierre Rougon. Peligro” y lo envió. Cuando la comisaria recibió el sms,  llamó a André.

Aún no había caído el móvil al suelo y Ramón Macquart ya estaba muerto. Un chorro de sangre, con la fuerza de un geiser, manaba de su yugular seccionada. Pierre leyó el mensaje y se sintió acorralado. No podía casi andar y faltaban unas horas para que vinieran a recogerle. Esperaría. Se enroscó como una cobra con sus dos guadañas... hasta volverse invisible en las sombras. Era un camaleón.

La comisaria Reina cogió la llave de debajo de la baldosa rota, donde siempre la escondía Macquart. En la sede central de Lyón habían detectado el desplazamiento de Pierre Rougon a Barcelona. Les alertaron. Creían que iba a contactar con un cabecilla del narcotráfico catalán, pero perdieron su rastro. Para su desgracia, Ramón lo había encontrado antes de tiempo.

Abrió la puerta y entraron.

Carmen Reina de Quirós tenía dos secretos: su hija Sol y su moto Harley XL 883L Sportste. Ambos estaban bien guardados en Cádiz, donde había nacido. Cuando su marido se marchó de casa, dejó crecer su cabello y se lo tiño de rojo. El “pelo de la libertad” lo llamaba...

Churre.

A la comisaria Reina no le gustaban las medias tintas: la vida era blanco o negro, ying o yang, ángel o demonio... Churre, un amigo artista, comprendió su filosofía de vida y la plasmó en el depósito de su moto custom.

Era una mujer que aborrecía a las personas que fomentan el cainismo entre los pueblos. Carmen pensaba que no existen pueblos, sino seres humanos. Y aquel que estaba a sus pies, tenía un tajo tan violento en la garganta que casi estaba decapitado. Ramón Macquart, el padre de su amiga Isabel, había ganado un pulso a la muerte, pero no el segundo. Encontraría al que le había hecho eso.

Se fue al comedor para abrir de par en par el balcón. El olor a muerte siempre era el mismo, pero no se acostumbraba.

André Puig estaba arrodillado para fijarse en el cadáver cuando una sombra se disparó como un resorte. Levantó por instinto su brazo izquierdo y sintió que un aguijón gigante quería perforarle el corazón, a través del hueco de la clavícula.

Sacó con su mano derecha la pistola, pero una cuchillada le cercenó los tendones del antebrazo.

Cayó sobre la hierba fría y húmeda de un valle de los Pirineos... o eso le parecía a él.

Pierre Rougon, revolviéndose, lanzó una estocada mortal a la carótida de la comisaria, que venía en auxilio de André. 

Carmen la esquivó al mismo tiempo que le agarraba de la muñeca y, acelerando su impulso, le volteaba a través del balcón abierto. Pierre Rougon quedó tan asombrado que no le dio tiempo a gritar mientras caía al vacío y se rompía el cuello contra los adoquines de la calle Guardiá.  La ciudad seguía durmiendo.

La comisaria Carmen Reina de Quirós era maestra de Aikido. Pierre Rougon lo había sabido demasiado tarde. 


Cuando alguien llegó con la ambulancia, acompañó a André, malherido, al hospital. Quería tener una larga conversación con Alonso. Llevaba una bolsa negra en la mano, llena de lingotes de oro.

Alonso recibió el alta pasados quince días.

―Adiós doctora Matas, gracias por todo, una vez más.

Adeu Alonso. Cuídese ―a la doctora Arancha Matas le caía bien el sobrino de Gloria, quizás porque ella se llamaba también Guilarte de segundo apellido. Le dio un beso en la mejilla.

Alonso pidió al taxista que le dejara cerca del Ensanche. Quería pasear por la ciudad en la que el caballero de la Blanca Luna había humillado a Alonso Quijano*****, el de la triste figura. 


Don Quijote vencido en la playa de Barcelona.







Casi cuatrocientos años después, otro Alonso se marchaba de Barcelona triste y desfigurado.


Llamó al timbre del teléfono automático del 5º A.

¿Diguin? le contestó una voz recia, como la del bandolero Roque Guinart*****

―Soy Alonso, vengo a por mi moto.

Bajó Marga. Estaba como su ciudad: preciosa. Le acompañó al garaje. Trici, junto a la Harley Fat Bob, parecía la moto de un arganboy.



―Toma cap de suro, para que nunca te olvides de mí ―dijo Marga. Puso una rosa de oro blanco encima de la cicatriz, aún tierna, de la mano de Alonso. Éste la engarzó en su llavero y le entregó una rosa roja, que había comprado por el camino.

―Adiós Marga, que seas feliz ―dijo Alonso.

Rozaron sus labios.

Estaba parado en la Plaza de Colón, ante el mismo semáforo donde tiempo atrás Marga había saltado a su moto, cuando Trinity frenó a su lado. La reconoció enseguida. Ygerna se levantó la visera del casco y le gritó con fuerza.

―¡Me quedo en Barcelona, jefe! ¡Toma tu ónix negro! —Alonso recogió el collar y lo guardó en un bolsillo. Chocaron los puños enguantados.

―Pero ¿sabes hablar en catalán? ―contestó Alonso.

―¡No me hace ninguna falta! ―dijo Ygerna. 

Soltó al mismo tiempo una carcajada y los frenos de la Ducati y salió haciendo un caballito. Podía permitírselo: era la novia de un Mosso d'Escuadra condecorado por el Honorable President de la Generalitat de Catalunya...

Alonso aceleró hacia la meseta, dejando atrás el Monte Tibidabo.

Marcuan (C)

* Ver relato anterior: El secreto del viejo cementerio de San Mittre.

** ¡Coño! Ya empezamos, no soporto el complejo de superioridad de los independentistas catalanes. Háblame en español, rica, o te seguiré hablando en francés...

***Autor: Ignacio Ramón Martín Vega. Asociación de Escritores de Madrid. Exalcohólico.

**** Título del próximo estreno de una serie americana sobre moteros.

*****“De lo que sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona”. Capítulos LX y LXI. Miguel de Cervantes Saavedra.

 

domingo, 22 de abril de 2012

MARGA: MUERTE, SEXO Y SANGRE II

Hola amigos. Después del partido de fútbol de ayer, os vendrá bien pasar un rato agradable -tanto si "ganasteis" como si "perdistéis" como si no os importó -leyendo la aventura de estos dos personajes, que también estuvieron cerca del Camp Nou. Porque son eso: personajes ficticios, no lo olvidéis.

Alguien que me estima y me lee me dijo: "Tienes que ser como Messi o Ronaldo, de nada vale saber regatear si no chutas a la portería, para meter gol. Un escritor nunca debe quedarse nada en el tintero: no tengas miedo".

En la Escuela de Escritores nos animan también a ser valientes. Vosotros juzgaréis si lo he sido o no.
 

Su tía no estaba. Una vecina les informó de que se la habían llevado en una ambulancia al Hospital de la Vall d’Hebrón. 

—Tengo que darle una mala noticia. Gloria ha muerto, lo siento —dijo la doctora Arancha Matas. Era una mujer atlética, de rostro dulce y mirada firme. Casi no pestañeaba.

Marga se acercó a Alonso y, echándole una mano por encima del hombro, le obligó a sentarse. La doctora les acompañó.

—Su tía Gloria le tenía un gran afecto. Lo sé porque la conocí bien. La he estado tratando durante estos últimos años de una enfermedad terminal. Quería que sus cenizas se esparcieran en Segovia, su ciudad natal: en el Monte de la Piedad. Me entregó esta pequeña caja para usted. Mañana a las doce será incinerada en el tanatorio de Collserola. Le acompaño en el sentimiento: era una mujer extraordinaria. No pueden quedarse aquí, lo siento. Buenas noches. 

—Gracias —cogió la caja y se la metió en el bolsillo superior de la cazadora. Cerró la cremallera y echó a andar hacia la salida.

Estaba muy pálido. Marga puso en marcha la moto. Arrancó sin brusquedad: le había tomado el punto a la MP3 500 LT Sport y le agradaba conducirla. Enfiló hacia el Ensanche, hacia su casa. 


Alonso se abrazó a la cintura de Marga como un náufrago a su salvavidas. 

Cuando Marga abrió el portal, a Alonso le pareció entrar en un palacio. Una escalera lateral de mármol blanco de Carrara, pulido, sostenía una balaustrada de forja estilo Gaudí, igual que la rejería del ascensor. Una gran lámpara de bronce colgaba del techo. 


Ascendieron a la 5ª planta. Marga abrió la puerta maciza de nogal de su piso y entraron en el vestíbulo. Dejó sus llaves en un platillo de cristal veneciano y pasaron a un inmenso salón, decorado con muebles de estilo Luis XV. Predominaban los colores ocres y azules, que proporcionaban una agradable sensación de calidez. Gruesas alfombras persas cubrían un suelo de roble americano. 

Alonso se sentía culpable por no haber estado en el hospital, acompañando a Gloria en los últimos momentos de su vida. Estaba triste. Marga tuvo que zarandearle para que le prestara atención.
  
 Oye, cap de suro, siento  lo de tu tía. Ya veo que la querías mucho, pero esta noche no puedes hacer nada más. Mañana asistiremos a su incineración. Voy a prepararte un baño caliente y un poco de cena. Ahí está el dormitorio, vete desnudando que ahora te traigo un albornoz. Era de mi padre, pero te servirá. 

Alonso obedeció en silencio.

Se metió en una bañera de agua tibia, entre espumas de sales. Tres  velas  gruesas titilaban en un rincón. Olía a mirra y a fruta fresca. Estuvo allí, ausente, hasta que se miró las yemas de los dedos: las tenía blancas como calçots

Marga entró con una bandeja llena de fresas, dos copas y una botella de champagne descorchada. Llevaba un bata de seda lila. Dejó la bandeja junto a la bañera, escanció una copa y se la ofreció a Alonso. Al ir a entregársela se inclinó, resbalando la seda por su hombro y dejando al descubierto un pecho grande y firme, de piel tersa como el tambor del Bruc.

Alonso sintió como si un volcán erupcionara en su pecho. Cruzaron sus miradas llenas de fuego. Marga deshizo el nudo de su bata dejando que se deslizara con suavidad hasta el suelo. Alonso jamás había visto una mujer tan hermosa. Fue como un choque de trenes. Se incorporó, haciendo rodar las fresas por el suelo y sus labios se unieron en un beso pasional, largo y profundo. 


La penetró, una y otra vez, con furia, como si fuera a acabarse el mundo. Marga aceptaba sus embestidas con ternura, acariciando su espalda, su nuca, su cuello… dejando que se vaciara  varias veces dentro de las entrañas de su cuerpo sudoroso y jadeante, multiorgásmico. 

Cuando Marga tomó la iniciativa y le hizo una felación, a Alonso le pareció que las puertas de los cielos se abrían de par en par: nunca había vivido algo parecido. Luego, subida a horcajadas encima de él, le dejó agarrar y lamer sus senos. Tenía los pezones rígidos, como las empuñaduras de su moto, mudos testigos del chorro de placer que  hacía vibrar hasta la última célula de sus cuerpos. Quedaron rendidos, enroscados como dos lagartijas.

Mientras Marga dormía, Alonso se levantó sin hacer ruido y se fue hasta la cocina. No podía conciliar el sueño. Bebió un vaso de agua. Se sentó y respiró varias veces seguidas, dilatando su diafragma hasta el máximo, como le había enseñado Eulogio, su profesor de boxeo. 

Aquella misteriosa mujer le había apartado de su vida normal, como un huracán que arranca un árbol a 200 km/h. ¿Dónde iría a caer?  Se acercaba a los cincuenta años y todavía no había conseguido madurar lo suficiente para saber reaccionar a tiempo... 

Mil veces se lo había dicho a sus alumnos: “Tenéis que ser responsables de vuestros actos, pensad antes de actuar, porque las consecuencias pueden ser desastrosas. Si lanzáis una piedra, ya no puede volver atrás”. 

Decir y hacer… estaba otra vez desorientado… como hacía cuatro lustros, cuando ocurrió el accidente. 

El BMW se saltó el stop. El conductor iba borracho y drogado: como se demostró en el juicio. Les había embestido como una manada de búfalos enfurecida. El impacto de costado fue brutal. Alonso se sintió como flotando en una nube negra. Su esposa, embarazada de tres meses,  yacía allá abajo, destrozada sobre el asfalto, junto a la moto en llamas. 

Cuando él salió del coma y lo supo, quiso suicidarse. La psiquiatra y las pastillas verdes se lo impidieron.

Estudió Derecho y se hizo abogado. Trabajaba mañana, tarde y noche. Se volvió invisible para las mujeres. Ahora volvía a sentir  esa sensación de soledad interior: había perdido al único familiar que le quedaba vivo.

La más mínima filtración de la luz del día hacía despertar a Marga con la misma energía que desprendía al acostarse, como si no hubiera existido la noche. 

Miró a Alonso abrazado a la almohada, como un bebé. Le acarició su pequeño tatuaje de la ingle: una rosa roja. La rosa que se regala, junto con un libro, el día de San Jordi. ¿Pero qué iba a saber ese cap de suro de San Jordi? 

Era de Madrid o de Segovia, que qué más da, todos son iguales. Casposos hidalgos castellanos, arruinados, soberbios, conquistadores y perdedores de imperios… Y hoy vendrían a miles, a ver jugar a su Real Madrid en el Nou Camp.

Siempre se había sentido independentista, desde niña; sus padres se lo habían inculcado en la época de Franco, antes de que la bomba de Hipercor les segara la vida.



¡Catalunya Lliure! había gritado en muchas manifestaciones, junto con sus compañeros universitarios, arropada por la senyera estelada. Les habían llovido los porrazos.

Pero aquel hombre le provocaba ternura, no sabía por qué, una ternura casi maternal.

Empezaba a ser mayor y su vida no podía seguir así: tenía que encontrar la forma de tener una relación estable, definitiva. Pero todos los hombres que había conocido pensaban en lo mismo cuando la miraban por primera vez: llevársela a la cama. ¿Los hombres no son capaces de darse cuenta de que las mujeres necesitan  cariño, besos, respeto, caricias… amor? 



MP3 500 LT Sport
A Marga le gustaban las motos y su ambiente.

Cuando vio por primera vez aquel ferro de tres ruedas, se quedó perpleja. ¿Pero qué clase de moto era esa?  Luego, cuando Xavi le dijo, en plena Plaza de Cataluña: “¡Quin cul i quines tetes té la teva amiga Anna!”, no lo soportó. Se bajó y le atizó con el casco, con todas sus fuerzas… por machista.

Menos mal que el pobre cap de suro la obedeció sin rechistar. Siempre le había gustado imponer su voluntad, era una niña malcriada… y lo seguía siendo.

La indemnización por el atentado y el seguro de vida que tenían sus padres la habían colocado en una posición económica desahogada. Era rica, independiente, joven y guapa. Algo que alejaba a los hombres de ella como si fuera la peste. Pero Alonso no lo sabía y, sin embargo, la ayudó.

Le gustó cómo le había hecho el amor: desbocado, como si le fuera la vida en ello. Un hombre se había entregado a ella en cuerpo y alma por primera vez en su vida… y le agradó. Mucho.

Hizo un café muy cargado.

La ceremonia de cremación en Collserola fue corta y sencilla. La doctora Arancha Matas se colocó a su derecha, Marga, a la izquierda. Alonso estaba en medio de dos mujeres muy bellas, sin darse cuenta de ello.

—Adiós Marga, hasta la vista —dijo Alonso. Fue a darle un beso en los labios.

—¿Me puedes llevar a casa? Hoy hay partido de fútbol de alto riesgo y no me apetece estar por la calle, con tanta gente ¿Tú, de qué equipo eres?

—De la Gimnástica Segoviana —contestó Alonso.

Escudo del club de fútbol Gimnástica Segoviana

A Marga le dieron ganas de reír a carcajadas,  pero se contuvo.

Cuando Alonso se subió a la moto, intentó meter sus gafas en el bolsillo superior de la cazadora. No pudo, había olvidado la cajita que le había entregado la doctora Matas. La abrió sin quitarse el casco.

Los Rougon quieren el oro y tu vida. ¡Ten cuidado! Está en el interior de la chimenea. Esta es la llave de mi casa. Te quiero mucho, hijo. Adiós. Gloria. 

Se quedó petrificado.

—Marga, volvemos al Tibidabo.

Estaba harto de aquellos lingotes de oro. Se los llevaría a las Hermanitas de los Pobres y asunto zanjado. Quería largarse de Barcelona cuanto antes y para siempre.

Marga le acompañó a la masía. Le encantó. Haría una oferta si salía a la venta. Se fue a husmear por el jardín de enfrente, pegado a la falda de la montaña, por lo que pudo verlo todo. Un hombre, con la cabeza y la cara tapada por un turbante, se acercaba con sigilo a Alonso.

Llevaba una cimitarra en cada mano.




Chilló con todas sus fuerzas. Alonso se revolvió, bloqueó la primera cuchillada con el brazo en alto, pero no pudo evitar la segunda, que le hizo un corte diagonal en el pecho, de arriba abajo, de izquierda a derecha…

Marga seguía gritando mientras corría en auxilio de Alonso que, tambaleándose, conseguía esquivar varias puñaladas más.

Cuando vio aproximarse a Marga, el atacante dudó, se echó a correr y desapareció. Marga llegó a ver sus ojos, depredadores y fríos, como los de una cobra. No los olvidaría nunca. 

Alonso, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en el tronco de una parra, trataba de taponar las hemorragias  de su pecho y brazos con girones que arrancaba de su camiseta. La sangre le salía a borbotones. 


Ónix negro
Le habían arrebatado los lingotes de oro, pero su collar, con una pequeña piedra de ónix negro, seguía colgando de su cuello…

Marcuan (C) 
(Continuará en: Ónix negro III)