jueves, 30 de mayo de 2013

DESPEDIDA

Me despido de vosotros, amigos lectores del mundo, agradecido por vuestra fidelidad.  Nos hemos divertido juntos en "Las Columnas de Heracles", durante mucho tiempo.

Ahora debo reflexionar.

Volveré algún día. 

Adiós.


Foto: Marcuan.




 

martes, 23 de abril de 2013

OBJETO TABÚ



Mi profesor nos pide escribir un relato erótico. Es difícil acertar. En mi opinión es como un juego de cartas: o te pasas o no llegas...

Vosotros juzgáis si gano el envite.




Hola, me llamo Lily de Lelo: vibrador de última generación.

La verdad es que no debería estar hablando en público, porque soy un objeto tabú y lo tenemos prohibido, pero mi dueño es un ser especial. Se ha apuntado a un curso de Escritura Creativa y tiene que hacer un relato donde debe hablar un objeto de su casa ¡Qué cosas más raras pueden hacer los humanos!

Estoy orgulloso de él porque de las cientos de cosas que posee,  me ha escogido a mí. Al principio tuvo dudas, ya que compró un objeto nuevo al que quiere mucho: una moto con tres ruedas. Como parece un triciclo lo llama Trici. A mi me llama Donald, porque tengo pico de pato.

Mi dueño tiene un espíritu joven y risueño, aunque es un señor mayor, ya jubilado. Debería estar jugando a la petanca y viajando a Benidorm en invierno. Pues no, se va a clases de boxeo los lunes y viene machacado. Bueno, así es mi noche de descanso y puedo recargar la batería a tope.

Al principio estaba celoso y llevaba mal lo de Trici, porque la pasea los fines de semana después de bañarla con mimo. Me daba pavor que cualquier día me dejara huérfano, la chula esa. Pero los celos se me van pasando porque tengo que reconocer que  me trata como a un príncipe.

Siempre me tiene en perfecto estado de revista militar: limpio y estéril. Me guarda en una caja ergonómica, dentro de una bolsa de seda negra. Además no me enseña a sus amigos, cosa que siempre hace con Trici: hasta deja que la manoseen y se suban encima de ella.

Mi corazón es un motor de diseño: una  auténtica joya de la ingeniería electrónica.  

Mido 7.5 cm de largo, por casi 4 cm de ancho y 2.5 cm de alto, pero genero una vibración potente y silenciosa. Puedo llegar a alcanzar los 8 Hz de frecuencia vibratoria; una barbaridad para un cuerpo tan pequeño. En lo único que me parezco a Trici es en que tenemos diferentes velocidades;  en lo demás soy superior y yo no contamino.  No hay otro objeto en esta casa tan sofisticado como yo. 

Mi inolora piel metálica es hipoalérgica y suave como el terciopelo. Está recubierta de oro de 24 quilates.  Su composición se probó en la exosfera y resistió  todas las radiaciones del Universo.

También soy hermético e insípido y aguanto las salpicaduras de agua, pero no la inmersión.  Mi dueño se dio cuenta de que no somos submarinos cuando ahogó a mi hermanastro Nea de Lolo; no porque fuera negro, sino porque no leyó las instrucciones. Lo sumergió en la bañera llena de agua caliente para ver cómo se comportaba. 


Cometió un imperdonable “consoladoricidio” por electrocución.

Me diseñaron así porque me muevo por los lugares más delicados y protegidos de la anatomía femenina, que ellas siempre cuidan y cubren. En cambio conmigo, las humanas se muestran tan naturales como cuando nacieron.

Mi color dorado resulta muy agradable a la vista de las mujeres. Me di cuenta de ello cuando hicimos el viaje a Cuba. Mi dueño siempre me lleva de turismo. Al cruzar la aduana pasaron los equipajes por el escáner y una teniente del Ejército Revolucionario le obligó a abrir la maleta e intentó cogerme. Casi acabamos en Guantánamo al no permitírselo y nos detuvieron.


Mujeres soldado cubanas
La mulata, una guerrillera de armas tomar, nos llevó a un cuartucho maloliente y destartalado y al verme salir de la caja, se imaginó que era una bomba de mano. 

Desenfundó su nueve milímetros Parabellum y nos estuvo apuntando hasta que mi dueño —pálido como la cera —le hizo una demostración extracorpórea de mis capacidades. Menos mal que es muy hábil manejándome.

Cuba


La teniente, asombrada, acabó guardando su pistolón con una sonrisa en los labios y nos dejó pasar. Yo creo que se quedó con ganas de conocerme más a fondo…


En mi corta vida he aprendido que, cuando mi dueño me hace trabajar mucho, hay alegría y buen humor en su corazón; en cambio, si trabajo poco, está triste e irritado. 

Por eso no entiendo por qué los humanos nos tienen tan ocultos y nos usan tan poco. Jamás salimos en los anuncios de la televisión. 

Son estúpidos al no darse cuenta de que si nosotros dejáramos de ser  objetos tabú, serían más felices y habría más alegría y menos violencia en su mundo.



Bueno, tengo ya que despedirme. 

Gracias a que tengo un dueño tan raro, he podido decir todo lo que tenía que decir: ha sido un placer. 


Lily de Lolo. Para servirlas, señoras.


Marcuan: 23/04/2013.

martes, 9 de abril de 2013

MÁS LEJOS



Una sonrisa nos vendrá bien a todos, eso espero, aunque haya gente tan estúpida capaz de morir así. 

Hasta pronto, amigos.


Chueca

Jacinta rabiaba. Hacía muchos años que era portera de la casa y nunca le había ocurrido nada parecido.

― Don Paco, como es usted el presidente de la comunidad, dígaselo al administrador: por la mañana me encuentro la acera llena de esputos.

― ¿Espu…qué? ―.Preguntó Don Francisco, alarmado.

― ¡Escupitajos! ¡Es asqueroso!

La comisaria Carmen Reina de Quirós acababa de recibir un importante soplo: Marcel Feijó y Alberto Dorado, calle Pelayo número 7, 4º derecha, barrio de Chueca.


Trabajaba en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado de Madrid y tenía fama de combatir al narcotráfico como un elefante: paso lento, pero imparable.  André Puig lo sabía y no le quitaba ojo de encima para aprender. No era difícil porque Carmen, divorciada hacía  poco, estaba radiante, en todo el esplendor de la madurez.

―Puig, tiene que ir a investigar el chivatazo sobre estos  narcos. Reparta las fotos de los sospechosos entre los agentes.  Monte un dispositivo discreto por los alrededores de la calle Pelayo. No los pierdan de vista― ordenó―. Avíseme si hay novedad, sis pla.

Si us plau, comisaria. Se le está olvidando el catalán ―contestó Puig.

Carmen había empezado su carrera policial en Barcelona, donde aprobó la oposición.

―Bueno ¡qué más da! si ya parece que no os vais a independizar ¡os falta la bolsa que sone en el canut! ―dijo riendo Carmen.

―Todo llegará, comisaria...

―Sí, cuando a las ranas de las marismas de mi pueblo les salgan pelos. Por cierto― dijo Carmen― ¿Todavía no conoce las playas de San Fernando en Cádiz? Cuando te bañas te caes de Europa, quillo.

―Aún no, pero en la montaña, cuando salía de bañarme en el río, se me congelaba el pelo ¡Eso sí que impresiona!

André Puig había nacido en el Pirineo gerundense. Era un hombretón rubicundo y noble, cabo de los Mossos d’Escuadra que estaba de prácticas en la capital de España. Quería especializarse en narcotráfico. Soñaba con dirigir, algún día, una Brigada Antidroga  de la Generalitat de Catalunya.

―¡Se le quedarían como perdigones, cabo, habría que habérselos visto! ―rió Carmen.

André Puig enrojeció.

Alberto Dorado había perdido. Su último salivazo, de los tres a los que tenía derecho, se había quedado a dos palmos del de su amigo, en la acera de enfrente. Marcel Feijó daba saltos por el piso como un demente. A Alberto le fastidiaba haber perdido la apuesta de ese día: seis mil euros.

―Estoy hasta los mismísimos cojones de este puto Madrid ―murmuró ―cualquier día en vez de escupitajos pego tiros. ¡Qué aburrimiento!

Marcel dejó de dar brincos y se puso serio. Conocía a su amigo y sabía que, cuando se cabreaba, era peligroso. 

―Venga Alberto, aguanta un poco, mañana viene el camión, lo descargamos en el almacén, cobramos  y nos piramos a La Coruña. Luego ya sabes lo que nos espera cabronciño: ¡juerga!

―Vale, pero te apuesto triple o nada a que esta vez llego más lejos.

―¿Dieciocho mil? Tú estás loco…

Marcel Feijó se arrepintió de haberlo dicho. Cuando se asomó a los ojos de su amigo y vio el abismo, ni un tifón en la Costa de la Muerte le hubiera dado más escalofríos. Palpó su estilete por instinto, afilado como una lengua de cobra, que siempre llevaba oculto en la cadera izquierda.

―Bueno tío, pero antes necesito tomarme unas cervezas.

―Yo también ―dijo Dorado.

Bebieron en silencio hasta emborracharse.

La noche había caído sobre los tejados rojizos del barrio de Chueca y luces amarillas, titilantes, aletargaban las sombras de la calle. Los dos amigos abrieron de par en par las ventanas del balcón y una brisa fría y seca les cortó el rostro, azulando sus venas. Estaban en el último piso, a veinte metros del suelo. Olía a churros.

―Tú primero Marcel ―dijo Alberto.

Feijó lanzó el lapo con todas sus fuerzas, consiguiendo llegar a una distancia difícil de batir. Sonrió, creyéndose ganador. Cuando se volvió desafiante para mirar a su compañero, no estaba.

Alberto Dorado había cogido carrerilla desde el fondo de la habitación para tomar impulso, llegó hasta la barandilla del balcón y escupió, como si quisiera lanzar por su boca el fuego de un dragón.

―¡Atención a todas las unidades! ―gritó Puig  desde la radio patrulla―. ¡Sospechoso caído al vacío! ¡Adelante con la operación Nécora!

Un enjambre de atletas azules salió zumbando desde todas las direcciones.


Marcel Feijó, antes de ser detenido, hacía esfuerzos para que los ojos no se le salieran de sus órbitas: alucinaba.

Había visto despanzurrarse a su compinche contra los adoquines de la calle por ganarle la apuesta… Y lo había conseguido.




Marcuan. 09/04/2013.

lunes, 1 de abril de 2013

LA PEQUEÑA RUSIA



Mientras las aguas vuelven, poco a poco, a sus cauces; recupero este relato de otro concurso. Durante esta Semana Santa he vuelto a visitar La Pequeña Rusia… Y a recordar su histórica "drea".

Segovia



Echeguren se colocó como un francotirador,  sin ser detectado. 


Apoyó su espalda en la pared de la leñera, manchada por toneladas de carbón y estiró suavemente las gomas, al mismo tiempo que  apuntaba a la cabeza del hijo del Teniente Coronel de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Segovia…


Apretó  con sus dedos la badana cebada con un guijarro redondo, de mármol rojizo y disparó. Era un tirachinas magnífico.


Corría  el año 1955  cuando terminaron de construir varios bloques de viviendas en la periferia de la ciudad. Yo tenía cuatro años y me trasladé con mis padres a nuestro nuevo piso. Un mundo maravilloso  apareció ante mis ojos: chisqueretas, terraplenes, renacuajos, mis primeros amigos.

Jugábamos a la guerra en el cercano Cerro del Ahorcado,  donde la Inquisición  ajusticiaba a los penados en la Edad Media. Podíamos bañarnos desnudos  en el río Clamores, de aguas recién fundidas en la Sierra del Guadarrama. Nuestras ropas siempre olían a tomillo y a cantueso.

Pronto tuvimos  parroquia  y  se nos empezó a conocer como  barrio de San José Obrero.

—Papá, todos lo tienen ¿me vas a hacer un tirador?

Mi padre había estado en la Guerra Civil y era muy mañoso, como todo superviviente.  Acopló dos gomas sanitarias  a una horquilla de hierro, simétrica y bien equilibrada.

Cuando se lo enseñé a Echeguren, el jefe de la banda,  lo estuvo probando para estudiar su calibre y precisión. Era un chico mayor,  hijo de un ferroviario, flaco como un junco, que llevaba pantalones  cortos llenos de culeras y zurcidos. Vivían en el piso de abajo.

—Marcuan, es un tirador buenísimo. Mañana, cuando vayamos a la drea contra los del Cuartel, me lo dejas ¿vale? —me dijo Echeguren.

Le hubiera seguido al infierno sin pestañear, de habérmelo pedido.

Al mediodía del día siguiente,  en una gran pradera, nos reunimos las bandas del barrio como las tribus sioux, frente a las tapias que protegían al batallón de los hijos de los guardias civiles. 

Nuestros generales nos explicaron el plan de ataque y nos desplegamos  en abanico.

—¡Venid aquí, muertos de hambre! ¿Queréis peladillas? —nos gritaban desde las tapias.

Echeguren había calculado la distancia exacta  a la que podía llegar una piedra de tamaño medio, lanzada por nuestro enemigo. Mandó colocar  las tropas más bisoñas en vanguardia, como hizo Aníbal Barca en las Guerras Púnicas contra las legiones romanas. Los mayores cubrían la retaguardia.

—Marcuan, déjame tu tirador —me dijo Echeguren y desapareció.

Comenzó la pedrea.

Una lluvia de trozos de granito salía con el ritmo de un diapasón desde la tapia fortificada y caía justo a nuestros pies. Como nos habían ordenado,  recogíamos  aquellas piedras  y  se las devolvíamos.

Cayeron en la trampa: mientras los más pequeños realizábamos  las maniobras de distracción, Echeguren  escaló hasta el pequeño portillo que daba a la leñera del cuartel, lo abrió, se introdujo en él y nació una leyenda.

Los alaridos de dolor del hijo del Teniente Coronel, tras el brutal impacto,  paralizó de terror a sus compañeros y dejaron de tirarnos piedras. Era la señal  para atacar la muralla a la carrera.  Los hijos de la Benemérita quedaron atrapados entre dos fuegos: una escabechina.


— ¡Tomad vuestras peladillasgurapas!—les gritábamos con todas nuestras fuerzas.

Al día siguiente mi madre me habló con seriedad, en la cocina.

—Marco, no vas a ir a más pedreas con los chicos mayores y olvídate de tu tirador ¿entendido? —dijo.

Bajé a jugar a la calle y mis amigos me contaron que al hijo del Teniente Coronel casi le sacan un ojo. De repente, asombrados, vimos subir por la cuesta, entre dos guardias civiles, a Echeguren: le llevaban a su casa con las manos encadenadas a la espalda.

Jamás dijo de quién era el tirador que le habían confiscado.

Las tapias del Cuartel de la Guardia Civil de Segovia amanecieron rematadas con alambre de espino, y a mi barrio se le conoció en toda la ciudad, desde entonces, como La Pequeña Rusia.

Con nueve años aprobé el examen de ingreso al Bachillerato, mientras  Echeguren empezaba a trabajar como aprendiz de albañil. Cuando,  nueve años más tarde,  me fui a estudiar a la Universidad de La Coruña, nuestros caminos se bifurcaron para siempre.

La vivienda de San José Obrero se quedó vacía durante mucho tiempo. Cuando la heredé, decidí venderla. En el barrio ya nadie me conocía.

Los bajos de la  antigua iglesia se habían reconvertido en una mezquita.  El día que fui a entregar las llaves al nuevo propietario, quise despedirme de Echeguren y llamé a su puerta.  Nadie contestó. Salí a la calle.

—¡Marcuan! ¿Eres tú?

—¡Pedrito! ¿Aún me recuerdas? —contesté al hijo del carnicero.

—¡Cómo no, si tenías el mejor tirachinas del barrio! —dijo Pedro.
Le pregunté por Echeguren y se puso serio.

—Ganó mucho dinero como maestro albañil, pero ya sabes el tiempo que hace en Segovia. Me dijo que en las obras había que beber para quitarse el calor en verano y el frío en invierno. Se volvió muy violento y su familia lo abandonó. Apareció muerto en el pasillo de su casa. Tardaron tres días en encontrarlo.

Nos despedimos, me puse el casco y arranqué la moto. Pasé junto al cuartel de la Guardia Civil.  La pradera era ahora un jardín boscoso y sobre las viejas tapias habían construido nuevas viviendas. Ni rastro de las alambradas de espino.

Pero no pude evitarlo, mientras apretaba el acelerador a fondo camino de Alcalá,  grité con todas mis fuerzas:

—¡Tomad vuestras peladillasgurapas!

MARCUAN (C)




martes, 19 de marzo de 2013

CHICLE BOMBA


Hace un par de meses presenté este relato en un concurso. Se ha defendido, pero no ha pasado a la final: No soy suficientemente buen escritor...todavía.

Para concursar tuve que sacarlo del blog y, ahora, vuelve a él, sin "barco" pero con "honra", parodiando al segundo de nuestros Felipes ¡que ya van unos cuantos!

Que os divierta, aunque se basa en hechos reales.





“Me llamo Maximiliano Bravo y acabo de volarme la cabeza mascando un chicle.

Yo había estudiado Ciencias Químicas en México y todas las mañanas, cuando entraba en el laboratorio, tenía la costumbre de introducir mi chicle en una probeta con un líquido de colorante hidroaromático, para aumentar su sabor. Una manía que me ha costado la vida.

Ahora, cuando estaba haciendo un Máster en Tecnología y Gestión de la Industria Química en el C.E.S.I.F. de Madrid, Pancracio Gusano, el director del Máster, me ha cambiado el líquido inofensivo donde sumergía mi chicle, por otro con un producto químico no identificado, pero altamente explosivo…”

                                 
Carmen Reina de Quirós, comisaria de Interpol en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado, había conocido muertes raras, pero como aquella, ninguna. Estaba inspeccionando un cadáver al que le había estallado la cabeza por masticar chicle.

Pero muerte rara o no, había que investigarla.

— ¿Era usted el director del Máster del fallecido? —preguntó Carmen. 

La comisaria Reina era una mujer atractiva, lo sabía y no le daba reparo alguno en utilizarlo cuando venía bien para sus pesquisas. En este caso no era necesario.

—Sí —dijo Pancracio Gusano.

El Director del Departamento de Química, un hombre de modales untuosos, era Doctor en Ciencias Bioquímicas y ansiaba ser propuesto algún día como candidato al Premio Nobel. Desde que tenía uso de razón había sufrido burlas por parte de sus compañeros  de colegio, de universidad y de trabajo. Conocía la crueldad como la palma de su mano y se propuso combatirla siendo el número uno en sus estudios. Su nombre y apellido le habían marcado a fuego.

― ¿Puede contarme cómo ocurrió, doctor Gusano?

—Pues verá, comisaria, Maximiliano tenía el hábito de introducir su chicle en polvo de ácido  para mejorar su sabor. Pero hoy ha debido de equivocarse de recipiente y lo ha mezclado con Gusanotrinitrotolueno…

— ¿Con “Gusano… qué”?—dijo Carmen.—Ese nombre no lo he oído nunca.

—Sí, es una nueva fórmula química que he inventado hace poco y que multiplica por cien mil los efectos del explosivo… —contestó Pancracio.

— ¡Eso es mentira! —gritó Leila desde el fondo del laboratorio. —Maximiliano se quedaba trabajando hasta muy tarde y  me dijo que tenía miedo de que El Gusano le robara su fórmula secreta ¡Fue Maximiliano quien la descubrió! ¡Miren en su computadora! 

—Y usted ¿quién es? —preguntó la comisaria. Se dirigió hacia la mujer.

—La limpiadora… y su amante, íbamos a casarnos este verano en Perú —contestó Leila. Bajó los ojos llenos de lágrimas.

—Queda usted detenido, doctor Gusano. Por favor André, léale sus derechos y póngale los grilletes —dijo la comisaria.

A su compañero André Puig le costó aguantar las ganas de reir. 


Mientras Carmen Reina de Quirós abría la puerta trasera del coche patrulla, para introducir al presunto asesino, recordó las palabras de Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo, no estoy seguro”. 

Albert Einstein

—Quizás tuviera razón —pensó en voz alta.



Marcuan.



sábado, 9 de marzo de 2013

LA CHICA DE LA MIRADA TRISTE



Esta historia, basada en hechos reales, se cruzó en mi vida hace tiempo; pero no la pude olvidar.

Volvemos. Como Alonso Reques de Guilarte.

                                                     I


Cuando a mi padre, teniente de la Guardia Civil,  lo destinaron a Vascongadas en la época más dura y sangrienta de la Transición española, nuestra madre tomó una decisión: ingresarnos en un internado de religiosas de Madrid.

Éramos muy pequeños. Mi hermano José tenía seis años y yo uno menos. Cuando la monja cogió nuestras manos  de las de mi madre y nos introdujo en el convento, un inmenso pasillo apareció ante nuestros  ojos.
El suelo estaba enlosado con rombos de mármol blancos y negros, pulidos como un espejo.

Mi hermano se soltó de la monja de golpe y echó a correr, yo le quise seguir, pero trastabillé y caí de bruces. José se paró en seco, volvió, me montó a caballito y, entre risas, llegamos hasta el final del claustro, se abrió  una puerta y chocamos contra un hábito,  blanco como la vela de un barco. Sor Jimena, una novicia joven y sonriente, nos abrazaba y besaba con cariño. Olía a vainilla y a chocolate.

En el patio del colegio nunca tuve problemas: mi hermano me protegía.

― El que haga algo a María, se la carga.

Siempre que podíamos íbamos juntos a todas partes. Fueron muy felices aquellos años del Parvulario.

Nuestros padres regresaron sanos y salvos y volvimos a casa.

                                II

Vivimos buenos tiempos en Madrid, siempre juntos en el Instituto y en la Universidad, hasta que mi hermano se casó. Recuerdo que un día, hace 16 años, desde Galicia, su primer destino como Guardia Civil,  José me llamó por teléfono.

― Mari, tengo que hablar contigo, me quiero separar, te echo mucho de menos ―me dijo.

― Pero, ¡qué dices! ¡Si tu hija todavía no ha cumplido los dos años! ―contesté.

― Bueno, mira, cojo la moto, me acerco a Madrid esta semana y lo hablamos. Estoy fuera de servicio tres días.


Nos encantaban las motos. De jóvenes, salíamos todas las semanas con un grupo de amigos. José no consentía que nadie me llevara detrás, ni yo lo quería; nos sentíamos más seguros los dos, pegados como una aleación a su Honda CBR, un torpedo que podía alcanzar los 300 km/h


Todos nos consideraban los mejores jinetes del asfalto.
                                              
                                 III

― Tu hija, José, necesita una madre y un padre para tener una buena estabilidad emocional. No te separes, piensa en Isabel, aguanta ―dije a mi hermano ―y esas historias de que tu mujer me tiene celos porque me quieres más que a ella, son imaginaciones tuyas Pepón ¡Pero qué burros sois los tíos!

― Pues me ha dicho que tú eres más madre de Isabel que ella misma ―contestó.

― ¡Pues claro que quiero a mi sobrina como una madre, idiota! Es un encanto de cría. Y ahora escúchame: tienes que vender tu moto, debes pensar en el futuro de tu hija, evitando correr riesgos innecesarios.

― Ya está vendida ―dijo José ―. Esta mañana se la tenía que entregar al comprador, pero me ha llamado para decirme que hasta la tarde no puede recogerla. Así que me voy a dar una vuelta y vengo a la hora de comer ¿O.K.?

― Vale, pero no hagas tonterías y no vengas tarde ¿eh? Prepararé nuestro plato favorito.

                                IV

Floriano Bárcenas venía de hablar con el Alcalde del pueblo y estaba eufórico, acababa de conseguir recalificar unas tierras agrícolas en urbanas: un pelotazo de muchos millones.  De vuelta a Madrid se paró en el primer restaurante de carretera que vio.  Había pedido champán para comer.

― ¡Camarero! Le he dicho que me traiga champán, no cava, ¿entiende lo que le digo?

― Sí señor, disculpe usted, ahora mismo se lo sirvo ―dijo el camarero retirando la cubetera.

Cuando arrancó su Land Rover plateado, último modelo, se sentía un hombre muy importante. Eructó y un olor agrio se esparció por el interior del todo terreno. Iría a celebrarlo con su amante esa misma tarde, antes de volver a casa,  y había que darse prisa. Mucha, mucha prisa.

El coche de delante no quiso darle paso y al final de la recta aceleró, para adelantarlo en una curva que giraba a la derecha…

                                               V

José disfrutaba conduciendo aquella máquina prodigiosa  que aportaba un plus de exclusividad, no sólo por su decoración, sino por sus sofisticados sistemas electrónicos.  

Gracias al control de lanzamiento y de tracción ajustable en marcha, uno podía sentirse el mejor piloto de motos del mundo, como Doohan, su ídolo.
Doohan

Iba despacio, dentro de los límites de velocidad, hinchando sus pulmones con los aires del campo de la meseta, que tan buenos recuerdos le traían. Olía a hierba recién cortada.

María tenía razón, le haría caso en todo. Pensó en la comida que le esperaba y empezó a salivar, como los perros de Paulov.

Inclinó la Honda para dar una curva de izquierdas...

― ¡Oh! ¡Dios mío!


 Y un barrido en negro lo engulló.



                                                                                        
                                               VI

“Señoría, declaro bajo juramento que el Land Rover que me adelantó por la izquierda, en línea continua,  iba tan rápido que no llegué a verlo pasar. No fue el motorista el que invadió el carril contrario, como se dice en el atestado, sino fue el todo terreno el que adelantó por prohibido. No he venido antes a declarar porque he sufrido una fuerte depresión, después del accidente”.

                                               VII

Mi hermano José y yo hemos tardado diez años en volver a subir juntos en una moto. Sólo los auténticos moteros sabemos el sufrimiento que  produce estar tanto tiempo sin poder salir a la carretera. No nos atrevimos a subir en mi Yamaha Nana hasta que un día, después de ver el rostro de mi sobrina, una hermosa joven de 18 años, clavada a su padre, nos decidimos.

Fue fácil, cuando llegué a aquella curva, un fogonazo de luz blanca nos volvió a fundir como una aleación metálica de cobre y estaño.  Sentí que José cabalgaba a mi espalda, conmigo y volvíamos a ser los mejores jinetes del asfalto. 
           
                                         VIII


María estaba en la puerta del bar, fumándose un cigarrillo en la medianoche madrileña. Se protegía del frío de Febrero con su chupa motera. Era una mujer atractiva de mediana estatura, terminando la treintena.  Su pelo lacio y negro remarcaba una cara bonita, de piel blanca y nariz recta.

Alonso Reques de Guilarte aparcó su moto Trici en la acera, junto a las demás, se quitó el casco y, dando un par de pasos, se le acercó.


― Hola ¿Eres Nana―preguntó.

― Sí, soy Nana, pero me llamo María.


 ―Yo soy Marcuan.  Vuestro grupo me ha invitado a tomar unas cañas, a través del foro de Moterus ―explicó Alonso―. No conozco a nadie.

― ¡Oh, Marcuan! ―. Tenía ganas de ponerte cara. Vamos dentro, te presentaré a los demás ―dijo, espachurrando la colilla en el cenicero y clavando sus ojos oscuros en él.

María tenía un cuerpo con forma de reloj de arena, que movía con naturalidad y gracia. Desprendía simpatía y ternura por todos los poros de su piel.

Alonso Reques de Guilarte acababa de conocer a la Chica de la Mirada Triste.


Marcuan 09/03/2013.