domingo, 17 de febrero de 2013

HUIDA...

Salgo de viaje al Sur con un viejo amigo... La crisis muerde en el gaznate de todos. 

Volveré. Ojalá con un relato nuevo: "La chica de la mirada triste"...




Foto Marcuan

Marcuan 17/02/2012

viernes, 8 de febrero de 2013

MONÓLOGO INTERIOR

"El monólogo interior, como cualquier monólogo, es un discurso del personaje puesto en escena, y tiene como fin introducirnos directamente en la vida interior de este personaje sin que el autor intervenga con explicaciones y comentarios y, como cualquier monólogo, es un discurso sin oyentes y un discurso no pronunciado; pero se diferencia del monólogo tradicional por lo siguiente: en cuanto a su materia, es una expresión del pensamiento más íntimo, más próximo al inconsciente; en cuanto a su espíritu, es un discurso anterior a cualquier organización lógica, y reproduce ese pensamiento en su estado naciente o con aspecto de recién llegado; en cuanto a su forma, se realiza en frases directas reducido a un mínimo de sintaxis"      
                                                                                                    DUJARDIN, Edouard.

¿Queréis intentarlo vosotros?  Yo no, porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Como me siento incapaz de hacer un monólogo interno, os presento el de mi profesora de Escritura Creativa.

Me parece genial... y ¡muy divertido! 


Isabel Cañelles


Ahí está el bobo éste ¿dónde iremos? quiero irme a casa ya no me da tiempo a arreglarme la falda me ha visto me da miedo sonríe huele a colonia que apesta qué morbo qué nervios venga sí venga vamos donde tú quieras me gustas esos pantalones estrechos la cazadora de cuero el olor mientras hablas te crees muy listo me gusta que hables que te creas muy listo yo te huelo ¿sentirás cómo me tiemblan las piernas? no tan ocupado hablando hay que joderse todos me llevan al café Central en fin se creen más cultos así venga ¿qué quiero? quedaría bien un té pero no mejor cerveza la cerveza es buena luego para los besos no saben tan mal sí eso quítate la cazadora ese olor de cuero que flota en colonia no las manos no por favor que dejen de temblarme los pajaritos piensa en los pajaritos qué pajaritos ni qué hostias habla habla pero acércate más a mí así así bajito y cerca ese chico me mira desbordo hormonas él lo nota todos lo notan y tú también aunque estés hablando de la base científica del arte imbécil pero está bien que hables es el juego vosotros habláis como si lo supierais todo yo callo como si fuera tonta pero luego bésame ha cruzado las piernas se aburre no yo me aburro no todo está bien es el juego sonríe me mira qué miras sigue hablando no te calles no me mires lo va a notar lo va a notar ya menos mal Kieslowsky claro ahora toca Kieslowsky por qué son tan gilipollas tan repititivos mañana es el cumpleaños de mamá no se me puede olvidar mierda ¿le regalo flores? qué rollo dormiré con éste y a saber a qué horas me levanto y luego ir a comer donde los papis bueno que me espera en la cama ya me lo sé yo éstos duermen como ceporros espero que se lo monte bien ya estoy harta de eyaculadores precoces ya sé una agenda le regalo una agenda ¿pero dónde la compro? no pues pasteles estará abierto algo por el barrio hostias qué plasta éste no para me tomaré otra cerveza a ver si nos emborrachamos y te atreves de una puta vez qué paciencia hay que tener si lo estás deseando pues venga ya empieza así dime más cosas bonitas ya vas aprendiendo tú eres olor otros eran tacto o boca tú olor lo demás sobra no ahora con Schopenhauer no bueno por lo menos al anterior le dio por Foucault una se culturiza con esto del follar lo malo es que no puedo concentrarme tengo que elegir o Schopenhauer o el olor ahora con el tabaco y la cerveza y un poco de sudor envuelto en esa colonia ¿qué marca será? da igual porque es suyo sólo suyo ya me inflamo tranquila los pajaritos me está temblando el párpado mierda qué asco me doy así otra vez dímelo otra vez pero más cerca ahora cállate y cógeme la mano no el pelo no me toques imbécil la mano ya bueno yo te llevo así despacito joder ahora que se está meando me cago en dios este tío es imbécil no se podría mear cuando estaba con el chop... no sop... chope... bueno el mierda ese qué asco se me va a quitar todo el rollo ése me sigue mirando pero no majo nada que hacer seguro que tú no hueles como éste y hoy todo lo que me excita me entra por la nariz ¡mmmm! mi mano huele a él qué rico con esto me bastaría para masturbarme ya viene y ahora qué cómo empezamos de nuevo me toca a mí él está cortadísimo ¿y qué le digo? si no quiero hablar quiero oler bueno ya sé le diré que me gusta esta canción que me pone melancólica eso les gusta que nos pongamos melancólicas y con cara triste y los ojos llorosos así funciona me mira compasivo ha colado me va a abrazar oh no puedo soportarlo tanta carne junta y ese olor le voy a manchar la camisa de maquillaje que se aparte ya me mareo voy a echar la pota ya está me suelta tengo que poner cara de agradecimiento a ver si me sale joder qué difícil es esto siempre es lo mismo pero una se desentrena cada vez noooo de jazz no no soporto a los que hablan de jazz me aburren todos esos nombres incomprensibles todos en inglés prefiero que me abrace aunque me maree ¿roncará? espero que no le huelan los pies el sudor no me importa me da morbo pero los pies no odio los pies y los calcetines ¿de qué color serán sus calcetines? espero que se los quite antes que los pantalones qué asco los pelos de las piernas y los calcetines uno más subido que otro siempre es igual espero que la tenga grande porque si no... ese secreto se lo guardan para el final los cabrones ¿ya está? ¿se te acabó el jazz? vaya cara de besugo que se te pone cuando no hablas toma coge mi mano tonto eso es apaga el maldito cigarro y bésame aj tiene los labios cortados qué asco bebe un trago antes de besarme por dios mójate esos pellejos ay si no fuera por tu olor ¿ya? venga 
bésame bésame decídete ya así así qué repugnancia tiene la   saliva viscosa en cada uno es diferente en unos líquida y abundante en otros coagulada y con cosas sólidas como sopa de sémola ésta es viscosa parecen mocos a ver como hacemos luego para que no se quede el hilillo colgando olvídate de eso no pienses intenta sentir que es maravilloso romántico no puedo pero igual me excita ese olor un pelo mierda un día de estos me lo rapo al cero para comer sopa y para el sexo odio mi pelo a ver cómo lo quito disimiladamente con la mano ya está menos mal hay veces que no quieren salir los cabrones de los pelos la lengua la tiene granulosa ¿qué hace? quiere metérmela en las encías espero que no me haya quedado ningún resto de comida ay qué incómodo me va a entrar tortícolis córrete un poco no puedo respirar qué agobio tiene la nariz grande me hace daño en el pómulo cómo huele y sabe a cerveza y tabaco nada más menos mal aunque un poquito a podrido ¿tendrá alguna muela picada? seguro me quiere absorber las entrañas es de los que absorben entonces tengo que poner boca de gorrión y dejar que se la coma joder cómo dura este beso no mejor bombones le regalo bombones y ya está a papá también le gustan esto no termina nunca seguro que le da miedo apartarse por lo del hilillo qué paciencia hay que tener si no fuera por lo del olor ahora mezclado también con la saliva tengo toda la cara empapada y ése que sigue mirándome y yo con estas pintas y éste que no para deja de pensar cierra los ojos y deja de pensar por favor por favor por favor.


                                            

jueves, 31 de enero de 2013

REGÉNESIS



Esta semana, en la Escuela de Escritores, nos han propuesto hacer un relato que produzca miedo. 

En estos momentos lo que más miedo me da es mi país, pero reconozco que no tanto como el que pasó el protagonista de mi cuento. 

Aunque os parezca mentira, un científico quiere convertirlo en realidad: ya se puede.



El doctor Jorge Iglesias, a sus 47 años, era un excelente genetista. Su preparación científica había empezado en la Universidad de Alcalá de Henares, pero con su expediente de doctorado cum laude en Biología, no le fue difícil obtener una beca de profesor en la Facultad de Ciencias de la Universidad de California.  

Su especialidad era la multiplexación molecular: clonaba animales mamíferos… hasta esa mañana.

―Doctor Iglesias ―dijo Silvia, su ayudante de laboratorio ―ha llamado el secretario del señor Thomas Harris. Quiere que vaya a visitarle esta misma tarde.

― ¿Y quién es ese señor? ―preguntó Jorge.

―El principal mecenas de nuestra universidad... Mandará un helicóptero a recogerlo.

Mientras el helicóptero sobrevolaba los jardines de la casa del millonario al borde de un acantilado, antes de posarse, a Jorge le parecieron una clonación de los jardines colgantes de la antigua Babilonia.

A Jorge, Thomas Harris, le pareció un hombre viejo y decrépito. Sólo su mirada conservaba la fuerza de un láser. Cuando se sentó frente a él, notó cómo taladraba su cerebro y sintió miedo cuando, en la penumbra del inmenso despacho, resonó la voz terrosa del anciano.

―Profesor, yo he sido quien ha financiado sus estudios en California. Conozco su vida mejor que usted mismo.  Ahora trabajará para mí en exclusiva. Si sale de su boca alguna indiscreción de lo que le voy a decir, lo pagará con su desprestigio o con su vida. ¿Lo ha entendido? 

―Sí señor ―dijo Jorge. Le entró sed.

El anciano levantó una mano y, de inmediato, apareció un criado con una copa de agua. Era de cerámica de Capodimonte.

―Pues vayamos al grano: quiero que clone un hombre de Neandertal.

Iglesias inclinó la cabeza y se quedó profundamente dormido, lo que no sorprendió en absoluto al señor Thomas: sabía que Jorge sufría de narcolepsia. Se levantó y se acercó a aquel cuerpo inerte, pero que podía oír y sentir.

―Doctor, escuche:

Dispone de un laboratorio en el sótano donde tenemos la secuencia completa del genoma obtenido del cráneo de un Neandertal.

Lo cortará en 10.000 trozos y sintetizará cada uno de ellos, repitiéndolo de forma semiautomática hasta que obtenga una línea celular, lo más cercana posible a la correspondiente secuencia del Neandertal.

Ensamblará todos los fragmentos en una célula madre humana, hasta crear un embrión.

Luego lo implantará en el útero de una mujer de caderas anchas; sabemos que eran mucho más grandes que nosotros. 

Si tenemos éxito, los produciremos a miles. Pondremos de moda la adopción de bebés Neandertales entre los padres de nuestro tiempo. Participará de los beneficios.

Thomas abandonó la habitación.  El doctor Jorge Iglesias se despertó de repente y creyó que todo había sido un sueño. Se equivocaba. Bebió la copa de agua de un trago.

Un año después, nació el primer varón Neandertal en la Tierra, desde la desaparición del último de su especie, hacía 40.000 años. Jorge lo llamó Regénesis porque había vuelto a ser creado.

El viento húmedo y cálido del Océano Pacífico se colaba a través de la ventana entreabierta del cuarto de Regénesis. Acababa de cumplir 15 años. Había libros y juguetes electrónicos desparramados por todas partes. Aunque era  noche cerrada, no necesitaba luz: Regénesis podía ver a través de la oscuridad. 


Regénesis sintió hambre. Pero era una sensación de hambre distinta: hambre de carne humana. Se levantó. Sabía que su padre sufría de insomnio durante largos periodos de tiempo. Lo encontró en la cocina, leyendo un libro.

―Hola Reg ¿Quieres comer algo? ―dijo el genetista.

―Sí.

Los ataques de narcolepsia se producen al sufrir una fuerte emoción, como el miedo. Cuando Jorge Iglesias vio aquellos ojos mirándole fijamente, le entró miedo, mucho. Sus investigaciones eran acertadas. Cayó al suelo, paralizado.

Luego sintió cómo aquel Neandertal venido de la Prehistoria, se arrastraba hacia él poco a poco, olfateando su cara. Notó una lengua húmeda y pegajosa lamiéndole la nariz, hasta que desapareció después de una brutal dentellada. El siguiente mordisco le arrancó de cuajo la oreja izquierda. 

Cuando Regénesis mordió con furia su arteria carótida, Jorge Iglesias supo que no volvería a despertarse jamás. Se llevaría su secreto a la tumba.

Un Hannibal Lecter Neandertal salió de la casa de Thomas Harris, cruzando los jardines neobabilónicos, con un regusto dulzón en la boca. 
   
El doctor Iglesias, durante la crianza de Regénesis, descubrió que los Neandertales habían evolucionado para cazar en bosques helados. Cuando se produjo el calentamiento medioambiental posterior a la última glaciación, no se adaptaron al cambio climático y desarrollaron el gen de la antropofagia, convirtiéndose en caníbales. 



Se devoraron unos a otros, hasta exterminarse.

  
(C)Marco: 30/01/13.

jueves, 24 de enero de 2013

GURU-GURU


No debemos olvidar que la especie humana es generosa por naturaleza. De lo contrario hubiera desaparecido de la faz de la Tierra hace miles de años. 

Y debemos seguir ayudándonos a supervivir en estos tiempos difíciles, que pasarán. Ojalá sea pronto.



Miré la hora: eran las tres en punto de la tarde del día de Reyes.

―Te invito a comer un arroz en La Marea ―dijo Susana.

―De acuerdo. A la botella de vino blanco invito yo ―contesté a mi mujer.

Caminábamos ateridos de frío junto al malecón de la ciudad de Cádiz, azotado por ráfagas de viento racheado del Noroeste.

―¿Por qué vas mirando tanto al cielo? ―me preguntó al cruzar la calle.

―Por si se nos cae una palmera encima.

Entramos en el restaurante  y no tuvimos que esperar.

―¿Les parece bien esta mesa cerca de la playa? ―nos dijo el camarero.

―Sí, está bien ―dijo Susana―. Cariño, voy a llamar por teléfono a mi hermana dentro, aquí no se oye.

Estaba solo cuando trajeron a nuestra mesa una botella de color verde metida en un cubilete con hielos, un plato de aceitunas  machacadas y un cestillo con picos y rebanadas de pan.

El trago de vino blanco afrutado de Arcos de la Frontera, se mezcló en mi boca con el amargor de las olivas de Jaén y el pico de Xeréz; mientras veía  un mar embravecido a través de la ventana de plástico trasparente.

Pensé que, por primera vez en mi vida, estaba de acuerdo con el dogma de la infalibilidad del Papa Benito XVI: había dicho que los Reyes Magos eran andaluces. Seguro que beberían y comerían por el camino lo mismo que estaba bebiendo y comiendo yo, con la misma felicidad,  dos mil años después de su viaje a Belén.

―¡A su salud, Majestades! ―dije levantando mi copa.

―¿Pero me quieres decir qué haces hablando solo? ―dijo Susana a mi espalda ―¡ya empiezas a chochear! ―. Se lo conté y nos echamos a reír.

El arroz verde con almejas servido en cazuela de hierro forjado, apareció en su punto, borboteando, pero no venía solo.

―¡Señores! ¡El cuarenta y tres! ¡Tengo el cuponazo del sábado!

La lazarilla, una adolescente rubia y espigada, guiaba a un ciego gordinflón entre las mesas, con presteza y habilidad felinas.

―No gracias.

Al rato, después de succionar la octava almeja y  beber otro trago de vino, me encontré de pronto unas gafas de sol estilo Gadafi, oscuras como el carbón, junto a la servilleta.

Levanté la mirada despacio hacia un marroquí de cuello grueso como un toro.

―No gracias.

El vino Tierra Blanca empezaba a producirme euforia,  y me dejé vencer por la generosidad con el siguiente grupo de acosadores: los gorriones.

Cinco o seis entraron por las comisuras del chiringuito y se acercaron con desparpajo a la mesa. Cuando les eché varias migajas de pan armaron tal alboroto, que me recordaron al  patio del colegio.


Terminaba de rechupetear la última almeja, cuando apareció un joven negro, de piel satinada,  alto y pulcramente vestido. Me ignoró, se acercó a mi mujer y  susurró a su oído, mientras le ofrecía una pulsera de piedras rojas.  Susana se la puso. Luego  se dirigió a mí, ofreciéndome otra de tonos rosáceos y naranjas. Apoyó con suavidad su mano en mi hombro, se agachó y acercó sus labios gruesos hasta mi oreja.

Su voz acariciaba.



―Guru-Guru, mi abuela, mon grand-mère, dice protección de espíritus para ti y buena suerte.

―Págale, cariño, son muy bonitas.

―Una, tres euros; dos, cinco euros ―dijo como un rayo.

Al pagarle me enseñó los dientes en cinemascope más blancos que he visto en mi vida. Luego atacó en la siguiente mesa, ocupada por  seis mujeres de mediana edad, con la misma técnica. No le perdí ojo. Después de arrasarlas,  le hice una seña para que se acercara.

―Me llamo Marcuan, he sido profesor y abogado, ahora escribo cuentos. Esta es mi tarjeta, por si quieres leerlos en mi blog ―dije ―quizás escriba uno sobre ti. ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ―le pregunté.

―¿Avocato… profesor de qui? ¡Ah! De Yeografí. Yo soy de Senegal, me llamo Makelele y tengo 21 años.

―¿Hablas francés?

―Oui, monsieur ―dijo Makelele.

Por fin terminamos de comer. No quedaba un grano de arroz en la cazuela. Se acercó el camarero.

―¿Es usted Marcuan? ―preguntó.

―Sí ―contesté extrañado ―. ¿Cómo lo sabe?

―¿Puede acompañarme, por favor? ―dijo ―. Un policía pregunta por usted.

―¿Quieres que vaya contigo? ―dijo Susana, alarmada.

―No, espera aquí ―contesté ―. Me entero de quién es y vuelvo. Será algún amigo de Alcalá.

Acompañé al camarero hasta el interior de las cocinas del restaurante.

―¡Mon ami avocato! ―gritó Makelele, nada más verme. Estaba esposado entre dos policías nacionales. Uno de ellos, gigantesco, se acercó a mí con la tarjeta de presentación que le había dado a Makelele.

―¿Es usted abogado? ―dijo en un tono socarrón ―. Porque aquí pone Marcuan  “Escritor motero”…

―Pues verá usted señor agente… para empezar quítele los grilletes a Makelele, por favor, y después me enseñan sus placas de identificación, si son tan amables.

De repente, en la cocina, no se oyó el ruido de un solo plato.

―¿Y qué moto tienes, si se puede saber? ―preguntó el guardia grandullón.
MP3 500 LT Sport

―Una MP3 500 LT Sport ―contesté sorprendido.

―¡Eso no es una moto, es un triciclo! ―dijo riendo ―¡Mi Kawasaki VN 1700 Voyager Custom sí que es una moto!

Kawasaki VN 1700 Voyager

―La moto de Batman ―respondí.

Nos estrechamos la mano.

A las cinco en punto de la tarde, hora torera, una extraña cuadrilla formada por dos policías, un joven senegalés y un jubilado, hacía el paseíllo entre las mesas del Restaurante Cervecería La Marea, frente a la playa de la Victoria, en Cádiz.

―Susana, llama a Andalucía Acoge, auxilia a los sin papeles. Te espero en Comisaría.

Durante los cinco días siguientes visitamos a Makelele en el Centro de Internamiento para Extranjeros.

―Te van a repatriar… ¿lo sabes, no?

Makele nos regaló una sonrisa marfileña.

―Volveré, mon ami avocat, volveré… soy joven, soy fuerte, soy valiente...

Me quité de la muñeca la pulsera de piedra roseta y se la devolví.

 ―Guru-Guru ―le dije.

Nos dimos un abrazo de despedida, mientras oíamos los rugidos del mar, cercano. 


Foto: Marcuan



Marcuan: 23/01/2013.

sábado, 12 de enero de 2013

GUADAÑAS DE CUNETA


Hace unos días un guardarrail segó la vida de un joven motorista de 37 años.

Que en paz descanse.


Este relato va dedicado a su memoria. 

También espero que nos sirva de reflexión a los motociclistas, para que la fortuna y la prudencia no nos abandonen nunca.


Pedir a los políticos responsables la implantación obligatoria de los “quitamiedos” o protectores de las “guadañas de cuneta”, que es lo que son las vigas que sostienen los guardarrailes, es predicar en el desierto o arar los caminos.


Pero algún día lo conseguiremos porque:”La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” (Art. 1, 2 Constitución Española). 


Que no se les olvide.



Ducati Diavel


Era perfecta y muy bella. Antonio la miraba embelesado. Acarició despacio con sus manos aquella piel metalizada, sintética y sonrió satisfecho. Olía a virgen.


Antonio tenía 37 años recién cumplidos y un porvenir brillante como psiquiatra. Su consulta estaba a  rebosar, nutrida por la crisis económica.

Se sentó encima de la impresionante Ducati Diavel de color rojo fuego, recién comprada, capaz de alcanzar los 150 km/h en menos de seis segundos y reguló los espejos retrovisores.


Imposible pasar inadvertido…


―¿Vas a salir con tus amigos, dejándome sola todo el día?


Carmen, a su espalda, le observaba con ojos húmedos. Había intentado ir sentada detrás de aquellas máquinas infernales, sin éxito. Cuando Antonio cogía velocidad, le daba un ataque de pánico. En una ocasión casi se tira de la moto en marcha.


―Sí ―contestó Antonio.


―¿No te da vergüenza?  Me prometiste que iríamos de compras y luego al cine.


―Han llamado los de la peña ―dijo Antonio ―hace muy buena mañana para salir y…


―¡Por mí como si no vuelves más! ―respondió Carmen. Se metió dentro de la casa dando un portazo.


Antonio arrancó la moto,  cliqueó el mando automático que abría la puerta de la cancela y subió por la rampa del garaje sin mirar atrás. Sabía que su mujer estaba llorando. No comprendía por qué ahora Carmen odiaba tanto su afición a las motos. Antes de casarse no parecía importarle. 

Quizás por la falta de hijos…


Al domar con un giro de muñeca los 165 caballos de potencia que cabalgaba, se le olvidaban los dramas que oía a diario en su consulta. Podía sentir el golpeteo de la adrenalina en sus sienes cuando aquellos 250 kilos de metal, se volvían ingrávidos. 


Era mágico.


―Voy a tener que divorciarme ―gritó dentro de su armadura ―estoy harto.


El sol brillaba en lo alto, mientras la carretera serpenteaba entre campos alfombrados por brotes verdes de trigo y cebada. Un aire tibio y limpio le atravesaba como los rayos X por las toberas del casco, mezclándose con el ronroneo del motor. Se desconcentró.


Y cometió un error: dejó de conducir 200 metros por delante de aquella bala roja en la que iba subido. No vio a tiempo la mancha de gasoil  derramado por un camión en el peralte de la curva.

―¡Maldita sea! ―gritó Antonio, mientras derrapaba sobre el asfalto.


Su pie izquierdo quedó atrapado en la estribera y lo arrastró hasta el guardarrail. No sintió dolor cuando golpeó su cuello contra la viga cortante de metal y pudo ver desde la cuneta, en un chispazo de vida, cómo su cuerpo seguía abrazado a la moto en un baile mortal.

Sabía a hierba y a tierra húmedas. Luego un abismo negro se lo tragó todo.


Marcuan. 12/02/12

viernes, 28 de diciembre de 2012

NOCHEBUENA: CUENTO DE NAVIDAD.


Estimados lectores. Desconozco si entre vosotros hay personas que lo pasan mal por la crisis económica. De ser así, me gustaría arrancarles una sonrisa con este cuento de Navidad, basado en un hecho real.

Ojalá lo consiga.

Os deseo una feliz Nochebuena… Mejor que la de Peláez.




El agente Peláez estaba harto de la crisis y de ser policía: su trabajo empezaba a  deprimirle. Durante los desahucios, se bajaba la visera del casco para que sus compañeros no le vieran llorar.

Pero daba igual, todos sabían que a la vuelta tenían que parar el furgón para que vomitara.

―Esta Navidad no cobro la extra ―masculló entre dientes ― y encima me recortan al compañero del coche patrulla. Parezco un Robinsón Crusoe.

Peláez se sentía un agente de la ley y el orden frustrado, porque no recibía las órdenes que sí le gustaría cumplir: perseguir a los que se llevan el dinero de la corrupción a Suiza.

―Aquí Central llamando a 43 ―sonó por la radio―. Tenemos 
una emergencia por posible ingesta de alucinógenos en la calle Botticelli número 11, 1º-A. Distrito Vallecas. Cambio.

Peláez se desperezó con calma antes de responder. Eran las 21 horas de la Nochebuena y, a esa hora y en esa fecha, lo máximo que podía pasar es que un idiota se rebanara un tendón de la mano con el cuchillo jamonero. Pero un caso de alucinógenos…

―Aquí coche patrulla 43. A ver, Fuencis ¿eres tú, voz de sirena? ―preguntó ―. Explícate un poco mejor con el que se ha tragado un polvorón de LSD.

―Peláez, menos bromas de servicio ―
contestó Fuencisla ―.Escucha con atención. Un tal Sr. García nos ha llamado diciendo que había una boa en su retrete. Comprueba su estado mental y llama a una ambulancia, si es necesario. Cambio.

Al instante activó la sirena y las luces, enfilando por la M-30 a toda velocidad, sentido Sur. Cuando llegó, aparcó a la puerta, subió por las escaleras y llamó al timbre. Abrieron y enseñó su placa.

―Policía. Buenas noches ¿Es usted el Sr. García? ―preguntó.


―Sí, soy yo, pase, pase, señor guardia.


El señor García tenía aspecto de persona mayor, apacible y cabal. Estaba tan solo como él. 

―Usted dirá.

―Pues verá usted, esta noche he cenado pronto y antes de acostarme me he ido al cuarto de baño. Y cuando levanté la tapa del inodoro, ha salido la cabeza de una boa ―dijo el señor García, tan tranquilo.

―Bueno, bueno, que todavía no son los Santos Inocentes… ―dijo Peláez. ― ¿Ha bebido usted mucho en la cena o ha tomado alguna pastilla?

―Mire, señor guardia, soy un jubilado del Metro ¿Le parezco borracho o trastornado? ―dijo el anciano ―. Acompáñeme, por favor.

Al final de un largo pasillo estaba el servicio. El señor García abrió la puerta y dio la luz. Todo estaba ordenado y pulcro, como en un barracón militar.

Peláez desenfundó la pistola para hacerse el interesante, que eso impresiona mucho al personal y llega a oídos del comisario. Necesitaba aumentar su prestigio.

―Levante la tapa ―ordenó al anciano ―veamos  a la serpiente del lago Ness…

― ¿Yo? ¿Está usted loco? ―dijo García  ― ¡Ni por todo el oro del mundo!

Y allá fue Peláez.


Cuando alzó la tapa, surgió la cabeza de una boa, igual que si fuera el cesto de un faquir. Peláez pegó un  respingo, cayendo de espaldas sobre el señor García. Pero lo peor fue el tiro que se le escapó.


― ¡Me cagüen…! ¿Está usted bien? 

―Un poco acojonado… la verdad   ―contestó con un hilo de voz el señor García.

Esa Navidad, todos los vecinos del portal se perdieron el discurso del Rey.

Prefirieron ver desde los balcones aquel espectáculo multicolor de luces estroboscópicas: rojas las de los bomberos;  amarillas las de las ambulancias y, las de la policía, azules.

La calle Botticelli parecía un Belén.


La furgoneta del Zoo de Madrid no llevaba luces, pero fue la que más gustó a la gente. Cuando los empleados sacaron la boa en un contenedor recibieron una cerrada ovación. Como los toreros.

Más tarde se supo que el vecino del 5º-A había ido de viaje a Cuba hacía dos años. Se trajo una lombriz verde y amarilla de recuerdo, pero cuando empezó a crecer se asustó y la tiró por la taza del váter.

A las ocho de la mañana, ojeroso, Peláez entró en los garajes de la Central de Policía, entregó las llaves al encargado, firmó el parte y subió a cambiarse.

―¡Feliz Navidad! ―gritaron sus compañeros de turno, cuando abrió la puerta del vestuario.

Todos le esperaban sonrientes. En unas mesas improvisadas, había varias jarras de chocolate caliente y una enorme porra enroscada, con una gran cabeza de boa de cartón en el extremo. Llevaba puesto un capirote de Papá Noel hecho con papel de colores. Se sentaron a la mesa, expectantes.

― Cuenta, cuenta ―dijo Fuencisla, a su lado. A Peláez le pareció que estaba buenísima.

― ¿Sabéis lo que os digo? Me dan ganas de abandonar el Cuerpo de Policía, no aguanto más. Tanto examen psicotécnico, tantas artes marciales, tanto estudiar criminología… ¿Para qué? ―resopló Peláez  ―¿para dar porrazos a los yayoflautas y tener que enfrentarte a una anaconda del Caribe?

―Boa, Peláez, boa, si hubiera sido una anaconda no estarías aquí ―dijo Fuencisla―. Venga, vamos a tomarnos el chocolate con porras, antes de que se enfríe: ¡Feliz Navidad!

Y le estampó a Peláez un sonoro beso en todo el morro.



Marcuan: 24/12/12.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

ANCESTROS DE BRONCE II


Termina la ventura de los dos hermanos tartesios en tierras muy lejanas, que algún día visitaré.

Quizás nos encontremos por los bosques de Harz algún día, amigos ¡Espero que no sea dentro de 3.000 años!

Foto: Marcuan

                               VI  
     
Cuando  Manhucht y sus compañeros se dieron de bruces con el Océano, les pareció grandioso. El olor salino de la brisa marina les embriagaba.

Los días eran soleados y aquella inmensidad de agua azul no estaba tan fría como la de sus ríos. Encontraron cobijo en unas cuevas cercanas y se dedicaron a disfrutar de los baños y de la pesca. 

Recolectaban toda clase de animales marinos, los manoseaban y los lamían con curiosidad, discutiendo sobre los olores y sabores recién descubiertos.

Amanecía cuando sonó el cuerno de caza.

Los que dormían en el refugio rocoso asfixiaron la fogata y agarraron sus armas. El vigía vino corriendo y les señaló un punto blanco en el mar.

Escondidos en las rocas, vieron cómo una barcaza se acercaba a la playa hasta aproximarse a un tiro de lanza. Desde dentro echaron el áncora al agua. Cuatro hombres y una mujer bajaron hasta llegar a la arena, escudriñando los alrededores.

Como un espejo uno de los escudos de bronce reflejó un rayo de sol y un eco metálico rebotó en el acantilado, cuando los íberos desenvainaron sus espadas. 

Entonces, cinco guerreros nibelungos salieron a su encuentro con las lanzas en ristre.


― ¡Alto, no ataquéis! ¡Venimos en son de paz! ―gritó Maran, a todo pulmón, en lengua
celta―. ¡Buscamos los bosques de Tucht!

Manhucht quedó asombrado al oír pronunciar a aquel hombre del mar el nombre de su padre.  Clavó el mango de su lanza en la arena y bajó el escudo.

― ¿Quiénes sois y de dónde venís?

― Somos fugitivos tartesios y venimos del Sur de Iberia― dijo Maran. ― ¿Quién es vuestro jefe?

Manhucht y Maran se fueron acercando poco a poco, con la boca seca por el miedo.

Cuando estuvieron frente a frente enmudecieron: dos torques de oro celtas, idénticos, refulgían en sus cuellos al sol del mediodía.

                              VII

La luz de la luna llena bañaba el poblado de Osterode, pero no podía penetrar hasta la cripta de la gran cueva, donde todas las familias, en silencio, escucharon la extraordinaria aventura de Maran y Norka.


Cueva de Osterode

Luego habló Tucht, el padre de Manhucht, y les contó que Wotan era su hermanastro, hijo de un guerrero celta nómada. Wotan se había marchado del poblado cuando él aún gateaba.

―Muchas lunas atrás ―dijo Tucht ―dos hombres llamados Thor y Seg se presentaron en mi cabaña enviados por su jefe Wotan, para entregarme un torque de oro celta. Y no he sabido más de él, hasta ahora. Mi clan protegerá a los dos extranjeros.

                              VIII

Maran construyó una herrería con horno de fuelle, el único capaz de alcanzar la temperatura suficiente para fundir los lingotes de hierro, usados como lastre en la barcaza. Pudieron recuperarlos con los caballos de Manhucht.

― ¿Te gustan los caballos, Norka?

― Mucho, Manhucht.



Norka se marchó a ver la granja del hijo más pequeño de Tucht. Nevaba. El olor a estiércol y el ambiente tibio de los establos, le recordaron su hogar. 

Cuando acariciaba las crines de un potro blanco, sintió cómo una mano poderosa retiraba con suavidad los copos de nieve pegados a sus cabellos.

Volvió su cara hacia Manhucht, con temor, pero su miedo desapareció al ver ternura y pasión en aquellos ojos, tan azules como los cielos de Iberia.

Se abrazó a aquel hombre de las montañas.

Bosques de Harz
En el silencio de los bosques nevados de Harz, los gemidos de aquellos dos cuerpos se fundieron con los relinchos de las yeguas, como el cobre con el estaño…

Los calderos y vasijas de Osterode eran más grandes por estar fabricados de hierro. También sus arados, hoces y guadañas se hicieron famosos en la comarca y el clan de Tucht se enriqueció, aumentando en número.

Las joyas diseñadas por Norka, embellecían aún más a las jóvenes valquirias.


                                        

                              IX

Seg  vengó el asesinato de su hermano Thor, acabando con la vida de  Wotan y siguió el rastro de los hermanos fugitivos, como un hurón, durante mucho tiempo.

Cuando descubrió dónde estaban, dio la orden a un enjambre de asesinos de atacar Osterode, sin piedad.

― ¡Buscad a Maran y a Norka! ¡Los quiero vivos! ―gritaba Seg a su horda.

Manhucht, junto con hombres y mujeres de su clan,  alejados del poblado, habían conseguido escapar de la matanza y se ocultaron bajo la cripta de la cueva sagrada. Nadie los encontraba.

― ¡Traedme una mujer preñada y un hierro candente! ―ordenó Seg a sus esbirros.

La mujer, antes de que le taladraran el vientre, les señaló dónde estaba la gran cueva. Cortaron su cabeza de un tajo y se dirigieron como perros rabiosos a la cercana montaña.

 ― ¡Seg! No podemos entrar ahí con armas, son pasadizos muy estrechos ―dijo un guerrero.
Cuevas de Osterode

― ¡Asfixiadlos! ¡Que nadie escape con vida! ―mandó Seg.

Llevaron un caldero de betún a la entrada y lo prendieron fuego; luego echaron cristales de azufre a las llamas y cegaron todas las salidas.

En la oscuridad del interior Maran se acercó a Manhucht.

― ¿Dónde está Norka?

―Muy lejos. A seis días de aquí. Ha ido a regalarle un potro blanco a su amiga Friederike ―respondió  Manhucht.

Una neblina amarillenta y mortal se deslizaba poco a poco entre las estalagmitas, como una serpiente de río, hasta enroscarse en las gargantas de aquellos hombres y mujeres de finales de la Edad del Bronce...

Maran y Manhucht, recostaron sus cabezas en las frías piedras del suelo de la cripta sagrada.

Murieron juntos, sin saber que Norka llevaba un hijo de Manhucht en sus entrañas.
                                                        
                                X

Ciento veinte generaciones después, Uwe Lange y Manfred Huchthausen, se reencontraron con sus ANCESTROS DE BRONCE gracias a Susanne Hummel, antropóloga de la Universidad de Gotinga (Alemania) y su equipo de científicos.


Susanne Hummel
“Tuvimos una buena suerte increíble, el material genético estaba tan fresco como el que toman los forenses,  a los tres días de un crimen, de la sangre o del semen de la víctima.

Algunos esqueletos estaban cubiertos con calcio, el mismo que formó las estalactitas y las estalagmitas durante milenios. Ese calcio preservó la estructura molecular de los huesos, por lo que en 2.007 pude extraer material genético de la mandíbula y de los molares del cráneo de un adulto, encontrado en la cripta de la cueva.

Luego convocamos a los vecinos de la zona y tomamos muestras de ADN a cerca de 300 voluntarios.

Encontramos dos casos positivos: los de Manfred Huchthausen y Uwe Lange, con total seguridad. Coincidían al 100% por 100%  con la muestra tomada a su antepasado. 

Hoy en día, se admitirían como prueba irrefutable de paternidad ante un Tribunal de Familia.

Nuestras pruebas de ADN demuestran que la gran mayoría de los 40 esqueletos encontrados en 1980 en esa cueva, eran parientes. Está claro que se trataba de una especie de cripta sagrada familiar, quizás la de un gran jefe y la de su clan. Se los enterró juntos porque pertenecían a la misma familia.

Estoy segura de que si se aplicara el test genético a una mayor población, aparecerían muchos miles de descendientes de este clan, desparramados por todo el mundo.

Fue un golpe de fortuna haber encontrado dos líneas de sangre que nunca se alejaron mucho de esta cueva: el hogar de sus ancestros de la Edad de Bronce".
Susanne Hummel.


Uwe Lange

“Jugábamos en estas cuevas de niños. Nunca me hubiera atrevido a entrar, de haber sabido que mi antepasado estaba enterrado allí.

Cuando nos hemos reunido todos los parientes del hombre de la cueva, tengo que admitir que no veo ningún parecido entre nosotros.”

Uwe Lange.


Manfred  Huchthausen

“La figura de cera de mi ANCESTRO DE BRONCE, se parece un poco a mí…

 A los que quieran saber cómo se siente uno pudiendo rastrear sus raíces familiares hasta 3.000 años atrás, puedo decirles que es imponente, sensacional y fascinante.

Tuve una extraña sensación cuando visité la cripta, pero cuando me dejaron tocar los huesos de mi antepasado, sentí una gran emoción ¡Mis manos sostenían 120 generaciones de mi familia!”

Manfred Huchthausen.


Marcuan: 19/12/2012. Copyright.