sábado, 8 de diciembre de 2018

LA MUJER DEL BANCO DE ALCALÁ

Un año más, un cuento de Navidad más para mis lectores...

Con mi deseo de que aniden la Paz y el Amor, durante todas las noches de su vida, en las personas de buena voluntad.


¡Feliz Navidad!







Martín apartó de un manotazo la bicicleta que tenía encima y  empezó a levantarse lentamente, entre barro e inmundicias.

― ¡Maldita sea! ¡Qué porrazo más tonto me acabo de dar! Es que por la noche es suicida circular sin luz por el parque.

De repente, un perro pastor color azabache salió disparado hacía él, como un látigo, desde debajo del banco fijo de madera, junto al que había caído.

― ¡Guau! ¡Guaauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

Instintivamente Martín puso los brazos delante de su rostro, hasta que vio que la correa atada a la pata metálica del banco lo había parado en seco, a escasos centímetros de su cara.  

Unos ojos asesinos lo fulminaban, sostenidos por un  hocico arrugado como una pasa, entre dos filas de dientes navajeros y babeantes.

― ¡¡¡Joder!!! ―gritó Martín, dando un respingo.

Por arte de magia, como en el circo, una mujer que estaba acostada sobre el banco, levantó el plástico negro que la cubría y se le acercó.

― Disculpa, asustaste a Guardián, con tanto estrépito. ¿Estás bien? ¿Puedes levantarte?

Era una mujer joven y esbelta, con una larga trenza gruesa rubia que colgaba sobre sus prominentes pechos. Tenía la mirada dulce, un poco vacía. Estaba vestida de pies a cabeza con ropa de invierno.

― Estoy bien, gracias ―dijo Martín ―puedo levantarme solo, aunque me he clavado el manillar en la ingle. Mañana tendré un huevo de más, jajajaja.

Se quedaron charlando un rato, amistosamente, hasta que Martín le pidió que le contara por qué dormía en un banco de Alcalá, junto al río Henares. 

Aquella mirada vacía, bajo la luz amarillenta de una farola, empezó a llenarse de aguas turbias y cenagosas.

― Me llamo Josefina. Nací en un pueblo de Málaga. Trabajé en la banca. Ganaba mucho dinero aconsejando a los clientes de mi sucursal que invirtieran en acciones preferentes. Los directivos nos lo exigían sin escrúpulos… y cuando más tarde vi la ruina que provoqué a ancianos analfabetos, a agricultores pobres y a muchos de mis familiares… una nube tóxica de culpa y pena ahogó mi corazón y cegó los ojos de mi alma.

Caí en las drogas y acabé echándome en los brazos de un legionario, que me dejó embarazada y dio el mal paso de matar a un moro por quemar viva a una de sus mujeres, con la que mi hombre también mantenía relaciones.




Él perdió su empleo y la libertad y yo mi fortuna y a mi hija, que se malogró. Estoy esperando que mañana, el día de Navidad, salga de la prisión de Alcalá-Meco. No me dejan alojarme con mi perro, del que nunca me separo, en ningún albergue, pero no tengo miedo;  Guardián me defendería con su vida. Además los bancos son lo mío... ―dijo con una amarga sonrisa.

Martín centró con sus rodillas la rueda delantera de su bicicleta; engarzó de nuevo la cadena a los piñones y, cabizbajo, subió con parsimonia a su montura metálica.

― ¿Puedo ayudarte en algo?

― Bueno, me has dicho que escribes cuentos. Me gustaría que escribieras uno sobre los “sin techo” en  Nochebuena. 

― Lo haré, te lo prometo. Buena suerte Josefina. Adiós Guardián. ¡Feliz Navidad!

Martín Cabrejas González pedaleó con todas sus fuerzas, dejándose tragar por la oscuridad de la arboleda, mientras en el cielo nocturno las estrellas, acompañando a la luna como un rebaño de ovejas brillantes y muy lejanas, titilaban.

Entonces empezó a cantar su villancico preferido desde niño…

NOCHE DE PAZ,
NOCHE DE AMOR,
TODO DUERME EN REDEDOR…

Había conocido a La mujer del banco de Alcalá.


Marco.  Navidad 2018.








lunes, 17 de septiembre de 2018

LA MUJER DEL BURKA


En la Escuela de Escritores de Madrid se nos decía que un escritor tiene que ser verosímil, aunque los personajes recreados sean fruto exclusivamente de su imaginación. Excepto si se es historiador.

Sus conductas, pensamientos o palabras nunca deben atribuirse a personas que existan en la realidad, por mucho que se les parezcan, así como los lugares donde interactúan; inspirados, con más o menos libertad, en lugares reales.

Así es y será siempre en nuestros relatos.






A Martín le pareció encontrar un perfil de mujer interesante en la página de citas, pero no tenía fotografía y le pidió una imagen. 

“No. No me gusta enseñar mis fotos a nadie. Si quieres, nos conoceremos mañana en el parque del Retiro a las doce del mediodía. Te esperaré en una terraza, junto al lago” ―le contestó por WastApp aquella mujer sin rostro, llamada Carmen.

A Martín le desagradaban las grandes metrópolis. Ahora ya no se perdía en ellas, gracias a inventos tan increíbles como los GPS. En sus viajes de juventud le agobiaban mucho los planos y los cambios de  monedas.

― Da gusto Princesa Azul ―dijo mirando a su BMW R1200R ―los tiempos avanzan que es una barbaridad…

Le gustaban las motos desde niño.  

― ¡Llévame al Retiro princesa! Hay que ponerle un rostro a la bella voz de Carmen  ―Dijo Martín introduciendo la dirección en el navegador.

Mientras aceleraba por la A-2 pensaba si tanta soledad no lo estaría volviendo majareta. Si seguía hablando  con su moto, tendría que hacérselo mirar.
BMW R1200R

Estacionó en la acera frente a la Puerta de Alcalá. Un privilegio motero. Buscar aparcamiento en Madrid cuesta tiempo, dinero o ansiedad a los que tienen coche.

Encontró el aprendiz de lago del Retiro;  Martín había visto lagos de verdad, inmensos, en sus viajes por Europa, cuando aún había que atravesar el Telón de Acero. Hacía mucho tiempo de eso, pero todavía conservaba aquel espíritu jovial y aventurero.

Por eso estaba allí.

― ¡Hola! ―oyó gritar a una voz femenina. ―Te he reconocido rápido, te pareces a Lawrence de Arabia ―dijo Carmen ―con esa gorra con faldillas hasta los hombros… 


― Soy celta como él y me tengo que proteger de este sol tan fuerte ―contestó Martín.

La observó. Carmen tenía un rostro esculpido por las drogas: enjuto, cetrino y abrujado, con labios cortados a cuchillo. Su piel estaba cuarteada y envejecida prematuramente para su edad. Un pelo descuidado, lacio, largo y canoso remarcaba unos ojos grandes y grises, de mirada fija e hipnotizante.  Le recordó vagamente a Joan Báez  y a la lejana  generación del LSD, tan extinguida como los dinosaurios.


Una amplia chilaba de un color negro irisado, apenas dejaba entrever su cuerpo enflaquecido.

    Como me dijiste que no andas bien de dinero, yo ya tengo pagada mi consumición.

Un camarero joven, descendiente de los incas, se acercó a atenderlo con una sonrisa burlona.

― ¿Oye tú, qué quieres tomar? ―dijo displicente.

― ¿Sabe  por qué es usted barbilampiño? ―respondió  Martín, mientras se quitaba la gorra, repanchingándose en la silla de aluminio de la terraza.

― ¿Barbi… qué? ―contestó el camarero estupefacto.

― Haga usted el favor de traerme, si es tan amable, una cerveza cero alcohol ―dijo Martín con cara hosca.

Un silencio pastoso, como una mezcla de polvo y lodo, envolvió el ambiente. Martín lo rompió en mil pedazos, como a un botijo.

― Bueno Carmen, encantado de conocerte ¿quieres que empecemos a hablar de nuestras vidas; de nuestras mochilas? ―preguntó Martín.

Aquella mujer lo taladró con sus ojos alobados, lastrados por muchos años de sufrimiento. Martín sostuvo su mirada con precaución, como antes de comenzar un combate de Jiu-Jitsu.

― Voy a empezar yo. Mira, soy madrileña, mi casa estaba cerca del Retiro y me escapaba con frecuencia de las clases del colegio para venir aquí, donde conocí a un chico norteamericano de Nebraska,  hijo de una familia de músicos. Tocaba el clarinete. Me fui con él, en contra de la opinión de mis padres,  a los Estados Unidos. Nos casamos. Todo iba bien hasta que las drogas lo estropearon todo. Me divorcié y me fui a Marruecos a trabajar como  profesora de Inglés. Estuve viviendo con un marroquí años, hasta que me  prejubilaron ―contaba Carmen, con voz triste y entrecortada  ―No tuve ni puedo tener hijos. Me operaron. Estoy buscando una nueva pareja… ¿Te gustan las rosas?

― Sí, mucho, llevo una tatuada ―contestó Martín ―pero no me gustan los estadounidenses ni los marroquíes, lo siento, tengo mis razones. Estudiar Historia Universal crea prejuicios…

Martín se levantó y fue a pagar su bebida a la barra del bar.

― ¿Por qué soy éso? ―le preguntó sonriente el  camarero.

― Por genética, sus ancestros conquistaron hace miles de años América, mucho antes que los españoles, atravesaron el Estrecho de Bering a pie.

Martín dejó una buena propina y se volvió a buscar a Carmen, que lo esperaba de pie.

― Ven conmigo, te enseñaré el Palacio de Cristal y luego iremos a oler las rosas que quedan en el jardín de la Rosaleda…

Martín no conocía el palacio. Le pareció una catedral de vidrio desaprovechada. En su opinión, sería un magnífico invernadero tropical.

Aguantó estoicamente a que Carmen oliera las rosas, ya ajadas por las primeras olas de calor.

Castillo de Wernigerode 
― Me marcho Carmen. No volveré a verte  ―dijo Martín. ―Toma, te traigo un regalo que compré en Wernigerode, un pueblo  cercano a  las montañas de Harz, cuando hace poco viajé a Alemania en mi moto. Allí celebran un encuentro anual las brujas de todo el mundo.  Pura atracción turística. Es una moneda con la imagen de un ángel para protegerse de ellas. Nunca se sabe. Adiós, Carmen, buena suerte.

― Espera un momento Martín…

Carmen rebuscó con sus manos en el interior de su túnica negra y sacó un objeto pequeño de cobre pulido, que refulgió como una centella.

― Es la lámpara de Aladino ― dijo guiñándole un ojo  al entregársela. ―Para que el genio que habita en ella  cumpla tus deseos. Pídele que te encuentre una compañera paciente, madura, generosa y  flexible,  que con tanto ardor guerrero  templario buscas,  y te la traiga en una alfombra voladora. Buena barakah Martín. Salaam alaikum.

― Aleijem shalom ―respondió Martín, alejándose.

La Puerta de Alcalá  seguía  impertérrita vigilando, como el mejor de los alguaciles, su BMW. Martín, antes de bajar la visera de su casco, echó un vistazo a la inscripción de su frontispicio neoclásico… y volvió a hablar a su moto.

Route Us 66
― Sabes lo que te digo Princesa Azul… Que ninguna de las infantas de la corte de Carolus Rex III tuvo tanta suerte como tú, porque te puedo convertir en la reina de la Route US 66. 
En cuanto se lo pida al genio de mi lámpara maravillosa ―dijo riendo Martín ―además le pediré una novia cariñosa, dulce, neumática y guapa; y una buena  sicoterapeuta… Tres deseos, como dice el cuento.

Arrancó a sus 125 caballos mecánicos, se puso de pie en los estribos de la moto y bajó la acera con habilidad de trial. 

Luego los fustigó hasta diluirse en la culebra multicolor del tráfico de la Villa y Corte, camino de su casa, para reencontrarse con su soledad.

Había conocido a La mujer del burka.

Marcuan. 


miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA MUJER DE LOS PUNTOS SUSPENSIVOS


Vuelve la pulsión de escribir. Quizás siempre estuvo ahí como un corcho hundido en un cubo de agua y, al soltar su lastre, reflota... con naturalidad.


Deleitar, informar o enseñar; eso intento dar a quien me lee,  a cambio de su atención: el mayor tesoro que una persona puede ofrecer a otra.







Se apresuró a limpiarle los chorretones de chocolate, pegados alrededor de sus labios, con una servilleta de papel mojada en agua. 

Acababan de conocerse y tomaban una taza con churros.

― ¡Oh! No superaste la etapa anal… ―Soltó María de golpe.

― ¿Qué no superé qué? ―Contestó Martín con cara de emoticón estupefacto.

― Me parece que tú eres de los que no soporta la suciedad ―dijo María ―¿Nunca te has acostado con una mujer untado de mantequilla y mermelada…?

― Pues yo… la mantequilla… 

María sonreía con picardía y mucha superioridad. Era una mujer menuda, ancha de caderas, elegantemente vestida, con pelo corto y grisáceo, de edad madura. Sus ojos pequeños y oscuros, cobijados tras una nariz grande, denotaban un alto coeficiente intelectual.

― ¡No sabes lo que te has perdido…! ―dijo María riendo.

Martín Cabrejas González se había perdido muchas cosas en la vida, pero que lo untaran en pelotas como a una tostada… se lo iba a perder. Seguro. Era un hombre ingenuo, con aire de adolescente por dentro y por fuera; en buena forma a pesar de estar en el último tercio de su vida, debido quizás a sus cuarenta años ejerciendo como profesor de Historia en un Instituto. Los jóvenes contagian vitalidad.

― Bueno María, termino de limpiarte los morros y te enseño el Paraninfo de la Universidad de Alcalá ―respondió ―y esto lo pagamos a medias, como todo.

Martín llevaba divorciado poco tiempo, todavía no sabía muy bien por qué y, cuando la soledad empezó a trepanarlo el esternón, se decidió a poner su perfil en una página de contactos.

― Tú no has quedado conmigo para ser pareja, sino para que te ayude…

María era doctora en Medicina y Psicología y, cuando le escribía por Wastupp, siempre ponía cuatro puntos suspensivos entre frases.

― Hablas igual que escribes María, con puntos suspensivos que, por cierto, lo correcto es poner sólo tres ―dijo Martín.

― Jajaja. Soy una mujer superdotada e independiente y pongo los que yo quiera poner. Faltaría más. Jajaja ―contestó María.

Martín también rió mientras pensaba que nunca se quitaría de encima aquel impulso de corregir y enseñar a los demás. Estaba jubilado ya como docente, por fin, pero arrastraba una enfermedad profesional crónica.

― Mañana a las doce te pasas por mi consulta en Madrid, a ver si “matas al padre” y dejas de actuar como un niño. Tienes que comportarte como un adulto. Y no te preocupes por los pagos, llegaremos a un acuerdo…

―  ¡Por Dios! ¿Que tengo que “matar” a quién? ―dijo Martín con cara de susto.

― Jajajaja... Es en lenguaje freudiano… Porque sufres cuando te enamoras… ¿No? Mira, eliges mujeres muy maternales y entonces temes que sus amigos varones te roben el afecto que no recibiste de niño por parte de tu madre, al meterte interno en un colegio. Le echas la culpa a tu padre y te enfrentas a los hombres. Tienes que “matarlo” para poder ser feliz con una mujer.


Martín Cabrejas  González miró la deslumbrante luz, a través de los cristales de la churrería, que bañaba a borbotones las estatuas de bronce de Don Quijote y Sancho Panza, sentadas frente a la casa natal de su "padre": Don Miguel de Cervantes Saavedra.


Suspiró.

Acababa de conocer a la Mujer de los puntos suspensivos...

MARCUAN










martes, 3 de enero de 2017

GÜISQUI Y VODKA PARA TARIK

Un cuento de Navidad negro, pero aquí está, fiel a su cita anual, pase lo que pase, hasta que el cuerpo aguante.

A mis lectores, si aún me quedan, les deseo lo mejor y más bonito en el Nuevo Año 2017. 

Yo sólo quiero que las musas me concedan suficiente inspiración, para seguir haciéndoos soñar y reír con mis relatos . Que os divirtáis.






           

                                   I

― Los espías somos sus ojos, sin nosotros el ejército es un cíclope ciego… Agente Peláez, es una misión peligrosa. Tenga mucho cuidado. Encuentre a esa rata y tráigala: viva o muerta. Suerte.

― A sus órdenes, mi coronel.

Al expolicía Alberto Peláez se le iba a aplicar una severa condena por matar a un hombre, de forma accidental, al salir en defensa de un burrito maltratado*. 

El fiscal le ofreció la posibilidad del indulto por un trato: hacerse agente del Centro Nacional de Inteligencia Español en Marruecos. Aceptó. 

La misión que le acababan de asignar, era la de localizar el paradero de un yihadista de origen inglés, llamado Abu Mohamed al Adnani; discípulo de Zakaria Said Mohamed; exmilitar español renegado, experto en bombas y odio.


“Si no eres capaz de encontrar una bala o un 

 explosivo, entonces selecciona al impío americano, 

francés o a cualquiera de sus aliados. Golpéale la 

cabeza con una roca, asesínale con un cuchillo, 

pásale por encima con el coche, tírale desde un lugar 

muy alto, estrangúlale o envenénale”


― ¡Maldita sea mi suerte! ―masculló Peláez.

Las Navidades pasadas se había enamorado de Mara, su compañera de Comisaría en Cádiz. No pudo ser.  Mara mantenía a un amigo y antigua pareja , un parado profesional, por pena ;y no pudo soportarlo. 

Limpió su pistola Glock despacio, con el mismo mimo y ternura como cuando acariciaba los rizos de terciopelo dorado de la gaditana.



                                    II




VISITA MARRUECOS FANTÁSTICO EN MOTO PROPIA 

O DE ALQUILER.

Alonso Reques de Guilarte leyó el panfleto en una gasolinera, interesado.

MP3 500 LT Sport
La suya, por mucho que le gustase, no dejaba de ser un triciclo de 500 c.c. con sólo acelerador y freno.

Dudó. 

Hacer una ruta junto a BMW de 1.200 c.c. preparadas para correr miles de km.; atravesar las montañas del Atlas y llegar a las puertas del desierto del Sáhara, era suicida.



Llamó por teléfono a Peláez, su viejo amigo. Sabía de su traslado a Marruecos.


― Vente a verme Alonso ―le animó Peláez  ―tú siempre fuiste un temerario. 

― Es mucha pasta y poca la caballería mecánica que 
llevo ―contestó Alonso.

― Pues compra güisqui y vodka para Tarik ―dijo 
Peláez.

― ¿Quién es ese? ¿No querrá invadirnos otra vez junto con Muza? ―rió Alonso.

― No. Ja ja ja. Es mi confidente marroquí. Quiere conseguir un pasaporte para irse a vivir a España. Le gusta beber. Te dirá dónde vender las botellas en el mercado negro de Marrakech y así te pagas el viaje.


Zoco de Marrakech
― Pero mi moto no aguantará…

― ¡Tú moto! ¡Tienes a tus amigos moteros 
hasta las narices de Trici! ¡Que si no se cae, que si te pones de pie en parado, que corre como un 
galgo…! ¡Anda ya, que le den a tu moto!

―  ¡Por los cuernos del buey de San 
Lucas! ¡Voy!―dijo Alonso enfadado ― Mándame al Tarik ese al puerto de Tánger...


                                    III



Sima Benasayag no era una mujer alta, circunstancia que no le impedía deslumbrar. Judía sefardí, parecía hija de Astarot. Su busto, imponente, atraía como un imán todas las miradas masculinas que se le cruzaban.

― Son bienes gananciales, señor.

― ¿Qué? ―farfulló su superior apartando la vista del escote...

― Mis pechos, eso es lo que dice mi marido ―dijo Sima sonriendo divertida.

― Vayamos al grano agente. El Mosad tiene información de que un tal Tarik va a viajar desde Tánger, encima de un cacharro de tres ruedas, con el amigo de un espía español llamado Peláez.

― ¿Cómo ha dicho que se llaman? ―preguntó Sima.

― Tarik y Alberto Peláez ―contestó el jefe.

― No. El cacharro de tres ruedas y el jinete del 
asfalto que lo monta.

― ¡Ah! Es una motocicleta Piaggio MP3 500 LT Sport. Su conductor, un tal Alonso Reques de Guilarte, la ha personalizado llamándola Trici. La trata como a la niña de sus ojos.

― Bonito nombre de caballero andante, ja ja ja, pero Trici no es una motocicleta: es un triciclo, ja ja ja.

― Bien. Su misión es conseguir la información que 
tiene Tarik, confidente del espía español y agente 
doble, sobre el escondite de Abu. No hace falta 
que le prevenga del peligro que va a correr. Va usted sola.

― Bueno no se preocupe jefe, iremos yo y mis bienes gananciales  ―dijo Sima Benasayag, guiñándole un ojo.

Mientras se encaminaba hacia su todo terreno, palpó 
su pistola MicroUZI, pequeña y letal como la picadura de un áspid, que siempre llevaba escondida entre sus exuberantes senos.


                                                        IV                    



                   


― Parecemos los tres mosqueteros** ―dijo Vicent, un médico mallorquín de mirada bondadosa, alto y enjuto.

Alonso, Vicent y Agustín se conocieron en las tripas del ferry Algeciras-Tánger, mientras sujetaban sus motos con fuertes cinchas al casco de acero. Simpatizaron de inmediato. 


― Un cirujano de Mallorca, un empresario de Valencia y un maestro de escuela de Segovia al servicio de la reina de África. Va lista si tenemos que recuperar sus doce herretes de diamantes** ―dijo Alonso bromeando.


― Venga, che ―dijo Agustín, nervudo y de ojos negros y vivos como los de sus ancestros fenicios  ―seamos serios, nos falta D’Artagnan.

― Pues nos está esperando en Tánger, majo, pero no es gascón; es un moro ―dijo riendo el segoviano.

― ¿Tú eres maricón? ―preguntó Alonso a Tarik, 
cuando éste se presentó en la aduana de Marruecos.


Tarik enrojeció. Chapurreaba el español lo suficiente 
para entender el significado. No le gustó y llevó su 
mano, más rápida que un tiro, a la altura de la 
cadera, donde la esperaba una daga afilada como un escalpelo.

― Vale, vale tío, no te mosquees ―dijo Alonso 
―escucha. Tú eres hombre, yo 
también; machotes los dos, pero cuando subas 
conmigo en la moto, tu pecho y mi espalda se 
funden en uno. ¿Lo entiendes? Abrázate a mí con todas tus fuerzas. Mis compañeros llevan motos muy potentes y tengo que seguirles ¿O.K.?


― O.K. ―dijo Tarik.


Agustín se acercó al oído de su nuevo amigo.

― Cuidado Alonso con lo que dices, no te pongas ni nos pongas en peligro ―susurró.


Vicent había visto relucir la navaja y se lo había 

advertido a Agustín.  


― Vamos mosqueteros, en marcha,  la reina de 

África espera que recuperemos sus diamantes de 

sangre, ja ja ja ―dijo el balear, mientras hacía 
rugir entre sus largas piernas a “Flecha Blanca”: su nueva BMW R1200R.

BMW  R1200R

Agustín se subió en "Bala Plateada"; una BMW 

1200 GS metalizada, más brillante que Apolo y salió 

detrás de Vicent como un obús.


― Andando “Trici” ―suspiró Alonso, mientras su moto seguía, con más pena que gloria, la estela de sus hermanas mayores.


Polvo, sudor y hierro... Vicent, Agustín y Alonso, cabalgaban hacia lo desconocido.


                                   V





Tarik levantaba la mano cuando era la hora del rezo musulmán y paraban en las gasolineras, donde había mezquitas, cuya entrada estaba prohibida a los infieles.


― Ven conmigo ―dijo Tarik, apartando a Alonso del 
grupo, en una parada.


― Oye, que yo respeto todas las religiones, pero soy 
agnóstico y…


― Mira, sé que llevas güisqui y vodka para venderlo 
en el mercado negro. Si me das las botellas ahora, te doy la dirección de Al Adnani ―dijo Tarik muy serio.

― ¿Y ese tío quién es? ―contestó Alonso, algo 
asustado.


― Un amigo mío muy importante; si vais a verlo de 
mi parte, os recibirá como en los Cuentos de las Mil 
Una Noches…

¿Tiene harem? ―bromeó Alonso.


Odalisca
― Sí, lleno de odaliscas ―contestó Tarik, mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa ladina.


― Bueno, iremos a comprobarlo. Toma, las llevo en esta mochila ―dijo Alonso entregándole una botella de Miskaya Kristall, un vodka bielorruso y otra de un güisqui japonés: el Yamazaki 18.


Tarik las manoseó con sus mugrientas manos, 
mientras las miraba con deseo.

― ¿Un güisqui japonés?

― Pruébalo macho, sabe a cerezas, le gustará a Scheherezade*** ―contestó risueño Alonso, dándose la vuelta en busca de su moto.

La torva mirada de Tarik, negra como el veneno de una cobra, se pegó a la nuca de Alonso.



                                  VI



Ifrane
― Hola amigos, os presento a mi amiga Sima Benasayag  ¿Dónde está Tarik? ―preguntó confuso Peláez, mientras las miradas de los 
tres hombres se deslizaban entre los botones de la camisa caqui de Sima.


― Ni idea ―dijo Alonso ―se fue a ver a un 
pariente en Ifrane. Le regalé el vodka y el güisqui. 
Es muy simpático, nos recomendó que fuéramos a visitar a un amigo suyo.


― ¿Ifrane? Allí los pueblos parecen más propios de 

Suiza que de África, hasta puede haber nieve… 

―dijo, recelosa, la israelita.


Su ondulada cabellera negra se volvió para cruzar una mirada de preocupación con Peláez. Todos se fueron a cenar el plato típico del pueblo: tajín.



Tajín


Alonso entró en su habitación, muerto de 

cansancio, encendió la luz y puso en funcionamiento 

el ventilador del techo. Se quedó boquiabierto: un 

sujetador de copa C bailaba al son de las aspas, 

escupiendo a los cuatro puntos cardinales un 

aroma embriagador. 


Desde detrás de una columna de mármol jaspeado, 
aparecieron brazos, cabeza, torso, caderas y 
piernas de una diosa fenicia, bailando la danza del vientre.

Cuando Sima Benasayag salió al amanecer de la 
habitación de Alonso, no sólo llevaba la MicroUCI 
entre sus pechos…sino también una sentencia de muerte: la de Abu Mohamed al Adnani y una bala menos en la recámara de su pistola: la que había acabado con la vida de Alberto Peláez. 

El agente español jugaba con dos barajas, y eso el Mosad no lo perdona...


Sólo Mara y su amigo asistieron al entierro.

 ― Yo te perdono Peláez, nadie es perfecto, 
nadie. Ningún policía de la Comisaría hubiera hecho lo que tú hiciste: poner en peligro tu propia vida para intentar salvar la de un burrito andaluz*. Fuiste muy valiente. Descansa en paz, viejo amigo, nunca te olvidaré ―dijo Mara, mientras echaba un puñado de tierra en la tumba, aún descubierta.


                                  VII


Tizi-n-Tichka               


Algo no iba bien subiendo el puerto de alta montaña 

de Tizi-n-Tichka en el Atlas, donde las curvas se suceden durante más de cien km.


La moto de Agustín pasó por encima de un profundo 

bache y un seco chasquido anunció la rotura del 

rodamiento de su rueda trasera. Todos los intentos 

por arreglarla fueron inútiles. Faltaba la pieza de recambio y allí, en los barrancos donde filmaron parte de la Guerra de las Galaxias, ya no estaban los chatarreros espaciales: los Jawas.


― Sube de paquete Agustín. Encontraremos el repuesto, volveremos y repararemos la avería ―dijo Vicent.


En lo más alto de la montaña, el visor de un 
francotirador localizó las motos, que serpenteaban 
como cucarachas por un queso podrido. 

Tarik dudó. Su alma de traidor eligió el blanco más lento y fácil...

Un meteorito metálico de plomo, invisible a más de 
850 metros por segundo, impactó en el pecho de 
Alonso. Su armadura de cuero azul y negra, no fue 
suficiente coraza para pararlo.

Trici, desbocada, enfiló hacia el pretil, que no aguantó la embestida de sus 250 kilos lanzados a 100 km por hora.


Moto y motorista cayeron en el abismo rocoso, entre fuegos artificiales de arena y piedras rojizas, volando hacia el sol, como halcones peregrinos.


Treinta metros más abajo, Alonso, entre estertores de muerte, vio aproximarse a un Jawa.

Se equivocó... era la ladrona de dulzuras: la Parca.



                                  VIII


Palas Atenea                

― Me pareció un buen tipo: intenso, bien dotado, 
generoso, sensible… Tenía la piel tan suave como la 
de un niño. Me regaló un búho, símbolo de Palas Atenea, diosa de la sabiduría: lo que más amaba en esta vida ―Sima Benasayag hablaba con ojos húmedos…

Agustín y Vicent se acercaron a la bella agente 
sefardita, que lanzó las cenizas y el amuleto de oro a la Bahía de Cádiz, desde el nuevo puente, esparciéndolas sobre un mar tan en calma, como el río de plata de un Nacimiento de Belén.

―Uno para todos… ―musitó Vicent en voz baja. 

Los dos supervivientes de la aventura africana arrancaron sus motores, dieron tres acelerones y partieron.

Sima Benasayag volvió a la barandilla del puente, sacó de entre sus pechos las dos bujías de Trici, que había mandado recuperar y las besó antes de echarlas al Mar del Sur.

― Me gustó cuando me llamaste diosa fenicia. Mucho...
Adiós, Alonso Reques de Guilarte. Espérame en la eternidad, motero guapo.




Marcuan: 02/01/2017.


*Plata y oro para Platero. Relato de Marcuan.

**Los tres mosqueteros. Alejandro Dumas.

*** Cuentos de Las Mil y Una Noches.