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viernes, 22 de agosto de 2014

LIMPIEZA GENERAL

Las aventuras de Alonso y Trici por el Sur. ¿Se bajarán al moro algún día?

Ya veremos, dijo un ciego.

I

Segovia

Hace muchos, muchos años, en los tiempos de Maricastaña, erase que se era una ciudad medieval, rodeada de murallas a las que se asomaba un milenario acueducto romano.

―Maese Marco, nuestro taller de sastrería está en la ruina; la mujer del Gobernador se niega a pagarnos lo que nos debe: más de un millón de maravedíes.

―Maese Rafael ¡Qué me decís! ¡Por los cuernos del buey de San Lucas! ¡Si ayer la vi en su carroza, cargada de collares!


―…Que tampoco ha pagado a Maese Eugenio, el maestro orfebre… Su marido apoyó el golpe de Estado de la nueva reina Isabel, en contra de la Beltraneja.
Será ascendido a Generalísimo de los Ejércitos Reales ―respondió Maese Rafael, cabizbajo.


Isabel I es proclamada reina de Castilla en el Alcázar de Segovia. Foto: Marcuan.


― ¡Que el diablo les bese en el ojo que no tiene niña! ¡Voto a bríos! ―dijo Maese Marco mesándose la barba.

     II


Alonso hizo limpieza general en su nueva casa, llenando un par de bolsas grandes de basura.

Comenzaba una nueva vida y mucho de lo que se deshacía, le recordaba la anterior.

Tigri. Foto: Marcuan

―Tengo que sobrevivir Tigri… y se me ha olvidado hasta freír un huevo ―le dijo a su mascota, un tigre de peluche de ojos grandes y mirada fija.


III

Francfort del Meno
Maese Marco y Maese Rafael huyeron de su ciudad, para evitar a los acreedores.


Anduvieron y anduvieron, sin descanso, hasta llegar al corazón del Sacro Imperio Romano Germánico: Francfort del Meno.

Durante el largo camino elaboraron un arriesgado plan. Pero eran valientes e ingeniosos.

Muencheberg (Alemania)

―Maese Rafael, una antigua amante nibelunga me ha conseguido una Audiencia, dentro de tres días, ante el Emperador y su Corte,  para comprobar si son ciertos los rumores que hemos sembrado por la ciudad ¿Tiene vuesa merced preparada la tela mágica, que sólo pueden ver las personas honradas y honestas?

―Sí, amigo mío, aquí os la muestro ―dijo Maese Rafael enseñándole las manos desnudas ―. ¿Vos podéis ver y apreciar su maravilloso hilado de oro y plata, de tacto suave como las plumas de ganso y tan firme como los pechos de una joven teutona? ―dijo Rafael ―. Además huele a cantueso.

― La veo, la huelo y la palpo en todo su esplendor Maese Rafael ¡Qué maravilla! Le haremos con ella un traje único al Emperador de la Cristiandad ―contestó Marco.

Ambos se guiñaron un ojo y se echaron a reír.

IV
La Chica del Cabello de Fuego. Foto: Marcuan.

―Hola Alonso, soy Carmen Reina de Quirós. ¿Te acuerdas de mí?

 ― ¡A sus órdenes Comisaria! ―dijo Alonso, respondiendo a la llamada de teléfono de su antigua amiga.

― ¡Déjate de tonterías, letrado, que te enchirono! Jajaja ―rio Carmen ―. Estoy informada de que te has bajado al Sur, ¿es que te has creído lo de la canción? 
  
―¿Canción? ¿Qué canción? ―dijo Alonso.

Atardecer en Rota (Cádiz)
―¡Pues la que dice que para hacer bien el amor hay que venir al Sur! ¡Pedazo de carajote! ¿Sabes lo que significa carajote? ―respondió Carmen.

―Más o menos. Me lo explicó por encima La Chica del Cabello de Fuego.

―Veo que sigues igual de cuentista Reques… Pues mira, a las siete de esta tarde te espero en la concentración motera de Rota, te presentaré a mis amigos y así nos cuentas lo de la dragona esa. ¿Sabes venir?

 ― Tengo GPS en la moto, Comisaria.

― ¡Y mucho cuento! Jajaja. No me falles; ahora necesitas hacer nuevos amigos.

―Gracias, Carmen, de verdad. Me encuentro más sólo que la una.


V
 
Camelot, grabado de Doré

―Somos mercaderes y sastres castellanos. Venimos desde muy lejos para ofrecer en exclusiva a Vuestra Majestad esta tela maravillosa, mágica y única en el mundo; que mi socio Maese Rafael guarda en el cofre.

El secreto para su elaboración estaba oculto en la biblioteca de mi tatarabuelo, un gran viajero que llegó hasta el reino de Camelot.

El mago Merlín se lo enseñó por orden del Rey Arturo.

Sólo las personas honradas y honestas, aquellas que a su muerte serán recibidas en el Reino de los Cielos,  pueden verla, Majestad.

¡Maese Rafael! ¡Mostradla al Emperador y a su noble Corte! ―vociferó con todas sus fuerzas Maese Marco.

Rafael abrió el baúl con una llave de oro, simulando sacar y desenrollar un paño. Entre sus hábiles manos sólo había aire.

―¡Oh, qué tejido más hermoso! ―dijo el Rey.

―¡Jamás he visto una tela tan bien elaborada!  ―contestó el gran Chambelán.

―Notad su suavidad y delicioso aroma ―dijo Maese Rafael, acercándosela.

―Majestad, es aterciopelada como las plumas de un ganso, huele a rosas y  es firme como los pechos de una joven ―dijo el Chambelán al Rey, después de simular tocarla y olerla.

 ―Me haréis un traje con capa para el día del desfile en la Fiesta Mayor. Cueste lo que cueste ―ordenó desde su trono de oro el germano.

―Así se hará, Majestad ―contestaron los sastres al unísono con una reverencia y una sonrisa en los labios.


VI


Concentración motera en Rota (Cádiz)



Alonso Reques de Guilarte se aseó como un pavo real.

Con esmero.

Se lavó el rostro con jabón Rosa Mosqueta y recortó su barba con la máquina eléctrica. Luego rasuró sus mejillas y su cuello con la navaja de afeitar. Se duchó. Mientras secaba su cuerpo desnudo, amortiguó el ardor de las raspaduras con after shave balm baume apres rasage Dolce&Gabbana. Y se perfumó con la misma marca de colonia.

 ―No está mal, chaval de la quinta del 50 ―dijo mirándose al espejo y levantando los brazos, mientras hinchaba sus bíceps y marcaba pectorales.

Había perdido ocho kilos y no tuvo problemas para embutirse los pantalones de moto, encima de las medias térmicas; apretar el protector de la columna vertebral sobre la camiseta también térmica; ponerse las botas negras de piel de búfalo, lustrosas, y cerrar de un golpe la cremallera del chaquetón motero, sobre su barriga plana.

Se sintió como el caballero Lancelot, dentro de su armadura.

A trancas y barrancas cogió las dos grandes bolsas y, de paso, con dos dedos, unas zapatillas viejas que había olvidado meter dentro de los bolsones.

Bajó a la calle y fue derecho a los contenedores, sin darse cuenta de que las zapatillas habían caído sobre la acera.

VII


Una gran muchedumbre se agolpaba en la Calle Mayor, para ver pasar al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, vestido de gala, con su traje y capa mágicos. 

Al verlo de pie, sobre su carroza, sus súbditos se decían unos a otros, asombrados, lo bien hecho que estaba el traje y lo bien que sentaba la capa a su Majestad.

Hasta que un niño gritó  a voz en grito.

―¡¡¡El Rey va desnudo!!! ¡¡¡El Rey va desnudo!!!


VIII


―¡¡¡Anciano!!! ¡¡¡Anciano!!! ¡¡¡Se le han caído las zapatillas!!! ―gritó un niño a las espaldas de Alonso.

― ¡Cállate niño! ¡Vas a molestar al señor! ¡Eso no se dice! Usted perdone ―dijo la madre avergonzada.

―No hay nada que perdonar señora y gracias por avisarme, chaval ―dijo Alonso.

Volvió a coger las pesadas bolsas negras y las viejas zapatillas y las echó al contenedor de basura. Con gesto serio.

Alonso sacó el casco y los guantes del vientre de su moto,  se los puso y picó espuelas con el acelerador a tope.

Los cuarenta caballos mecánicos de Trici, sudaban aceite, mientras sus tres ruedas devoraban asfalto.

MP3 500 LT SPORT

Cuando llegó a Rota, Carmen y sus amigos lo estaban esperando. La Comisaria de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado le estampó dos sonoros besos.

― ¡Bienvenido al Sur, Reques!

― ¿Sabes una cosa, Carmen? Los niños de todo el mundo nunca mienten ―dijo Alonso.

―Ni los borrachos, jajaja ―respondió Carmen.In vino veritas.

Y Alonso se puso a bailar, mientras se atiborraba de  cerveza 0,0… como un anciano.


Marcuan: 22/8/14



viernes, 20 de junio de 2014

LA CHICA DEL CABELLO DE FUEGO

Vuelven a la vida virtual nuestros protagonistas: Alonso y Trici.

Esperemos que con nuevas y divertidas aventuras.

Un saludo, amigos.


Foto: Marcuan


Alonso Reques de Guilarte había dejado su pasado lejos, a 1.000 Km, con un golpe brusco de acelerador de moto.

Una barba cana le había crecido en un rostro enjuto, castigado por el sufrimiento. 

Sentado en aquella terraza de sillas y mesas de madera, en plena calle principal, se sentía forastero, mientras una sombrilla circular de color crema, lo protegía del fuerte sol, casi africano.

Fachadas, caras, aromas, sonidos, colores… todo era nuevo para él.

―Hola. ¿Qué te pongo?

―Una cerveza sin alcohol, por favor ―respondió Alonso.

La camarera, rápida como una joven gacela, se volvió de espaldas para meterse en el interior del mesón. Su cabello rojo, largo y ensortijado reverberó, deslumbrándole.

Llevaba puesta una camiseta negra de manga corta y su pantalón, también negro, ajustado como un guante, se  ceñía a un cuerpo delgado y elástico; grácil.

―¿Qué tapa quieres? ―dijo.

Había aparecido como un rayo de luz desde la penumbra del bar, mientras ponía un vaso rebosante de cerveza fría sobre la mesa, y sacaba libreta y bolígrafo a la velocidad que Billy El Niño desenfundaba el revólver.

―¿Tapa? ―contestó Alonso ―.Pues no sé…

Alonso alzó la vista y se fijó en su rostro de tez blanca como la sal marina. Unos ojos oscuros y penetrantes, separados por una nariz levemente aguileña, lo hipnotizaban.

―El atún mechao está mu bueno.

―Pues atún mechado, si es tan amable, por favor.

―¿Tú no ere de aquí? ¿Verdá? ―dijo la camarera.

Al sonreír, le enseñó unos dientes apretados como una fila de fusileros de Napoleón.

―No, pero me he venido a vivir aquí  para siempre. ¿Por qué lo preguntas?

―Porque habla mu fino, como los de Madrí ―dijo la chica, soltando una carcajada.

Alonso rió también. Por primera vez en mucho tiempo. Siempre había sido un niño risueño, hasta que un cura le partió la nariz de un puñetazo, a los once años, por correr por los pasillos del internado.

La camarera trajo un plato descomunal y lo puso sobre la mesa.

―¡Que aproveche!

Dos tostadas de pan crujiente, empapadas en aceite color oro, que olía a zumo de olivas del Olimpo, llevaban a cuestas unas generosas tajadas de atún escabechado con ajo y perejil.

Foto: Marcuan
Alonso degustó lentamente aquel manjar de dioses, comiéndoselo con las manos y lamiendo los chorretones de aceite virgen y cálido que resbalaban entre sus dedos.

Levantó el vaso para apurar hasta la última gota de cerveza y se quedó por un instante quieto, como en éxtasis, cuando sus ojos chocaron con los de la chica de los cabellos de fuego, que lo observaba divertida.

¿Tá gustao?

― Sí, mucho. Gracias.

― ¡Uy  ¡Po va a sé verdá! ¡ puesto cara de carajote! ―contestó la pelirroja, mostrando unos hoyitos en la cara, redondos como monedas de un céntimo de Euro.

¿Carajote? ―preguntó Alonso, confuso.

―Jajaja. ¡Bienvenido al Sur! ¡No te quea ná que aprendé!

―Pues yo también sé muchas cosas ―contestó Alonso divertido ―. Por ejemplo, ¿sabes que a los pelirrojos nos hace falta un 20% más de anestesia que al resto de la gente, para resistir el dolor? Es genético.

¡Po es verdá! Ezo le pasaba a mi pare. Salía por pata cuando le llevaban al dentista. A mí me pasa iguá ―dijo la camarera ― ¿Cómo te llama?

―Alonso Reques de Guilarte.

―¡Uy qué largo! Aquí tos tenemo mote.

―¿Y cuál es tu nombre? ―preguntó Alonso.

―Patricia, pero tos me llaman Princesa.

―Encantado de conocerte Patricia,  yo te llamaré Princesa… Roja.

― ¡Jajaja! ¡De roja! Barba Blanca ¡Jajaja!

― Bueno. Pues… Princesa de Fuego.

Alonso también rió y empezó a notar cómo el nudo que anidaba en su pecho,  empezaba a aflojarse.

Se levantó sonriente, pagó y se marchó andando calle abajo; en busca del Mar del Sur y de su moto Trici que, fiel, siempre lo esperaba. 

Siempre.

Foto: Marcuan

Había conocido a La Chica del Cabello de Fuego.



Agradecimiento:


A Lourdes, traductora a "puertorrealeño".




MARCUAN. 18/06/2014.



jueves, 16 de enero de 2014

LA SIRENA DE LOS PINGÜINOS

El pasado fin de semana acudí, junto con unos amigos, y por primera vez, a la concentración motorista más grande de Europa: Los Pingüinos, en Puente de Duero (Valladolid).

Un motero de mi grupo, mientras se curaba la resaca con un caldito caliente, me contó lo que le había ocurrido por la noche. 


No le hice mucho caso, pero  os animo a que acudáis a la próxima concentración... por si su historia fuera cierta.








                                  I

Agarró las bridas de su cuadriga de caballitos de mar y les espoleó con el sonido gutural de partida.

―Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Mientras atravesaba la oscuridad de las profundidades abisales como un torpedo atómico, miró hacia atrás. Nadie la seguía.

La pócima que había emponzoñado en secreto la comida de su escolta de tritones, les había dejado fuera de combate.

―Cuando mi madre se entere se va a liar una muy gorda en el alcázar. Es capaz de enviar su ejército a buscarme. Pero no volveré jamás, estoy harta de esta aleta caudal ―gritó Miriamar a la serpiente cornuda de color aguamarina,   que llevaba enroscada en la cintura.

Su madre era General De Sirenas del Océano Glacial Ártico.

―Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

La culebra aguamarina se apretó aún más al vientre de Miriamar, haciéndole cosquillas en el ombligo, mientras algunas escamas se desprendían de su cola azulada y salían disparadas a toda velocidad. 

Parecían mariposas.

Perla, Ostra, Calamar y Tiburón, sus caballos marinos, aceleraron hasta alcanzar una milla marina por minuto. Hubieran dejado atrás, sin dificultad, a los caballos mecánicos de la Yamaha FZR 600.

Miriamar estaba ilusionada con poder montar algún día en aquella cabalgadura terrestre. De niña, visitando las basuras con que los humanos contaminaban los Cinco Océanos,  encontró una fotografía plastificada de esa moto y de su piloto.

―Lo conseguiré. Y para eso necesito tus huevos ―dijo a la culebra de mar.

"Come un huevo de la serpiente cada tres horas exactas y perderás tu cola de pez. Si no eres puntual,  el hechizo se romperá y te convertirás en un delfín albino, hasta el fin de tus días"  ―le había dicho su aya protectora, antes de partir.

El Pingüino Mayor del Ártico, amigo suyo, acopló una brújula acuática a su carro de coral rojo.

"Sigue su indicación. Te llevará a la ribera de un gran río junto al cual, los humanos, hacen todos los inviernos un homenaje a nuestra especie. Cuando llegues, ponte esta ropa y este gorro. ¡Y que se cumplan tus sueños, Miriamar"!

                                  II

Ulises Matamoros, a los dieciséis años, le dijo a su padre que él no quería seguir estudiando. Y su padre le puso a trabajar en los oficios más duros de la construcción.

―¿Que anoche estuviste de jarana y no te has acostado? ¡Vamos! ¡Arriba ahora mismo! Tienes que pintar trece chalets ¡y terminarlos todos hoy!

Siempre cumplía y siempre cobraba. Mucho dinero. Una tormenta de especulación inmobiliaria arrasaba el país.

A Matamoros le apasionaba la velocidad, por lo que se compró una Yamaha FZR 600, negra como el azabache, que cuidaba más que a la niña de sus ojos. Unos ojos claros, transparentes y tan azules, como los cielos de Madrid en días despejados.

―¡¡¡Me cago en las cenizas de Nabucodonosor!!!  ¡¡¡El puto chivato del aceite no se apaga !!! ―gritó Matamoros ―¡¡¡y sólo faltan cuatro horas para salir a la concentración!!!

Puso un whatsapp a sus amigos del Grupo VIP: “Anoche cambié el aceite a la moto y no se apaga el chivato rojo del circuito, no me atrevo a salir, si gripa el motor me voy a pegar una peladilla cojonuda ¿alguno sabe qué puedo hacer?”

Marcuan, Jamurria, Jj-Magic, Oveja, Pingo, Jordi, Sergio, Josué… se devanaron los sesos. Nada resultó.

―Voy a llamar a la grúa para que lleve la moto al taller. Con un poco de suerte estoy a la hora de la salida.

Estuvo. Con el piloto del aceite en rojo...

                              III

Foto: Marcuan

Una marabunta de más de treinta mil motociclistas se extendía por los pinares de Puente de Duero. 

Los descendientes de los trogloditas habían montado sus tiendas de campaña encima de la escarcha y el cascajo. Olía a resina y a piñón fresco antes de que empezaran a crepitar las hogueras, encendidas para combatir el frío de la noche. 

Las estrellas de la Vía Láctea centelleaban por encima de las copas de los pinos, dibujando un camino de diamantes, mientras las humaredas, mezcladas con la niebla, irritaban las gargantas, la nariz y los ojos. 

Pero eso tenía remedio: corderos asados a fuego vivo, regados  con vinos tintos afrutados de la tierra, hacían olvidar el humo y el frío a los centauros de la carretera.


Foto: Marcuan

Música, alcohol, hermandad, alegría, mercadillos, bocatas, sopa caliente…

Miriamar  apretó los cuernos a la serpiente y salió el primer huevo. Lo comió,  mientras los humanos tomaban doce piñones con cada campanada y bebían vino espumoso deseándose, entre abrazos y besos,  un Feliz Año Nuevo Motero.

Poco a poco su aleta caudal se transformó en dos esbeltas piernas, de piel tan tersa como la de un tambor. 


Foto: Marcuan
Dejó a su culebra cornuda en la ribera del río y llegó junto a una fogata solitaria, donde pudo secarse. Luego se vistió, se cubrió con su gorrita de pingüino y se unió a un grupo de chicos que pasaban por allí. Uno de ellos llevaba una enorme gorra de plato del ejército ruso.

Llegaron a una carpa blanca, rebosante de gente, que bebía y bailaba sin parar.

―Oye princesa, ¿te vienes a ver las estrellas conmigo? ―le dijo Ulises Matamoros nada más verla entrar por la puerta. Llevaba puesto un traje de cuero blanco y negro, pegado al cuerpo como la piel de una orca.

―Sí, a las tres en punto ―contestó la sirena.

―Pues venga, tómate algo hasta que sea la hora, que vas a flipar esta noche con el Matamoros ―dijo Ulises ―. ¡Camarera dos güisquis con cola! Rápido, joder, que la niña se tiene que ir dentro de tres horas con El Melenas, aquí presente, el encanto de las nenas,  jjjjjjjjj.

 ―¿Cola? ¿Aquí se beben las colas? ―contestó Miriamar, confusa y asustada.

―Aquí, reina de los mares, nos comemos la grava y nos bebemos hasta la vinagre, jjjjj ―rió Ulises ―. ¿Tienes moto o vienes de paquete?

―Tengo cuatro caballos…

―¿Cuatro caballos? Pero rubia, ¿tú cómo has podido llegar hasta aquí?, ¿en un triciclo como el de Marcuan? Jjjjjjj. Mi Yamaha FZR tiene 126 caballos pura sangre. Y todos tan negros como los cojones de un grillo, jjjjj.

―¡Oh! ¿Me dejarás conducirlos?

―¡Pero qué dices, pedazo de caramelo de miel! A mi moto sólo le soplo yo en el cogote, mientras ella muerde el polvo,  jjjjj ¡Soy yo el que da gas y ella la que se lo toma todo! ―dijo Matamoros riendo. ―Pero no sufras, bombón de la pradera, que mañana te llevo a pasear por Valladolid. Venga, menos rollo y vamos a bailar ¡Yipiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Foto: Marcuan

―Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…




                               IV

Cuando Miriamar bebió de aquel agua de fuego mezclada con brea burbujeante, notó en sus tripas el gorgoteo de un volcán submarino y se le incendiaron los ojos de sol nocturno.

―Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

―Yipiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Foto Marcuan
Ulises bailaba como un pavo real, con el vaso de cerveza en la mano, bendiciendo su suerte: estaba con la chica más guapa que había visto en toda su vida. 

Se sentía el rey de los trogloditas.

―¿Tú fumas? ―le preguntó Matamoros.

―No se qué es eso ―contestó Miriamar.

―Entonces vamos fuera.

Cruzaron la llanura sembrada de pinos piñoneros en dirección a unas matas. Miriamar trotó tras él, temblando de miedo, sin poderlo remediar... 

Tan pronto como llegaron a unos arbustos, Matamoros la tumbó en el suelo sin decir palabra y se echó sobre ella, besándola en los labios y en el cuello, penetrando en su entraña virgen. 

Un estallido de placer, como jamás había sentido,  le recorrió la espalda, hasta que el orgasmo les fundió en una explosión de fuegos artificiales, quedándose exhaustos, acurrucados uno junto al otro.

―¿Qué hora es?  ―preguntó de repente la hija del mar.

―¡Y yo qué sé!

Miriamar se levantó de un salto y echó a correr hacia el río.

―Pero tía ¿dónde vas en pelotas? ―le gritaba Matamoros, mientras se ponía el mono de cuero a toda prisa.

Miriamar llegó jadeante a la ribera. Faltaba un minuto para que su reloj de esmeraldas marcara las tres en punto.

―Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii… ―guturizó con suavidad.

La serpiente de mar oyó el aviso y levantó su cabeza cornuda por encima del agua remansada del río, reptando en silencio hacia su dueña. 

Miriamar se inclinó hacia ella, pero no le dio tiempo a tocarle los cuernos para obtener su segundo huevo mágico... Una sombra salió disparada como un resorte desde el bosque y se abalanzó de un brinco hacia la serpiente, blandiendo una gruesa rama de pino.

―¡¡¡Una culebra!!! ¡¡¡La madre que te parió!!! ¡¡¡Toma, hija de puta!!!

De un bastonazo, Ulises Matamoros, la partió en dos.

Cuando se volvió sonriente hacia donde estaba su amada, pegó un respingo que le hizo recular.

―¡¡¡Un tiburón!!! ¡¡¡Joder!!! ¡¡¡Ahora hay un tiburón en el río!!! ―gritó, desencajado.

Una explosión de espuma bajo el agua helada, lanzó por los aires a un hermoso delfín albino que, emitiendo un sonido gutural, nadó río abajo, perdiéndose en la eternidad.



 Yiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…




MARCUAN. (C)15/01/2014.