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jueves, 22 de noviembre de 2012

MADRE AGRADECIDA


Éste es el mejor relato que he escrito hasta ahora,
porque no lo he escrito con tinta, sino con el trabajo de
toda una vida.


Recuerdo cómo, en la película Gladiátor, el general hispanorromano Máximo arenga a su caballería, antes del combate, diciéndoles: “Príncipes, lo que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad…”. Y así es.

Desde las Columnas de Heracles os invito a que hagáis bien vuestro trabajo, sea el que fuere, para que un día, cuando  seáis  “historia”, su eco pueda daros  una satisfacción como ésta, por sorpresa y tan emocionante.
  
Gracias  Ana.





Hola Marco: 


No sé si se acuerda de mí, soy Ana la madre de Sergio G. 

Hace unos días mi hijo volvió del Gimnasio y me dijo:
―  ¿A  que no sabes con quién  he coincidido en boxeo?  ―,  y en su cara había una sonrisa de oreja a oreja…

Yo inmediatamente intenté repasar en un momento todos los amigos que hacía tiempo que él  no veía, mi sorpresa fue cuando dijo:
 ―Con Marco, mi profe. 

Recuerdo su primer día de Instituto,  renegando de todo y sobre todo de su tutor Marco, porque le había separado de sus compañeros y todo le parecía mal.

También recuerdo las primeras reuniones de tutoría cuando me decía usted:
― Este chico tiene que estudiar una carrera.

Acaba de empezar Bachillerato, no sé cómo acabará, pero sí sé que se está convirtiendo en un proyecto de " hombre " y creo que en esa tarea algo ha tenido que ver su tutor, aquel del que renegaba el primer día de Instituto.

A mí hoy solo me queda darle las gracias y sentir que no siga impartiendo clases,  porque este año mi hijo pequeño ha empezado la Educación Secundaria Obligatoria.

UN SALUDO. Una madre agradecida.  



Ana:22/11/2012.         

jueves, 22 de marzo de 2012

PAQUITO

Esta vez va de "profes". En la Escuela de Escritores nos pidieron describir una escena. Espero que la veáis igual a como la vi yo, hace algunos años. 
He cambiado el nombre del alumno, pero en el Instituto todavía se acuerdan de él. Ahora está casado y es un buen padre de familia. Cosas de la edad.
Me voy unos días a "caerme de Europa" cuando me bañe en la mar océana de Cádiz. Justo al lado de "Las columnas de Heracles" ¿os suenan?.
Os deseo unas buenas vacaciones y pensad que queda menos para que acabe la crisis económica: no es eterna...






Me tocaba guardia, así que me apresuré a tomar el té y las dos piezas de fruta en la sala de profesores. En todo el Instituto resonaron los timbres para que dieran comienzo las clases después del recreo y me fui rápidamente al aula de estudio. Faltaban diez minutos para que a Paquito le expulsara el profesor de Matemáticas. No fallaba.


Paquito era gitano. Cuando fui su tutor en primero de la E.S.O. tenía doce años y era medio analfabeto y muy gracioso. Ahora tenía dieciséis y no era gracioso, pero había conseguido seguir siendo medio analfabeto.


El aula de estudio era pequeña, muy estrecha, con un par de televisores y vídeos polvorientos encima de unas plataformas metálicas. Se empleaba para recibir a los alumnos que echaban los profesores por mal comportamiento en clase. Seis pupitres, un encerado en la pared lateral y la mesa del profesor, que daba la espalda a la ventana. Todo lo que entraba por la puerta, en el lado opuesto, quedaba iluminado como en una película.


-¡Me cago en todos vuestros muertos! ¡Yo no he hecho nada! ¡No me toquéis, eh, no me toquéis!


El director, Paquito, el jefe de estudios y el profesor de Matemáticas, entraron en tropel en el aula de castigo. Me dieron ganas de salir corriendo, pero no tenía escapatoria, la ventana estaba en un segundo piso.


-¡¡¡Siéntese usted!!! –dijo el director, al borde del infarto.


-¡¡¡No me da la gana!!! –le gritó Paquito, desde su metro ochenta.


-Francisco, por favor, siéntate aquí y estate tranquilo, ahora hablaremos tú y yo –intervine.


Milagrosamente Paquito me hizo caso. Los demás salieron. Cerré la puerta. Había tanta tensión en el aire que respiraba, que tuve miedo de que nos fulminara un relámpago.

Paquito rompió a llorar, metiendo la cabeza entre sus brazos, encima del pupitre. Cuando me miró, con aquellos ojos de color mostaza, sentí pena. 


-Oye Paquito, gracias por obedecerme y ahora coge aire por la nariz y sácalo por la boca, despacio, ya verás cómo te vas tranquilizando poco a poco -estuvimos haciendo tres o cuatro inspiraciones y espiraciones. La sofronización dio resultado, igual que en las artes marciales.


-Y ahora, Paquito, toma el ABC de hoy y ponte a leer toda la lista de la página treinta.


Faltaban cinco minutos para el timbrazo de cambio de clases. El jefe de estudios vino a ver qué hacía Paquito. Al verle leer con tanta atención, me preguntó qué estaba leyendo.


-Contactos –le dije.                              

jueves, 2 de febrero de 2012

GROGUI

Todos tenemos recuerdos de la infancia, unos alegres y otros tristes. Quedaron grabados para siempre en nuestra memoria porque nos produjeron una gran emoción.

Las emociones que sufrí en aquella noche aciaga son imborrables y me hicieron ver el mundo de otra manera, a partir de entonces. 





Mi amigo Velázquez tenía 11 años y en esos momentos volaba por los aires, debido al puntapié que le había dado Don Jesús, hasta que se estampó contra el interior del portón de madera maciza del internado. 

Entonces aquella mole cien kilos de cura con sotana y pelo cortado a cepillo vino hacia mí resoplando y me dijo: “Ahora te toca a ti”

Ante un peligro de muerte, existen dos reacciones: te paralizas o huyes. Yo me quedé paralizado. Me gustaría saber el porqué.

Cubrí mi cabeza con las manos, en posición fetal. Los dos primeros puñetazos los aguanté bien, pero aún no estaba entrenado para parar el gancho de derecha, que se coló como un relámpago entre mis codos. 

El brutal impacto me zambulló en una nube de estrellas fugaces. Luego, poco a poco, noté el calor de la sangre que brotaba de mi nariz fracturada. 

Pero encajé el golpe sin caer; sólo me había dejado grogui. 


Mi amigo se acercó renqueando y me sostuvo. Ambos nos abrazamos y así, despacito, bajamos las escaleras que llevaban al refectorio, donde cenaba en silencio la comunidad de internos.

El lector de la Santísima Biblia, desde el púlpito, fue el primero en vernos entrar, callándose en seco. Vinieron a socorrernos.

Velázquez era huérfano de padre y madre y estaba muy delgado. Sus piernas parecían dos alambres sosteniendo unos pantalones cortos. Pero lo más asombroso es que comía por dos. Yo lo sabía con seguridad ya que se sentaba frente a mí, en la mesa de mármol blanco donde cabíamos doce chicos. Tenía el cabello y los ojos muy negros. 

Como estábamos siempre juntos, y yo era muy rubio, nos llamaban Zipi y Zape.

Aquella tarde de invierno nos estuvimos vigilando todo el rato en la hora de estudio, porque nos tocaba turno de cocina para repartir las soperas y bandejas. 

Quien llegaba antes al comedor, tenía el privilegio de elegir luego las mejores tajadas. Así que, en cuanto oímos el toque de campana que avisaba para ir a cenar, salimos corriendo del aula como dos cachorros de galgo.


Velázquez me iba ganando y miró hacia atrás justo al doblar la esquina del pasillo, sin darse cuenta de que iba directo a la barriga de Don Jesús que, de pie, estaba leyendo su Libro de Oraciones. 

Don Jesús no pudo evitar el choque: pegó un respingo, soltó un grito y dándonos dos cachetes, nos castigó de rodillas. Al pasar, nuestros compañeros nos hicieron burla.

Cuando con un gesto mandó que nos fuéramos, yo pude contener la risa, pero Velázquez no. Y aquel al que llamábamos padre, creyendo que nos reíamos de él, entró en cólera divina.

Veinticinco años después volví a ver a Velázquez en una comida de antiguos alumnos. Le conté que me había tenido que operar de la nariz, por desviación del tabique nasal. 


Zape, sonriente, me dio un abrazo de despedida diciéndome: “Zipi, a mí me sigue doliendo la patada en el culo todas las noches”.


Marcuan. 02/02/2012.

viernes, 27 de enero de 2012

LA PARADA

Siempre hay momentos de felicidad en toda vida humana. Hechos sin mayor importancia, pero que recordaremos siempre con una sonrisa. 

Éste, para mí, fue uno de ellos.

El cerebro masculino ha evolucionado menos de lo que quisiéramos, quizás.

Que paséis un buen rato con esta narración de una guerra incruenta, como las que vemos continuamente en la televisión.



Era mi primer partido como portero de balonmano, un deporte de contacto muy duro y violento. Cuando aquel balón se estrelló por enésima vez en el poste de la portería contraria, un espigado pelirrojo del equipo de los Padres Misioneros lo recogió de un manotazo y se vino corriendo hacia mí, completamente solo, como una exhalación.


Todo lo que sucedió después lo recuerdo a cámara lenta, a veinticuatro imágenes por segundo, en un silencio total.


Saltó por encima de la línea roja del área, elevándose a metro y medio de altura. Ingrávido en el aire, como un ángel exterminador, armó su brazo derecho y lanzó el cuero igual que el resorte de una ballesta. 

Ocurrió -no sé por qué ni cómo -pero ocurrió. 

Mi sistema nervioso parasimpático o el azar, hicieron que desplazara el cuerpo a un lado, al mismo tiempo que levantaba el pie contrario, de tal forma, que paré aquel tiro celestial.


Un griterío ensordecedor me hizo volver al tiempo real. En las gradas, mis antiguos compañeros del Colegio de los Hermanos Maristas nos animaban ruidosamente, si ganábamos ese partido, ellos quedaban clasificados para disputar la final del torneo.


Por aquel entonces, en quinto de bachillerato, yo estaba borracho de libertad.

Tenía quince años cuando mis padres atravesaron un bache económico y decidieron cambiarme de centro educativo. En éste las clases eran mixtas, los profesores laicos, la disciplina  laxa, los amigos más gamberros y además tuve mi primer enamoramiento: Esther de la Peña. El resultado fue catastrófico: ocho suspensos y un sobresaliente en Educación Física. Corría los diez mil metros lisos; daba saltos mortales en potros y plintos; me contorsionaba en las anillas mejor que la mona Chita; hacía piragüismo en el río –donde nos bañábamos en invierno- y era portero titular. Los adolescentes, cuando reciben en vena un chorro nueve veces mayor de testosterona, se vuelven como los drogadictos: unos locos de atar.


Pero aquel partido lo íbamos perdiendo. Dos jugadores de nuestro equipo: Escudero y Quirós, preuniversitarios, eran los mejores. Ambos habían pactado en secreto hacer sufrir a nuestro entrenador de una manera perversa: todos sus remates… ¡daban en los postes! Luego se miraban, riéndose con disimulo. Hasta que hice aquella parada. En el vestuario olía a linimento y a derrota. Me llamaron a su lado: “Así que los que tanto nos apoyan te conocen, chaval; pues vamos a ganar ¡que se fastidien los misioneros!”.


Uno de los recuerdos más felices de mi vida es el segundo tiempo de aquel partido. Fue una guerra sin cuartel, bíblica, como entre ángeles y diablos: empujones, fintas, disparos, sudor, goles, esprines, agarrones, paradas, golpes, codazos, sangre, expulsiones, voces, muecas de dolor, ansiedad, tensión y ¡VICTORIA! 


Cuando los árbitros pitaron el final, lo celebramos con los puños en alto, soltando grandes gritos al cielo; del mismo modo que hace el cazador ante su presa abatida, el guerrero después de ganar la batalla o el animal superviviente en el combate por las hembras… desde hace un millón de años.


Marco. 26/01/2012.

lunes, 26 de diciembre de 2011

¿MONÁRQUICO O REPUBLICANO...?

Después de ver la cara de preocupación de Juan Carlos I y oír su discurso sobre la igualdad de la ley -Dura lex, sed lex - para todos los españoles -que no siempre fue así - me vino a la memoria esta historia.  Quizás os pueda servir para tener conceptos claros sobre este tema.

Mi mejor deseo para que podáis aguantar el "vendaval económico" que nos espera en 2012.


Carlos II  El Hechizado


Recuerdo el día que entré por primera vez a dar clases en un Colegio de Discapacitados Psíquicos. Un error administrativo me puso en la tesitura del plato de lentejas. Las tomé. Como ya había empezado el curso me dieron el grupo que no había querido ningún otro profesor: el de los niños oligofrénicos profundos.

Por aquel entonces estaba leyendo la biografía de Carlos II El Hechizado, del historiador John Lynch: "Carlos II fue la última, la más degenerada y la más patética víctima de la endogamia de los Austrias. A los cuatro años sucedió a su padre Felipe IV, el 17 de septiembre de 1665, y era un niño enfermizo, retardado en su desarrollo por el raquitismo y retrasado mental... descendiente de Juana La Loca por sus ocho bisabuelos."


El primer día de clase, cuando me acerqué a acariciar la cabeza de una de aquellas criaturas desvalidas, se cubrió con sus manos, esperando recibir un cachete. Sentí una profunda tristeza ¿sufriría malos tratos en su casa?  Se lo comenté al cuidador, que en ese momento entraba en el aula con una bolsa en la mano que desprendía un fuerte olor a orina. No me contestó.

 Oye, esta es la ropa de recambio de Sergio, cuando se haga sus necesidades encima, tocas el timbre para avisarme.



Y ahora ¿qué hago? ¿qué enseño? Experimenta me había dicho la directora cuando supo que no tenía habilitación en Educación Especial. Veamos. Recapacita... ¡ya sé! Voy a educar a estos niños empleando los mismos métodos pedagógicos que se utilizaron con este Rey de las Españas. Me apliqué en la lectura de su historia, buscando soluciones para mi problema.


"Es impresionante conocer la descendencia legítima de Felipe IV. De su primer matrimonio con Isabel de Borbón nacieron: Carlos Baltasar; Margarita María; Margarita María Catalina; María; María Antonieta -que murieron todos en su infancia -y María Teresa, que casó con LUIS XIV de Francia.

Con su segunda esposa, prima carnal, María Ana de Austria tuvo a: María Ambrosia; Felipe Próspero; Fernando Tomás -también fallecidos -y Carlos II, Rey por la gracia de Dios. Se le reconocen históricamente 43 hijos bastardos con otras muchas mujeres, aunque se supone que hubo más.

A Doña María Engracia de Toledo, Marquesa de Vélez, se la designó como aya del príncipe. Le proporcionó hasta catorce amas de cría. No tuvo más remedio que destetarle a los cuatro años, porque ya causaba profundas heridas en los pezones, con sus mordiscos. Doña María, astutamente, dio orden a sus meninas para que, cuando presentaran al niño en público, lo sostuvieran con unos tirantes atados a las axilas y a la cintura, disimulados entre la ropa. Con nueve años no sabía escribir ni leer.
Calabacillas
Sólo le gustaba una cosa: jugar sentado entre almohadones con los enanos y bufones de la Corte, inmortalizados por Velázquez: "El Niño de Vallecas", oligofrénico afectado de parálisis facial; "Calabacillas", así apodado por su "hueca" cabeza; Pablo de Valladolid "Pablito" el más humano de todos ellos.


Distraían al pequeño rey con sus gesticulaciones, anormalidades y balbuceos: las únicas que entendía."

Me puse en la cabeza un gorro multicolor, repleto de cascabeles tintineantes; compré pelotas de malabarista; jabón líquido con olor a fresa; pequeñas trompetas, timbales, platillos y panderetas; juegos de magia y una nariz de payaso...  Había nacido un nuevo bufón: Picatoste.



Acabé el curso y me despedí para siempre de aquellos alumnos tan especiales. Jamás he recibido tantos besos y abrazos. Cuando me marchaba del Colegio, tenía ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. 


Me dirigí hacia la Plaza Mayor de Alcalá de Henares. Al cruzarla, se me acercó un engominado sujeto micrófono en mano. Estábamos en año de elecciones.


 Oye, perdona ¿te puedo hacer una pregunta? 

― Dispara.

 ¿Eres monárquico o republicano? 

Se quedó perplejo cuando, sin contestarle, le regalé el libro del Hechizado, y seguí mi camino.



MARCUAN. Copyrigth. 25/11/2011.